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La Sinfónica, exigente y efectiva

Orquesta Sinfónica Nacional. Director: Pedro Ignacio Calderón. Solista: Sebastián Forster, piano. Guastavino: Las niñas. Liszt: Concierto Nº 1 para piano y orquesta. Shostakovich: Sinfonía Nº 4 (Primera audición). Auditorio de Belgrano. Nuestra opinión: muy bueno.

Domingo 25 de junio de 2000

Los aficionados de Buenos Aires ya saben que cuando Calderón y la Sinfónica Nacional anuncian un estreno, conviene estar allí, porque, independientemente de los gustos de cada uno, la información será completa y lúcida. La experiencia indica que difícilmente se embarcan en una empresa de este tipo sin haber tomado los recaudos para conseguir un relato de fondo sobre todo, no sólo sobre el contorno. Esto empuja escalones arriba a una orquesta, pero también actualiza y amplía los límites del público. Y la gente lo percibe, como sucedió el viernes en el Auditorio de Belgrano.

La sala estaba repleta, aunque todos sabían que el mayor porcentaje del tiempo se lo llevaría la audición de una obra ardua, extensa, desconocida, sin promesas de placeres sensuales directos, aunque perteneciente a uno de los más grandes sinfonistas contemporáneos. Después de una hora de música bien espinosa, el entusiasta aplauso final seguramente sorprendió a muchos desprevenidos. Tal vez, sorprendió también a los músicos de la orquesta y al mismo Calderón, quien debió salir varias veces a saludar, como si hubiera terminado de dirigir una explosiva ristra de valses vieneses.

Obra de crisis

La Cuarta de Dmitri Shostakovich es una obra de movilidad permanente, sin intervalos de calma, motorizada desde el comienzo con una rítmica que se apodera de la atención, casi siempre en un nivel muy alto de volumen y en una especie de marcha que se prolonga durante todo el primer movimiento. En esta etapa inicial, la construcción aparece armada con cambios de tempo y fragmentos que encajan entre sí con transiciones lógicas, sin inquietar al oyente. Los instrumentos son sometidos a esfuerzos y dificultades de ejecución notables, los metales al comienzo, la percusión permanentemente y las cuerdas que, en un momento, deben cumplir una hazaña de precisión y constancia en un envolvente perpetuo.

Como todas las obras de crisis, la Cuarta Sinfonía pide al oyente cierto esfuerzo intelectual para seguir su desarrollo y no perder su línea interna.

Para aquellos que siempre buscan ocultos significados en las composiciones musicales, esta sinfonía puede tomarse como alusión descarnada a una manera de sentir en los tiempos del estalinismo soviético, aunque la verdad es que Shostakovich la archivó para volver a revisarla y finalmente estrenarla en 1961, en Moscú, con la dirección de Kiril Kondrashin, cuando ya reinaba Nikita Kruschev en el Kremlin.

Pero la atmósfera densamente amarga de la obra, la imagen mecánica con su turbulenta vitalidad, llena de sugerencias y aperturas, resulta extraordinariamente vigente en nuestra época, a pesar de este trasfondo autobiográfico.

Los instrumentistas de la Nacional dieron respuesta eficaz e irreprochable a estas exigencias. Calderón llevó el Largo del segundo movimiento sin un tono pesante, para no romper con la unidad expresiva del total, y eso le permitió entrar con mayor fuerza al centro del movimiento final. En ningún momento fue exterior, ni siquiera en medio de los segmentos sarcásticos con que está cargada la obra. Da pena aceptar que tan abrumador trabajo para concertar y lograr la óptima versión de una sinfonía se limite a esta única oportunidad, sin posibilidades de llegar a otros públicos. Lamentablemente, la Sinfónica Nacional está anclada en Buenos Aires, sin dar cumplimiento a sus objetivos iniciales que la indicaban como una orquesta que se había creado para que fuera escuchada a lo largo de todo el país.

Solista comunicativo

Otro atractivo de esta noche fue la actuación de Sebastián Forster como solista del Primer Concierto de Liszt, en que el joven pianista argentino fue contundente y muy musical. Esta obra poderosa, enérgica, virtuosística y ocasionalmente sentimental tuvo en Forster un solista muy comunicativo y refinado en los matices, desde los inclementes y reiterados acordes en fortissimo hasta la expresión intimista y apasionada. Tuvo hasta la claridad de herir en los acentos y cargarlos físicamente, característica instrumental de Liszt.

Además de resaltar de manera neta los contrastes, Forster mostró que su gama dinámica tiene verdadera amplitud, aunque se cuidó muy bien de dar una imagen tormentosa y distorsionada emocionalmente, tan común en quienes confunden a Liszt con Chopin.

Parece extraño que en medio de una actividad musical tan intensa, un pianista de características tan poco habituales tenga una actuación esporádica y escasa. Algo no funciona bien en un medio cultural que se permite ignorar a la media docena de muy valiosos pianistas jóvenes, a quienes el público se sorprende de encontrar muy de tanto en tanto. Para no hablar de los intérpretes de otros instrumentos o de los cantantes, en la misma situación de olvido.

Jorge Aráoz Badí

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