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Memoria e industria de la memoria

Suplemento Cultura

El escritor alemán Andreas Huyssen llega a Buenos Aires para presentar su libro En busca del futuro perdido. Cultura y memoria en tiempos de globalización (Fondo de Cultura Económica). A propósito de este ensayo, la autora de Escenas posmodernas reflexiona sobre la identidad y el pasado. Mientras que estos problemas son hoy objeto de debate teórico en Europa y los Estados Unidos, en los países pobres, poscoloniales o desgarrados por conflictos étnicos llevan a la guerra y al sojuzgamiento. ¿Hasta qué punto la historia marca el presente y los monumentos sirven a las almas políticamente correctas?

Memoria, historia y monumento son un tema de época. En Alemania, la memoria del holocausto ha franqueado una compuerta a la competencia entre el saber histórico y las posiciones de la ideología en el nuevo escenario de LA NACION reunificada. En Francia, en estos últimos años, se abrió un desván meticulosamente cerrado por un acuerdo nacional tácito sobre el colaboracionismo y el antisemitismo de los años cuarenta. En Estados Unidos, los culturalismos y las políticas de minorías, el renacimiento de identidades que se creían disueltas y la invención de nuevas identidades de mezcla (¿qué es ser gay chicano en zona de frontera?, ¿qué es ser habitante de Manhattan e hispano?, ¿qué es ser mujer, lesbiana, de origen indio? y así hasta sumar todas las combinaciones) hace ya varios años que dieron origen a una especialidad académica y a una esfera pública con reivindicaciones cada vez más diferenciadas. Se está bien lejos del impulso igualitarista que culminó en los años sesenta con las grandes jornadas por derechos sociales y políticos de los negros. Hoy, más bien, Estados Unidos estalla, por lo menos culturalmente, en matices diferenciales que fundarían todas las reivindicaciones de identidad.

Son más dramáticos otros puntos de un articuladísimo conflicto que encuentra en Afganistán, tanto como en Bosnia y Palestina, el extremo de la enemistad cultural o racial, que se resuelve directamente en matanzas. Lo que en la Europa próspera y en Estados Unidos tiene un trámite que atrae las especulaciones intelectuales y funda departamentos de investigación en todas las universidades, en otros lugares, generalmente pobres, post-socialistas o poscoloniales, conduce a la guerra. Pero no sólo a la guerra cultural, sino a la liquidación física y al sojuzgamiento.

Dentro del mapa planetario de la memoria, países como Argentina o Chile y probablemente también Sudáfrica presentan un caso particular donde los debates sobre la memoria quieren cerrar, con la intención de que ese cierre sea definitivo, largos capítulos de represión militar-estatal, o de racismo de estado. La disputa sobre la memoria incide de manera directa en el desenlace de enfrentamientos políticos presentes. Están en cuestión la historia y también el régimen político.

Esta distinción es necesaria para que el lector de En busca del futuro perdido. Cultura y memoria en tiempos de globalización , primer libro traducido al castellano de Andreas Huyssen, no espere una intervención política, en términos de poder, de estado y de régimen, de una reflexión que es cultural, estética y filosófica. Huyssen es un intelectual alemán que, desde hace ya muchos años, trabaja en la academia norteamericana, más precisamente en la Universidad de Columbia, Nueva York. Su formación en historia de las ideas e historia literaria no sufre del neo-cosmopolitismo apurado que a veces confunde a los norteamericanos y le permite ser más coherente con sus fuentes teóricas. Por ejemplo, a lo largo de estos ensayos, Huyssen polemiza con las consecuencias del pensamiento de Adorno en el enjuiciamiento de la cultura contemporánea. Esa polémica se apoya en una segura familiaridad con las ideas de Adorno y de toda la Escuela de Frankfurt. Huyssen vuelve a Adorno porque, sencillamente, no puede dejar de hacerlo: se trata de una roca en el paisaje de su cultura filosófica, no de un nombre intercambiable con Derrida o con Deleuze o con algún teórico del poscolonialismo.

El libro se compone de diez ensayos, divididos en cuatro partes. Se trata básicamente de un único tema: la construcción del pasado en el presente o, para decirlo con las preguntas de Huyssen, ¿cuáles son hoy nuestros pasados en un momento en que han hecho crisis nuestras visiones de futuro? ¿Cómo es posible pensar el pasado sin inscribir ese pensamiento en una temporalidad más larga que se proyecte hacia adelante? ¿Por qué hablamos al mismo tiempo de amnesia histórica y de obsesión por recordar y materializar ese recuerdo en escritos, monumentos y museos? ¿Cuál es la relación ideológicamente aceptable entre la iconografía de pasados malditos, como el nazismo, y sus representaciones en el arte contemporáneo, desde la pintura al cine? ¿Cómo se hace visible el pasado en la ciudad cuya lógica oscila entre la destrucción fáustica, la conservación helada del pintoresquismo y las escenografías del populismo de mercado?

No creo ser infiel a lo que se pregunta Huyssen en este libro. Tampoco le sería infiel si dijera que sus mejores análisis son los que dedica al pintor Anselm Kiefer y a la historieta Maus de Spiegelman. Es allí donde una refinada sensibilidad de crítico literario y artístico se ejerce de modo generoso en relación con sus materiales y donde puede verse cómo se mueve su pensamiento, retomando sus propias hipótesis y corrigiéndolas, volviendo a leer su propia lectura para dar un giro más a la interpretación. Estos son trabajos perspicaces y pacientes, tanto como la idea, desarrollada en un tercero, sobre las arquitecturas efímeras que, paradojalmente, interesaron a Wagner y, también, al arte muy contemporáneo de "diseñadores" como Christo, en su famosa envoltura del Reichstag berlinés. Tampoco creo ser injusta si señalo que el artículo sobre Disney en Times Square de Nueva York encuentra un lugar incómodo en este libro, porque es más concesivo que lo que exige la necesidad de comprender, y se separa del gran eje que mueve el resto de las piezas.

La hipótesis de Huyssen podría exponerse así: vivimos la paradoja de una época en que proliferan los discursos memorialísticos (en la forma de prácticas, monumentos, textos, historias, museos y recordatorios); sentimos, al mismo tiempo, una insatisfacción por la incapacidad que los debilita para constituirse en verdaderos acontecimientos de memoria. Los medios de masas, esas mismas usinas que sobreofertan discurso memorialístico, producen sin intermitencia un borramiento por sobreabundancia o por banalización. Enfrentados a esta paradoja, se escuchan opiniones, emitidas en ocasiones por los mismos sujetos, que afirman que ésta sería una época de ocaso de la historia y, al mismo tiempo, de inflación de la historia, de una abundancia que conduce, finalmente, a la invisibilidad o el olvido.

En la estructura contradictoria que tiene esta paradoja, como todas las paradojas, Huyssen se coloca tan lejos de la celebración de cualquier práctica de la memoria como de la condena adorniana que las refutaría por su trivialidad mediática, su conversión de todo en espectaculo, su congelamiento en el museo, su cómoda adaptación al mercado de los objetos o del entretenimiento. Sin adherirse a la celebración de la industria de la memoria y su adaptación a las necesidades de un paisaje urbano donde se construyen, como en el caso alemán, monumentos por decenas, reconoce que una memoria para millones incluye, muchas veces en su centro, el mercado y los estilos de la industria cultural. Democráticamente, Huyssen plantea una convivencia de formas diferenciadas de la memoria, algunas de las cuales traban relaciones especialmente interesantes con las estéticas de los medios masivos (como puede ser el caso de la ácida historieta Maus de Spiegelman).

Con el Holocausto como tema central, Huyssen realiza un esfuerzo analítico intenso para descubrir, en el pliegue de aquello que parece más adherido a una cultura de masas producida por el mercado, la dimensión crítica que debe acompañar un acto de memoria. No pasa por alto que la dinámica capitalista urbana, museal y mediática impone, con éxito, una fabricación "industrial" de la memoria, que es enemiga de la permanencia, en un mundo donde los objetos, las modas y los estilos están destinados a una obsolescencia que el mercado necesita para su dinámica incesante. Aun cuando esos objetos pertenezcan a esa cultura del consumo, si ellos tienen la capacidad de convocar un relato del pasado, podrían ser un ancla en el flujo inestable y repetido de un mercado simbólico donde domina la lógica de la mercancía.

La velocidad con que los objetos ocupan y se retiran de la atención pública impone su ritmo a la percepción y a las expectativas de quienes percibimos. Incluso en la construcción de un pasado, incluso en el ejercicio de la memoria, el tiempo acelerado ejerce una presión que define el tipo de sensaciones buscadas. La vocación monumentalista es el intento de sujetar en el espacio esta aceleración. Huyssen presenta este nudo de contradicciones y trata de no cortarlo con el filo mágico de ninguna espada. Por el contrario, se empeña en mantenerlas, buscando (como una especie de optimista dialéctico) su potencialidad democrática y su riqueza simbólica.

¿Qué agregaría un latinoamericano, un chileno o un argentino por ejemplo, a las hipótesis de Huyssen? Para decirlo de otro modo, ¿cómo funcionan esas hipótesis en un espacio local no europeo? Seguramente, debería enfatizarse el aspecto político, no sólo de política cultural, ni sólo de intervención política en la dimensión simbólica, sino político en un sentido clásico de poder, que tienen acá las cuestiones de memoria. Si ellas son, como afirma Huyssen, el tema de nuestros pasados presentes (esto es, de la forma en que el pasado existe en tiempo presente, la única forma en que existe el pasado para las sociedades y no para sus historiadores), son también el objeto de una disputa en la que se jugó el futuro político en el sentido más estricto: en las cuestiones de memoria se jugó la suerte de la transición democrática y el carácter del régimen que resultó de ella. Los juicios por la verdad, en la Argentina, no constituyen sólo una construcción discursiva del pasado, sino la forma en que todavía sigue abierto el conflicto político sobre la violación a los derechos humanos. Las transiciones democráticas atravesaron momentos de extremo peligro cuando se atrevieron a enfrentar a los responsables criminales del pasado. En consecuencia, la narración de esa historia tendrá, a largo plazo, una dimensión cultural semejante a la que tiene en Europa; pero en los últimos veinte años, las batallas por la memoria se dieron fundamentalmente en un campo político definido por relaciones con un poder no sólo simbólico. Las formas del pasado fueron, en algunos países, el debate que modeló cuáles serían las formas políticas del presente.

Hoy es probable que, en el caso argentino y chileno, estemos en condiciones de abrir otro debate sobre la memoria de los años de enfrentamiento y los de la dictadura, sin que de él dependa directamente el futuro político. Es muy posible entonces que las preguntas de Huyssen sean las que nos hacemos cuando se discute un museo o un monumento a los muertos y desaparecidos de la década del setenta, o cuando se revisa la misma historia de esos años. Y es muy posible entonces que nuestra discusión sea, por fin, una discusión sobre la dimensión cultural y filosófica de la memoria. .

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