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Escandalosamente ellas, las surrealistas

Las mujeres que participaron en el surrealismo como artistas o compañeras de vida de los líderes masculinos del grupo se convirtieron en íconos, estereotipos o sacerdotisas en los altares de la poesía, pero en la realidad casi siempre desempeñaron el doloroso y humillante papel de víctimas

Miércoles 03 de octubre de 2001

Ningún otro movimiento artístico y literario ha sido tan marcado como el surrealismo por las obsesiones de su creador con respecto a la mujer. André Breton hizo más que influir en el imaginario sexual de sus seguidores: amén de inventarlo, modeló, a partir de sus propias fantasías, toda una gama de mujeres soñadas -la mujer-niña, la fatal, la diabólica, la vidente, la mediadora, la bruja-, tipos femeninos que las mujeres comenzaron a encarnar en la realidad como único medio para ser admitidas por los hombres del grupo. Paradójicamente, esas mujeres aparecían como liberadas por una revolución estética y política, cuyo fundador, en sus respuestas a la célebre encuesta de la revista Littérature sobre la sexualidad, contestó que no era "adecuado" solicitar la opinión femenina en materia amorosa, y proclamó también, entusiasmado, con esa mezcla de autoritarismo y candor que lo caracterizaba: "somos los dueños del amor y los dueños de nuestras mujeres".

El ejemplo más claro y malicioso de esta "creación" bretoniana realizada en la vida real es el de Jacqueline Lamba, pintora y nadadora de un ballet acuático que en 1934 decidió acercarse a Breton, recién separado de su primera esposa, Simone Kahn. El encuentro fue planeado en connivencia con la fotógrafa Dora Maar, en ese entonces amante de Picasso, que lo contó en una entrevista concedida en los años noventa. Maar le aconsejó a su amiga buscar al jefe surrealista en el café de la Place Blanche donde éste se reunía con los suyos. Jacqueline entró al café con sus cabellos decolorados y bastante pajizos, dispuesta a jugarse el todo por el todo para llamar la atención del líder, y se sentó a escribir sin concederle una mirada. Narrada por Breton en L`amour fou , la historia se convierte en lo siguiente: una mujer "escandalosamente bella" y con "cabellos pálidos" entra al café y saca de su bolso papel y lápiz; él siente que le está escribiendo una carta. Los dos salen juntos y se pasean durante toda la noche. Al volver a su casa, Breton encuentra un viejo poema suyo, "Tournesol", donde todo lo que acaba de vivir ya ha sido escrito: la "ondina", el itinerario del paseo nocturno, todo. Y Jacqueline Lamba se convierte en la segunda esposa de Breton a causa de la misteriosa coincidencia entre su aparición (que él nunca imaginó programada por dos chicas astutas) y esos signos anunciadores venidos de la poesía.

Lo cierto es que para Breton, el encuentro amoroso se diferenciaba muy poco del hallazgo del objeto que, decía, revela algo de nuestro inconsciente y hasta de nuestro futuro, igual que los sueños. Encontrar por la calle a Nadja, la extraña muchacha que pronunciaba frases oraculares (y que terminó en el hospital psiquiátrico Sainte-Anne, donde Breton jamás fue a visitarla), o hallar en un mercado de pulgas la pipa en forma de zapatito de Cenicienta con la que había fantaseado eran fenómenos de idéntica naturaleza. En su caso, y por ende en el del grupo surrealista en pleno, soñar y cosificar se parecían como dos gotas de agua.

Esta segunda empresa, la de convertir en cosa lo soñado, se complicó por el hecho de que, además de encarnar el mito femenino del surrealismo, hubo mujeres creadoras de carne y hueso que integraron las filas del movimiento, inútil aclarar que bastante ocultadas por sus correligionarios. Fue preciso esperar a la publicación de la revista Obliques en 1977 para que algunos de esos nombres salieran a la luz. La publicación se inicia con estas palabras de André Pieyre de Mandiargues, particularmente sensible al tema porque estaba casado con la pintora Bona: "Desde hace tiempo me asombro y me indigno ante las dificultades tan persistentes como absurdas que, sobre todo en los viejos países latinos, se oponen al esfuerzo de la mujer consagrada a un arte plástico". Cuarenta años de silencio para que esa sorpresa pudiera ser expresada por una voz masculina y veinte más para que, en 1997, apareciera una nueva antología de mujeres surrealistas a cargo de Georgiana Colville, irónicamente intitulada Scandaleusement d`elles . No "escandalosamente bellas" sino "de ellas"; no imaginadas sino vivas.

La lista de estas "ellas" es larga y los ejemplos suelen ser dolorosos. Dos elementos en común las relacionan: la tendencia al autorretrato y al autocastigo. De Frida Khalo -que con sus "autoíconos" llenos de su propia sangre junta las dos tendencias en una- a Leonora Carrington, pasando por nuestra compatriota Leonor Fini, han sido muchas las surrealistas que se han pintado a sí mismas, dando vuelta como un guante la mirada del otro. Puesto que eran imagen mítica, escudriñaban esa imagen desde la vereda de enfrente, sin rebelarse frente a ella (era muy pronto para eso) pero al menos haciéndolo en persona. Una inversión del ojo -gran obsesión surrealista- a la que el tema del autocastigo no es ajeno. Todos recordamos la escalofriante escena del filme de Buñuel, la de ese ojo de mujer cortado con una navaja de afeitar. En sus seminarios de 1964, Lacan, muy próximo a los surrealistas -estaba casado con Sylvia Maklés, la ex mujer de Georges Bataille, teórico del sadomasoquismo y autor de la no menos escalofriante Historia del Ojo -, habló del "mal de ojo", el ojo malo que nunca bendice, y evocó a la Joven Parca de Valéry que se "ve verse". Las historias de las artistas surrealistas hacen pensar en esa mirada maldita que se ha atrevido a ver; un voyeurismo que termina, como el de la pobre Nadja, en el hospital Sainte-Anne.

Lo curioso es que en este hospital parecen haberse dado cita varias de ellas. Los dos casos más terribles son el de Unica Zürn y el de Colette Peignot, a quien su amante Georges Bataille llamaba Laure. Zürn era la compañera de Hans Bellmer, el artista creador de las "menores de edad", muñecas articuladas y torturadas que se convirtieron en símbolos de la mujer-niña. Autora de Vacaciones en Maison Blanche (otro hospital psiquiátrico), y de El Hombre-Jazmín , esta alemana, que cargaba con la culpa de los crímenes nazis, terminó arrojándose por la ventana y quedó sobre las baldosas como otra muñeca de Bellmer. Laure, por su parte, llevó las experiencias masoquistas a su límite extremo, igualmente suicida. La pareja había creado una secta secreta, Acéphale, que planeaba realizar "crímenes rituales" en el bosque de Saint-Germain, cerca de París, y a la que perteneció, entre otros, el descubridor de Borges y amigo de Victoria Ocampo, Roger Caillois. Se ha sostenido que Laure estaba dispuesta a ser la víctima de un sacrificio humano.

Aunque no todas estas artistas hayan rozado en sus vidas el horror absoluto, muchas se acercaron a él, o a su peligro, y casi todas lo reflejaron en sus obras. Valentine Penrose, casada con el pintor y crítico de arte Roland Penrose -que la retrató con los ojos y la boca cerrados con mariposas, como en el afiche del El silencio de los inocentes -, vivió en un Ashram de la India, donde otra poeta surrealista, Alice Rahon-Paalen, que acababa de hacer un intento de suicidio a causa de Picasso, se unió íntimamente a ella. Tras enrolarse como soldado en el ejército francés, Valentine vivió parte del año en Londres con su ex marido y la nueva esposa de éste, la fotógrafa Lee Miller, ayudante de Man Ray. La escritura de Valentine no expresa fantasías eróticas autopunitivas sino sádicas. La condesa sangrienta , que detalla los crímenes de la horrenda Erzébet Bathory, fue saludada con exaltación al menos por un hombre: obviamente, Bataille. Tampoco Leonor Fini era propensa a castigarse a sí misma, pero sí a sugerir juegos emponzoñados, elegantes y crueles como el del largo guante del que emerge una serpiente. La misma serpiente que también zigzaguea en los "objetos" de la alemana Meret Oppenheim, célebre por su Almuerzo con pieles de 1936 y por sus instalaciones donde los comensales comen sobre una mesa tendida y cubierta de flores: el cuerpo de una mujer.

Si las anteriores lograron por lo menos morir en su cama, la norteamericana Kay Sage se suicidó de un tiro en la cabeza tras la muerte de su marido Yves Tanguy, mientras que Dora Maar, otra paciente del hospital Sainte-Anne de la que Tanguy había estado enamorado, se recluyó en su casa sin ver a nadie durante más de cuarenta años tras el abandono de Picasso. Las dos creadoras más originales del grupo fueron, en mi opinión, la inglesa Leonora Carrington, también internada en una clínica psiquiátrica cuando los alemanes se llevaron a su amante Max Ernst, y la española Remedios Varo, que fue la mujer de Benjamin Péret. Ambas terminaron por refugiarse en México y por llevar adelante una sólida obra pictórica, y literaria en el caso de Carrington, que sólo hoy comienza a conocerse. Eileen Agar, la inglesa nacida en la Argentina; la checa Toyen; la francesa Claude Cahun, enrolada en la Resistencia, condenada a muerte por la Gestapo y después liberada; Valentine Hugo, la ilustradora de Rimbaud, de Achim von Arnim, de Lautréamont; la lista es rica, variada y emocionante, por el valor de lo que hicieron y también por el cosquilleo que provoca el descubrirlas tiempo después. Como no podía ser de otra manera, la mayoría de ellas encontró su camino dentro de la estética del surrealismo, con toda la imaginería, a menudo olvidable, sobre arcanos y hadas melusinas que ello implica. Creyeron en el automatismo de la escritura y el grafismo y se re-vieron a sí mismas a través de la idealización que las convirtió en objeto, desmitificado, es cierto, por la mujer-mesa del banquete de Oppenheim. Tímidas desmitificaciones por las que muy a menudo pagaron caro, y que no proponían nuevas alternativas. ¿Pero podemos pedirles ahora la visión socarrona, la liberación por el humor que las feministas sólo desarrollaron en los años setenta? En la década de los treinta, esas mujeres tuvieron que vérselas con un par de fascismos en principio opuestos: el político (la llegada de Hitler al poder tiene que ver sin duda con la angustia de sus fantasías), y el viril (los hombres del surrealismo incurrieron en una contradicción entre, por una parte, su antifascismo teórico, ardiente y sincero y, por otra, cierto fascismo visceral, digamos que inevitable dada la época, en relación con ellas).

Hace unos meses entrevisté en Paris a Gisèle Prassinos, niña mimada de los surrealistas cuando sólo tenía catorce años. Su hermano, el cineasta Mario Prassinos, se la había presentado a Breton porque la nena escribía poemas alucinados sin puntos ni comas. El fundador del surrealismo no podía creer en su suerte: esta chica le venía como anillo al dedo para encarnar sus intuiciones sobre la niña, la mediadora, la bruja, etcétera. Era una criatura inculta e inspirada que, so pena de excomunión, debía seguir siéndolo. "Ese fue el problema -me confió plácidamente Madame Prassinos- Yo quería leer, estudiar, crecer. El, en cambio, se negaba a que yo fuera escritora. Cuando me cansé de ser una sacerdotisa infantil condenada a callarme con los años, abandoné el surrealismo". Gisèle Prassinos sigue escribiendo y publicando hasta hoy. Bella no sé si es porque la llamé por teléfono, pero al oírla no dudé ni un instante que fuera ella.

Por Alicia Dujovne Ortiz Para LA NACION

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