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Amelia Biagioni: vocación de totalidad

En homenaje a la gran poeta argentina, muerta la semana última, se presenta un poema que ella, expresamente, había destinado a este suplemento para su publicación póstuma. En ese texto de despedida, aparecen algunas constantes de su obra notable: el amor, la muerte, el tiempo devorador. Además, Ivonne Bordelois analiza las claves de una producción admirable

Miércoles 06 de diciembre de 2000

Nuestra gran Amelia Biagioni ha muerto: una reina desconocida, plena de gracia, humor, modestia y altivez. La más cósmica en toda la poesía argentina de esta generación, la más rebelde en su falta de obediencia a las modas y modelos imperantes, la más lúcida y solitaria en su lucidez, la más atrevidamente musical entre nosotros ha partido -un domingo, como ella misma, a la manera de Vallejo, lo profetizó- quizá en señal de desacuerdo con tanta confusión y mediocridad como la que nos rodea. Era demasiado universal para las suntuosas revistas alegadamente poéticas que la tachaban de cursilería; demasiado grande para los cenáculos intrigantes que deciden arbitrariamente acerca de famas y celebridades, y acaban por ahuyentar a un público sediento de las verdaderas fuentes de la poesía verdadera.

Biagioni nunca equivocó su vocación de totalidad, que se expresa desde temprano en su poesía: "hacerme un alma donde sucedieran/ todas las vidas, todos los países.// Hasta volverme una caricia/ giradora en la tierra única,/ maravillosamente inútil. Y al fin voy/ de eternidad flameando, con la túnica.// La que buscan como un aceite/ los quemados y desollados./ La que desciende al lirio campesino/ cuando se miran los enamorados". ( La llave ). Clásica en sus comienzos, pero siempre con un temblor; melodiosa, pero con esa musicalidad no aprendida que es más que música, aquella que obligaba a Alejandra Pizarnik a leer en voz alta sus poemas; con su falta absoluta de reverencia por temas o estilos epocales, con su libertad central y original, Biagioni supo enlazar en su poesía temas que reinterpretaban los acentos de la gran Alfonsina Storni, y al mismo tiempo dialogar de tú a tú con Hölderlin y Van Gogh, e interrogarlos intrépidamente en aquella veta de locura que fue también el precio de su grandeza.

"El universo es un oscuro claro andante bosque/donde todo movimiento es cacería": ¿quién, en qué lugar, antes o después, supo mejor trasmutar en poética el pensamiento de ese gran visionario que fue Teilhard de Chardin? ¿Quién recuerda mejor a Kafka que ese extraordinario poema, "La partiquina", de donde provienen aquellas impresionantes líneas: "Y en el fondo/ cae un llanto desconocido/ y el llanto aplaude"? ¿Quién inventó el escenario donde se encuentran Roberto Arlt y Macedonio Fernández con la precisión mágica de su mirada aguda como un diamante?

Sus versos oscilan entre el himno y la fórmula mágica
Sus versos oscilan entre el himno y la fórmula mágica. Foto: Silvio Fabrykant

Quizá nadie haya descripto mejor ni más profundamente el mensaje poético de Biagioni que Enrique Pezzoni, cuando dice, en el artículo más brillante, penetrante y entusiasta que acaso haya escrito, hablando de Las cacerías , que "su ritual celebra el encuentro del fragmento con el todo, de la cercanía con la distancia; son las nupcias de lo irreconciliable consigo mismo. Los versos oscilan así, entre el himno y la fórmula mágica que ilumina sin cesar la creación, mostrándola inclusive en sus aspectos más feroces: a través de la muerte, todo está en marcha hacia sí mismo." Y añade: "Hay en estos versos algo semejante a la sonrisa en el rostro de los rostros que pululan en algunos templos de la India". Y el texto corrobora sus palabras: "Halalí/ que reverbera en astronaves y galaxias/ en flecha en selva y en turbina/ con ansia blanca y negra/ las estirpes/ del polvo al ángel/ devorándose comulgándose/ persiguen la persecución/ halcón azor amor neblí radar/ para alcanzarme límpidas a Mí/ que soy el Cazador". Como dice Pezzoni, "pocos poetas han visto como ella la grandiosidad de ese monólogo múltiple que es el existir como busca, la asunción del cambio como testimonio único de lo inmutable." Pocos poetas, añadiría yo, han poseído una lengua tan enérgica y delicada para trazar el fresco vibrante de la evolución, desde los inicios de la creación hasta nuestros días, en imágenes y ritmos tan poderosos como inesperados y en enumeraciones tan espléndidas y vertiginosas como ésta: "halcón azor amor neblí radar", donde el trayecto de la especie se describe en una suerte de centella fulminante de pasión y precisión poética.

Biagioni soslayó los tonos confesionales, panfletarios o herméticos en los que naufraga tanta poesía en nuestro tiempo: escribió con grandeza, con misteriosa claridad, con musicalidad única, sobre los grandes temas del ser humano contemporáneo, desde el gran escenario que le proporcionaba la incesante y ávida lucidez de su mente privilegiada. Nada en ella fue pequeño, salvo su delicada figura de geisha iluminada. A Biagioni le faltaba el espíritu de la negociación, la obsecuencia y el compromiso: en El humo denunció sin tapujos "el valle del lucro" adonde descienden tantos. Ella carecía de tiempo y espacio para las pequeñas intrigas; era impaciente con los calculadores y los mediocres, a los que discernía a la distancia, y de los que se protegía con aquella tan suya y modesta altivez. Alto fue el precio de su aventura: "En la plaza me apagarán/ con sordos con ciegos con llamas/ por haber espiado a Dios", dijo proféticamente en "La señalada".

Una pureza incontaminable la destinaba a entregarse totalmente a la poesía como a una oscura fuerza irresistible a la que retrató indeleblemente en El humo : "Oh tenebrosa fulgurante impía/ que reinas entre cábala y quimera/ oh dura poesía/ que hiciste mi imprevista calavera//[...]Por qué bajaste oscura. Mis despojos/ creas, desencadenas mi esqueleto/ devoraste mis párpados, mis ojos/ mi corazón secreto.// Oh sacrílega maga, que ceñiste/ la gracia en hambre, alazo, pico y garra/ por qué en tu salamandra convertiste / a mi tristísima cigarra.// Por qué. Pero me ofrezco, y apaciento/ mis huesos, y mi cara se acostumbra/ a ser tan sólo profecía y viento./ Come, cuerva. Y relumbra." Aquí entramos en una verdad inconfundible y ósea, lejos de toda retórica. Alguien se ha entregado a la poesía y posee la certeza de que el retorno no sólo sería sacrílego sino que, de hecho, es imposible.

"Clara, sonora, libre y verdadera", como se define en "La ventana", habitó un espacio incontaminado pero certero de luz y realidad auténtica. Sabía de su grandeza y nunca la traficó: por eso pudo preservarla. Fue un ejemplo difícil de seguir ("Para cantar hay que morir. Y canto."), pero acaso el único digno de tenerse en cuenta.

"Episodios de un viaje venidero", su poema póstumo, es la narración visionaria del camino de sus propias cenizas que, a la manera de Quevedo, persisten en la contemplación enamorada ("mi contemplar desconocido"); pero más allá de la tenacidad del fuego erótico, lo que contemplan las cenizas es la trama misma del universo, la ley de la primordial devoración de la especie "volcán-laurel-zorzal-amor": "No hay pleno arpegio/sin terror ni dolor". Otra vez la magnitud de esta visión invoca los grandes textos que la acompañan: Rimbaud, Homero, Melville, la Biblia: regénesis "hasta que el mar se acabe". De la posible destrucción venidera y total, la del pájaro misil, se salvará acaso el ojo-lince del poeta, que retoma el cántico de la energía "dentro de algún volar del INFINITO".

Entre nosotros quedan y permanecen, afortunadamente, algunos grandes poetas, pocos pero verdaderos. Pero Biagioni pertenece a una raza aún más rara y singular, aquella de los poetas que son torres de Dios. A esa misma raza pertenece alguna vez Borges, pertenece también nuestra gran Olga Orozco, pertenece, de modo negativo pero no menos evidente, la trágica Alejandra Pizarnik y algunos otros, pero muy pocos más. Cada vez que una de estas torres se desploma, se produce súbitamente algo así como un enorme vacío, un baldío de silencio estremecedor, dentro de nosotros mismos y a nuestro alrededor. A pesar de su ocultamiento, Biagioni era una gran torre de luz, más necesaria aún en esta hora de tinieblas que nos acecha. De nuestra fidelidad y lucidez, de la verdad que permitamos que nos habite, depende que su resplandor y su fuerza nos acompañen en el duro mundo de la vida y de la poesía amenazada.

Por Ivonne Bordelois Para La Nación - Buenos Aires, 2000

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