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Entre la política y la subjetividad

La psicoanalista Silvia Bleichmar habla en esta entrevista de su libro Dolor país (Libros del Zorzal), en el que analiza el impacto de la crisis sobre los argentinos. La perspectiva esperanzadora de su enfoque se debe, en buena parte, al intento de desenmascarar las mentiras sobre las que se construye el discurso oficial

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LA NACION
Miércoles 17 de abril de 2002

Con sus escuetas 90 páginas, discreto y pequeño, hijo de una editorial que recién empieza, Libros del Zorzal, y de una autora, Silvia Bleichmar, poco conocida para el gran público, Dolor país era uno de esos libros llamados a ser secretos, suerte de tesoros silenciosos que pasan de mano en mano pero que pocas veces logran saltar el cerco de sus primeros lectores. Sin embargo, contra todas las previsiones, en medio de una crisis que aún no ve el horizonte y sin un centímetro de publicidad, Dolor país agotó en dos semanas los 2000 ejemplares de la primera edición (la segunda, también de 2000, acaba de llegar a las librerías después de haber estado parada durante diez días porque, devaluación mediante, no se podía comprar el papel).

De los diez artículos que componen el libro, tres ya habían aparecido en el diario Clarín y otro en la revista Topía ;el resto fue escrito especialmente para este volumen con el que la autora, psicoanalista de reconocida trayectoria y autora de varios libros sobre su especialidad -entre otros, El lugar de los padres en el psicoanálisis de niños , En los orígenes del sujeto psíquico- intentó poner palabras en el gran vacío de significaciones en que nos deja la crisis. La expresión que dio título al libro, "dolor país", no es más que la reformulación en clave humana del latiguillo que azotó a los argentinos durante los últimos meses del año pasado: el índice riesgo país. En clave humana. Ese es el índice que explora Bleichmar en Dolor país , el que permite dar cuenta de cuál es el impacto que tuvo y tiene todo este desastre sobre nuestra subjetividad.

-¿Podría ser ésa la razón de que el libro haya tenido la repercusión que tuvo en tan poco tiempo?

Bleichmar: "A nadie se lo puede acusar de haber comprado ilusiones, de haber creído en sus gobernantes"
Bleichmar: "A nadie se lo puede acusar de haber comprado ilusiones, de haber creído en sus gobernantes". Foto: Fabián Marelli

-A mí me sorprendió enormemente la repercusión de Dolor país; me escriben infinidad de mails, me piden que me ocupe de determinados temas. Creo que hay una gran carencia de ideas en la sociedad que impide dar significación a lo que está ocurriendo. No hay discursos que nos ayuden a comprender lo que ocurrre. No discursos financieros, por supuesto, esos abundan. Pero sí faltan discursos sobre el impacto que toda esta debacle tiene sobre la subjetividad. Los efectos sobre los seres humanos. Es necesario poner palabras, darle una vuelta de tuerca a cosas que la gente no puede llegar a formular. Como analista, yo me especializo en metabolizar traumatismos y ese trabajo implica una recomposición.

-El libro propone un cruce poco frecuente entre el discurso político y la subjetividad.

-Creo que lo que conmociona es que Dolor país propone un discurso esperanzado, un pensamiento que reconoce el sufrimiento pero busca qué hacer con él. Los seres humanos siempre han intentado evitar su propia destrucción. Aun en las circunstancias más adversas del mundo, la Humanidad siguió creando. Yo confío en la potencialidad del ser humano. Pero además, no hay en Dolor país un intento de repartir culpas. A nadie se lo puede acusar de haber comprado ilusiones, de haber creído en lo que le dijeron sus gobernantes. No debe haber autocomplacencia, un lamento sobre nosotros mismos, pero tampoco un autoflagelamiento. Es inmoral que Bush diga que la Argentina tiene que sufrir. Lo que sucede es que en los últimos tiempos nos habituamos a escuchar cosas escandalosas. Ahora los europeos y los norteamericanos -cuyos empresarios se llenaron los bolsillos en privatizaciones vergonzosas-, en sociedad con muchos argentinos, se burlan de que quisimos vivir como en el primer mundo. ¿Y por qué no? ¿Por qué está mal que los argentinos quieran vivir mejor?

Con inusual hondura y una escritura impecable, Bleichmar detiene su atención en el repertorio de mentiras que cuajaron -y cuajan- en forma de discurso oficial. Pero no se queda en el puro gesto de la denuncia, en detectar la mentira: lo que quiere es desmantelarla. Y ése es su camino tanto cuando revisa la adhesión de miles de argentinos a las políticas de sacrificio en pos de un modelo económico, como cuando indaga sobre el modo en que los damnificados del sistema se culpan a sí mismos por su fracaso o cuando intenta comprender el lugar de los intelectuales en este momento, sobre todo el de aquellos que, como ella, pertenecieron a la generación de la lucha política y el exilio. Bleichmar no juzga, intenta comprender: "La banalidad del mal -escribió en Dolor país - es la indiferencia, la posibilidad de ejercicio de una acción de destrucción sin la menor compasión, porque la víctima ha dejado de ser nuestro semejante. Y es eso lo que se intentó producir en la Argentina de los últimos diez años: la convicción de que no había otro camino que tirar al río a la mitad de la población para que se salvaran los que lograban sobrevivir".

-Usted busca establecer responsabilidades en ese proceso.

-Yo insisto en que hay que diferenciar entre los culpables, los cómplices, los distraídos, las víctimas. No todos fuimos corruptos, no todos especulamos ni robamos. Uno puede pedir sacrificios a la población cuando la sociedad en su conjunto está involucrada en el sacrificio y después también estará involucrada en el futuro. No sólo para uno sino también para las generaciones que vienen. Lo que mueve al hombre es la perspectiva del futuro. Hay un discurso profundamente engañoso en los modos en que el poder habla de esto, hay indiferencia hacia el sufrimiento del otro. Se pone en el centro las cifras contra la gente. Se plantea en términos de necesidades financieras los costos que se pagan en calidad de vida humana. Lo que caracteriza el discurso del poder es la indiferencia hacia el sufrimiento de quienes han quedado fuera del sistema.

-Y la gente termina haciendo propias las categorías morales que maneja el poder.

-Ese el problema mayor. La entronización del dinero es tal que hasta el espacio lúdico de creación de la infancia está amenazado ante la presión del sistema económico. Hoy los padres sólo esperan que sus hijos no se caigan de la cadena productiva. El dinero, en el discurso del poder, es todo. Pero cuando es todo para los que golpean sus cacerolas frente a los bancos que les han robado los ahorros de toda una vida, entonces se critica a la clase media porque sólo reacciona cuando le tocan el dinero y, con profunda perversidad, se plantea: "Pero cómo, ¿esta gente antepone el dinero a los intereses de LA NACION?" Y mientras tanto, se quedan con el dinero de los ahorristas para que subsistan los bancos. Se atacan los mismos valores que se inculcan. Los eufemismos que hoy impregnan el discurso económico -reingeniería empresarial, recorte, cirugía empresarial, sacrificio- dan cuenta de que hay en esas acciones una profunda inmoralidad. Tanta que es necesario inventar otros nombres.

-En el capítulo "Loosers y Winners" (perdedores y ganadores), usted da una vuelta de tuerca a la autovaloración en el sentido de que ésta ha quedado atrapada por la valoración que el discurso oficial hace de uno.

-Yo intento desenmascarar un modelo discursivo profundamente perverso que logra someternos porque nos despoja de nuestra subjetividad, de nuestra identidad. La gente es ética. No puede terminar de creer que haciendo las cosas bien todo vaya tan mal. Entonces termina culpándose a sí misma, tal vez para no fracturar esa ilusión, la ilusión de que actuar bien sirve para algo. Pero es tan poderoso el discurso del poder que terminamos percibiendo las dificultades -la desocupación, la falta de dinero, la falta de energía para seguir encarando proyectos- como un defecto propio, nos echamos la culpa por lo que terminamos asumiendo como "nuestro fracaso" y no como el resultado de una profunda perversión del sistema.

-Ese es el arrasamiento de la identidad del que habla Dolor país .

-Esa es la base del pensamiento fascista, la base de la banalidad del mal. Hago bien hasta lo que está mal para ser aprobado por quien tiene el poder de evaluar mis acciones. Como en 1984, de Orwell. El drama del personaje de esa novela es que ama a quien lo captura, al censor, al evaluador. Se parece también al síndrome de Estocolmo. Subordinarse y entregarse, ver desdibujada la personalidad. En la lógica del totalitarismo, la conciencia individual termina siendo suprimida por completo. En momentos extremos como los que estamos viviendo en la Argentina el riesgo más grande es el resurgimiento de ese tipo de pensamiento.

-¿El resurgimiento del fascismo? ¿Se refiere a ese riesgo?

-Ese es el riesgo. Aunque es notable cómo la gente en las calles no está pidiendo mano dura, no está pidiendo a gritos un hombre fuerte, está pidiendo participación. La mano dura ahora la están pidiendo los financistas y quienes defienden y representan sus intereses.

-Una de las formas en las que usted plantea este avasallamiento de la subjetividad es la de despojar a los ciudadanos de cualquier proyecto trascendente, de cualquier forma de proyecto colectivo y, en esta línea, hay casi una interpelación a los intelectuales de su generación. Usted habla de una generación capturada por los fantasmas del pasado.

-En la Argentina, la gran herida no fue tanto la muerte en sí sino las formas brutales que asumió la muerte, porque la desintegración de las víctimas no fue sólo física sino también psíquica. Y el otro fantasma del pasado es la angustia de haber participado (no necesariamente como ejecutor) en un proceso que produjo tanta destrucción y dolor, sobre el que todavía no hay un balance definitivo, en el que habría que hacer una diferencia entre la derrota y el error. En los años 70 no fue arrasado sólo un modelo de enfrentamiento político sino el proyecto de un país diferente, proyecto que aún sigue siendo válido. Lo que maniata a los intelectuales de mi generación es, por un lado, el sentimiento ético de responsabilidad hacia lo ocurrido, pero, por otro, el temor narcisista al ridículo de quedar anacrónicos frente al discurso del primer mundo, con su equívoco concepto del éxito y del fracaso, con sus winners y loosers .

Silvia Bleichmar repasa en este libro buena parte de la vida nacional desde la perspectiva de una intelectual que no quiere más claudicaciones. A veces le imprime a su escritura la huella de su indignación, a veces puede ser implacable, también conmovedora. En todo caso, lo que predomina es el inspirado ejercicio de reflexión de quien no pierde de vista su objetivo: buscar caminos para seguir adelante. Porque si algo se percibe en estos artículos es la voluntad de Bleichmar por rastrear en el fárrago de hoy, en el revoltijo de cifras, discursos, acusaciones y cinismo, el estado del alma. No por el placer de regodearse morbosamente en contar las heridas sino, psicoanalista al fin, para enfrentarlas y ayudar a recomponer lo que se pueda.

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