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Un asteroide que debería llamarse Mauricio

Por Marcelino Cereijido Para LA NACION

Viernes 23 de junio de 2000

MEXICO D. F. Me entero por La Nación del sábado 10 de que le acaban de poner a un asteroide el nombre del matemático argentino Pedro Zadunaisky. "¿Pedro qué?", habrá preguntado más de un paisano. Por eso quiero contribuir a su semblanza con un par de viñetas. Tal como cuento en La nuca de Houssay , Pedro Elías Zadunaisky era el "Tío Mauricio" de mi amigo Pepe Zadunaisky, como yo fisiólogo y discípulo de Eduardo Braun Menéndez y, como gran parte de los científicos argentinos, trabajando en el Primer Mundo.

El tío Mauricio, nacido en la provincia de Santa Fe, vivió veinte años creyendo honestamente que se llamaba Mauricio, hasta que fue a hacer la conscripción, por aquel entonces obligatoria, y se enteró de que, por alguna razón arcana, se llamaba oficialmente Pedro Elías. El enorme engorro burocrático que hubiera requerido la rectificación lo disuadió de despegar la etiqueta de Pedro Elías con que le habían tapado su más íntimo Mauricio . El asteroide lleva pues un nombre sacado de la manga por el Ejército Argentino.

Destino de Zadunaisky

De todos modos, el tener un nombre fortuito era entre los Zadunaisky una característica familiar. Así, estoy seguro de que muchos ancianitos recordarán al famosísimo Reporter Esso, cuyo noticiario radial comenzaba con un "Buenos días, amigos", y, tras matizar las noticias con hechos insólitos, en una especie de Créase o no argentino, acababa con un "Hay de todo en la viña del Señor". Resulta que El Reporter Esso se llamaba Oscar Ferris, nombre espurio de quien en realidad se llamaba Abraham Zadunaisky, padre de mi amigo Pepe Zadunaisky y hermano de Pedro Elías Zadunaisky, o sea, del tío Mauricio. Sucede que cierta vez Abraham Zadunaisky, hombre culto, de voz melodiosa y dicción impecable, tuvo que reemplazar a un locutor en la lectura de las noticias. Y cuando el presentador anunció: "Con ustedes...", alguien le indicó por señas que ese día leería las noticias una persona que él no conocía. Ni corto ni perezoso, resolvió el trance completando: "...Oscar Ferris". Al parecer, la suplencia se hizo definitiva, y Abraham Zadunaisky continuó siendo Oscar Ferris, o El Reporter Esso para la audiencia. Pero regresemos al tío Mauricio.

Había estudiado matemáticas aplicadas con Bepo Levi, un matemático judío italiano que había escapado del fascismo (italiano) refugiándose en Rosario de Santa Fe, donde continuaba la enorme tradición de Peano, Ricci, Levi-Civita y otros genios de la matemática peninsular. Su especialidad, y luego la de Zadunaisky, era el cálculo numérico, que por aquel entonces no era de gran utilidad, porque requería efectuar muchísimas cuentas con reglas de cálculo o con catraminas mecánicas de manivela. El tío Mauricio hizo una tesis (creo recordar que fue sobre las lunas de Júpiter) y demostró que con los métodos numéricos que le había enseñado Levi podía calcular las órbitas con mayor precisión que con los métodos corrientes. Pero, a fuer de sincero, debo reconocer que en la Argentina de los años 50 no había muchos interesados en la precisión con que el tío Mauricio, mal llamado Pedro Elías, podía calcular las órbitas de los satélites de Júpiter, ni que se apiadaran de su fatigoso esfuerzo. De pronto -¡albricias!- aparecen las computadoras que, como se sabe, "prefieren" calcular numéricamente. Los de la Facultad de Ciencias Exactas crean el Instituto del Cálculo, compran una Mercury y luego computadoras más modernas: el tío puede calcular las órbitas con gran exactitud y velocidad, y con ello la Argentina pasa a tener el cálculo más preciso y veloz de la mecánica celeste.

El "Falso Pedro Elías"

Pero, de nuevo, ¿a quién demonios le interesa calcular órbitas de objetos espaciales con velocidad y precisión? Bueno, quizás a nadie en la Argentina, pero los rusos ponen en órbitas sus Sputniks, los norteamericanos disparan sus cohetes Vanguard y el cielo se puebla de cacharros artificiales. Cabe aclarar que un cohete va ganando velocidad y perdiendo peso en la medida en que va consumiendo combustible, de modo que si su trayectoria necesita ser corregida, es imprescindible hacer los cálculos con precisión y celeridad. Para abreviar: los Estados Unidos se llevan al tío Mauricio o, como dirían en el Boris Godunov , al "Falso Pedro Elías".

Y aquí tengo que inmiscuirme en los recuerdos. El tío trabajaba en una dependencia de la Smithsonian Institution que quedaba en los campos de la Universidad de Harvard, en Cambridge, Massachusetts. Yo, en cambio, investigaba en la Harvard Medical School, del otro lado del río Charles. Malvina, cuyo nombre mis hijos habían suplantado por Tati, sabía hacer empanadas, y eso nos valía las visitas del tío Mauricio y su esposa, Bequita, cuyo verdadero nombre era Rebeca; Lorenzo Aristarain, que luego sería ministro de Minería, pero que por aquel entonces estudiaba geología económica, y su esposa, Marta; José María Dagnino Pastore, que estudiaba en la School of Business Administration y con el correr de los años sería ministro de Economía, y su esposa; Cacho Yugnovsky, cuyo nombre real era Oscar y llegaría a ser subsecretario de Relaciones Exteriores, y su esposa, Sibila, y otros amigos. Ahora sí, vamos a la última viñeta.

Los visitantes no siempre eran los mismos, y eso obligaba a pequeñas reexplicaciones de la ocupación de cada uno. Aquel día, el nuevo era un patólogo argentino que trabajaba en el Massachusetts General Hospital, y que nos dejó alelados al contarnos cómo había conquistado a su novia entre autopsias, evisceraciones, aromas de formol y moscas impertinentes. Pero luego le tocó a él preguntar, y al tío Mauricio explicar: "Me dedico a la mecánica celeste", dicho con la resignada cortesía de quien tiene muy claro que es el primer mecánico celeste que uno encuentra en su vida, y que deberá dar más explicaciones. Pero enseguida quedó estupefacto al oír: "¡Que lindo colorcito!", exclamado por alguien que lo imaginaba de mameluco, componiendo motores con tuercas, tornillos y engranajes del color del cielo.

¿Así que desde ahora nos cruzaremos periódicamente con un asteroide llamado Pedro Elías Zadunaisky? ¡Qué honor para un cascote que gira en una órbita que el tío Mauricio hubiera calculado con rapidez y exactitud! Pero que no se confíe, porque cualquier día, siguiendo la trayectoria de quienes se llaman Zadunaisky, por ahí descubre que le cambiaron el nombre.

El autor es un médico argentino, profesor de fisiología y biofísica del Centro de Investigaciones y Estudios Avanzados de México.

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