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Tchaikovsky, por la Sinfónica Nacional

Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional, con la dirección de Pedro Ignacio Calderón y la participación de Luis Roggero (violín), Claudio Baraviera (violoncelo) y Lucrecia Jancsa (arpa) en calidad de solistas. Programa Tchaikovsky: Obertura fantasía "Romeo y Julieta", Suite de ballet "El lago de los cisnes" y Sinfonía N°4 en Fa menor, Op.36. En el Auditorio de Belgrano. Nuestra opinión: bueno.

Jueves 13 de julio de 2000

La prosecución del ciclo dedicado a Peter Illich Tchaikovsky por la Orquesta Sinfónica Nacional tuvo en su última sesión una alteración del programa previamente anunciado.

El solista que debía ejecutar el Concierto Nº 2 del compositor ruso, el pianista Derek Hann, desistió de su compromiso.

Por ese motivo, se apeló entonces a un artista local para el reemplazo, lo cual esta vez no dio resultado por causa de fuerza mayor. En la emergencia, se sustituyó la obra, rara vez ejecutada en nuestro medio, por otras composiciones de Tchaikovsky: la Obertura Fantasía "Romeo y Julieta" y la suite de ballet "El lago de los cisnes", que fueron ofrecidas en la primera parte del programa.

El cambio, aparte de toda otra consideración al margen, resultó en sí mismo interesante. Se pudieron apreciar así otras facetas del genio del nacionalismo ruso como lo reconoció Stravinsky, no obstante las opiniones vertidas sobre Tchaikovsky que ponen en duda su valía o la de algunas de sus obras.

Original belleza lírica

El atormentado mundo de los amantes de Verona volvió a emerger de los temas que el ruso ideó para ellos en la célebre obertura, y la suite que el propio Tchaikovsky realizó sobre el ballet "El lago de los cisnes", que tuvo existencia propia fuera de la escena en razón de su original belleza lírica, fue expuesta con equilibrio orquestal en la Introducción, si bien la Polonesa y el Final del acto 1º carecieron en esta lectura de la pulcritud sonora, excepto algunos solos, como el de flauta.

En cambio, en el Grand Pas de Deux del segundo acto, las cosas cambiaron. Al ajuste orquestal, perfecto, se sumaron los solos de violín, a cargo del concertino de la orquesta Luis Roggero, quien expuso con pulcra y flexible expresión melódica su parte; el solo de violoncelo de Claudio Baraviera, de soberbia calidad sonora, y el de arpa a cargo de Lucrecia Jancsa, fragmento sumamente expuesto y realizado con gran naturalidad y soltura expresiva. Todos ellos contribuyeron a que el fragmento tuviera un notable nivel de excelencia.

En la escena final del 4º acto, la Sinfónica alcanzó un nivel de rendimiento convincente, con profundidad orquestal, equilibrada percusión, con excepción del sector de las trompetas, por lo general de áspera y dura resolución de sus partes.

La segunda parte del concierto, con la Cuarta Sinfonía en Fa menor, Op. 36, fue el plato fuerte de la noche. Sabido es que ésta es una de las tres últimas (y mejores) sinfonías de Tchaikovsky, la obra en la que su destino de sinfonista se perfila con mayor nitidez, profundidad y desarrollo orquestal.

Los solos de corno iniciales, seguidos por los de clarinete, constituyeron efectivamente la marca que Tchaikovsky dio a esta sinfonía, relacionándola con el destino mismo, una vía escueta de rígida e inapelable determinación.

El lenguaje compacto de la orquesta en este Andante sostenuto-Moderato con anima, algo severo en los bronces por su sequedad sonora, de persuasiva expresividad en los dibujos temáticos de las maderas y especialmente en la cuerda, recreó, empero, con nitidez el clima que preside este verdadero programa que expresa sus sentimientos más recónditos de desesperanza y fugaces ensueños.

Altura y jerarquía

Un persistente "racconto" inspira el Andantino in modo de canzona que sigue, cuya melodía fue expuesta de manera excelente por el oboe.

A partir de entonces, el nivel interpretativo general cobró altura y jerarquía. El Scherzo fue expuesto con una notable pulcritud por las cuerdas y con gran sentido del colorido de los aires populares y de la caprichosa imaginación que lo inspiró.

El último movimiento, además de la vivacidad de los alegres temas rusos populares en los que el autor se refugia, mostró muy bien los enérgicos contrastes que, esta vez sí, con buen sonido y bien elaborado clímax expusieron los bronces y el timbal, con vigor y equilibrio sonoro, en una lograda culminación.

Héctor Coda

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