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El padre Mario y yo

LA NACION revista

A diez años de la muerte del sacerdote, uno de sus pacientes más célebres cuenta su experiencia personal a partir de una enfermedad y analiza la gran obra solidaria, que continúa viva en González Catán

Para ser el consultorio donde atendía ese hombre que -decían- curaba a la gente, era un lugar curioso: los fondos de una panadería en el barrio de Floresta. Algo andaba mal en mi persona y yo había deambulado por médicos, laboratorios y clínicas sin que acertaran con precisión mi dolencia. Pero yo adelgazaba, estaba inapetente y desganado. Alarmada, una amiga mía habló con una amiga suya que había trabajado con el padre Mario Pantaleo. Me dijo que este sacerdote lograba curas maravillosas y que me conseguiría una entrevista con él.

Era el año 1990. Cuando uno se siente enfermo, queda entregado. Acepta lo que sea, se pone en manos del que digan, se somete a ser llevado de un lado a otro. ¿Qué mal podía hacerme ese cura del que nunca había oído hablar?

De un momento a otro me avisaron: mañana al mediodía en tal dirección. Fuimos en mi auto con mi mujer, nuestra amiga y la amiga de ésta. Ellas, entusiasmadas; mi mujer, expectante; yo, indiferente. Como dije, el lugar parecía poco adecuado. Al lado de una panadería había una vivienda que comunicaba con el negocio. En el patio y el pasillo, bastante gente. Yo me quedé en el auto, esperando que me avisaran. Al rato me hicieron señas. Bajé y me llevaron al fondo, no sin escuchar algún rezongo de los que aguardaban ser atendidos. Me hicieron pasar a una especie de escritorio.

El padre Mario me saludó y empezó a hablar. Petizo, la parla bastante cocoliche, nada imponente. No me produjo la menor impresión. Me contó de los libros que tenía escritos ("yo también soy poeta como usted"), de lo que había hecho en González Catán ("tiene que venir a ver eso") y seguía. Yo, mudo. Al fin lo interrumpí: -Vea, padre, yo vine para que usted me diga qué tengo y saber si usted me puede ayudar.

Entonces sacó del misterio de su sotana algo como un péndulo, lo movió un ratito y después me dijo: -Bueno, usted tiene tal cosa en tal órgano. Pero va a andar bien. Venga a verme todas las veces que pueda.

Me despedí, salí, me encontré con los míos y volvimos a casa. No me sentía ni mejor ni peor. Conté a mis chicas la entrevista y supuse que el episodio había terminado. Pero mi mujer recuerda que, por primera vez en meses, ese día almorcé con apetito.

Una semana más tarde fui a ver a un prestigioso oncólogo que no había podido consultar antes porque estaba en un congreso en el exterior. Tenía sobre la mesa mis análisis, el resultado de una biopsia y otros papeles. Me examinó brevemente. Y cruzamos con mi mujer una mirada entre el asombro y el alivio cuando el médico me dijo exactamente las mismas palabras que el padre Mario me había dicho en los fondos de la panadería.

Y así fue. Visité varias veces al padre Mario en González Catán (¡oh!, esos madrugones, el largo viaje con mi mujer y mi hija menor, esas medialunas del desayuno al volver...). Me recibía después de hacer una larga fila. Me tocaba o me abrazaba o me bendecía, ya no me acuerdo bien, murmuraba unas palabras. La enfermedad y la esperanza en la gente que allí había casi podían tocarse. Por supuesto, también seguí el tratamiento que me dio el médico, al que siempre quedaré agradecido.

Y me curé. Sigo yendo al consultorio de mi médico un par de veces por año, para control. Al padre Mario, claro, ya no puedo verlo. Estoy sano. No me pregunten si el padre Mario me curó. Lo único que puedo afirmar es que diagnosticó correctamente mi enfermedad, y creo que me ayudó a salir de ella. ¿Por qué? ¿Cómo? No puedo explicarlo. La arquitectura racional que vertebra mi espíritu tendría que suspenderse si aceptara que el padre Mario disponía de poderes curativos. Pero que algo tenía, no hay duda. Cabe que la realidad no sea solamente aquello que vemos y tocamos, y que exista otra en la que sólo puedan entrar y sólo puedan entender algunos como aquel inolvidable cura. ¿No hay paisanos, acaso, que curan por secreto, de palabra? Yo he conocido alguno en Capilla del Señor. Finalmente, un caballo agusanado o un cristiano con cáncer son la misma cosa en la dimensión de lo incomprensible. El padre Mario localizó mis propios gusanos y tengo la seguridad de que contribuyó a sacármelos de encima.

Hay mucho de leyenda en lo que se cuenta del padre Mario, pero basta la realidad de su vida para clasificarlo como un personaje extraordinario. Nació en 1915, en Pistoia. Sus padres vinieron a la Argentina siendo él muy chico, y luego regresaron a Italia. En 1944, se ordenó sacerdote y cuatro años más tarde vino a nuestro país. Estuvo en Rosario, en Rufino, en el Hospital Ferroviario de Buenos Aires. A fines de 1970, se radicó en González Catán y cinco años más tarde pudo oficiar misa en la capilla que construyó personalmente con la ayuda de algunos vecinos. Por entonces, ya realizaba curaciones, pero era mal visto por las autoridades eclesiásticas y debía atender en casas o departamentos prestados, casi clandestinamente. Son centenares los casos de curaciones o mejorías fehacientemente comprobadas: algunos de los beneficiados son personas importantes. Pero la mayoría era gente común que venía desde distintos puntos del país y aun del exterior, parecidos a los que ahora acuden a su tumba.

Sin embargo, tan importante como esas curaciones es su obra, no sólo la capilla, sino las escuelas, los colegios, los institutos de ayuda, los espacios deportivos, los policlínicos.

¡Qué hazaña haber construido en el yermo que era González Catán a fines de los años 70 un espacio donde los chicos aprenden y juegan, los enfermos son atendidos, los necesitados son ayudados con comida y ropa; haber creado ese ámbito donde se sigue enseñando, alimentando, curando y auxiliando. ¡Qué hazaña! Pues aquí no hay encrucijadas entre la razón y la fe, no caben dudas ni conjeturas y no hay misterios que explicar. Esta es una obra palpable, concreta, indiscutible, el auténtico milagro del padre Mario Pantaleo.

Una gran obra solidaria

El padre Mario Pantaleo dejó tras de sí un legado que hoy sigue brindando a la comunidad diferentes servicios.

Este italiano, nacido en 1915 en la ciudad de Pistoia y radicado en la Argentina en 1948, no pertenecía a ninguna congregación, sino al clero secular. En los años 60 compró un terreno en González Catán para realizar obras que ayudaran a satisfacer las necesidades básicas de la zona: alimentos, ropa, salud y educación. Hoy, en las ocho manzanas en las que están ubicadas sus instalaciones se encuentran diferentes centros de atención ambulatoria. Los beneficiarios no son pocos:

  • 80 personas acuden al centro de apoyo para mayores.
  • 110 discapacitados se educan en la Escuela Santa Inés.
  • 7800 personas por año pasan por la guardia médica en el centro de atención ambulatoria. Allí también se entregan medicamentos en forma gratuita (el año último llegaron a 17.243).
  • 2600 alumnos estudian en el jardín de infantes, en la EGB, en el polimodal y en el instituto terciario. En este último se pueden adquirir conocimientos en educación física, administración de empresas, maestra de EGB y maestra jardinera.

La obra se financia mayoritariamente con donaciones. Se puede hacerlas llegar a través de la red Link de cajeros automáticos, con el código 01155200006, y en una cuenta del Banco Río, número 11.111/7.

Otros datos: http://www.padremario.com ; email: opmadm@infovia.com.ar Tel: 02202 424000/4030306 .

Por Félix Luna
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