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Con el genio y la pasión de Mozart

Representación de la ópera en dos actos "La flauta mágica", de Wolfgang A. Mozart y libreto de E. Schikaneder, organizada por Juventus Lyrica, con la orquesta de la Asociación de Profesores de la Orquesta Estable del Teatro Colón; coro (preparado por Miguel Pesce) y solistas de Juventus Lyrica dirigidos por Antonio María Russo. Régie, vestuario y ambientación: Ana D´Anna; escenografía: Juan Manuel Aristegui. Elenco: cantantes Carlos Manuel Ullán, Patricia González, Mario De Salvo, Alejandro Di Nardo, Soledad de la Rosa, María Daneri, María Bisso, Nora Balanda, Lucas Debevec-Mayer, Mariano Spagnuolo, Eleonora Sancho, Marcela Centenaro, Renata Schneider, Julieta Navarro, Maximiliano Michailovsky y Ricardo González Dorrego. En el teatro Avenida. Nuestra opinión: excelente .

Lunes 17 de julio de 2000

El amor, la más sublime de las magias, parece ser la máxima verdad alcanzada por el genio de Mozart en la cúspide de su obra creadora, la clave para solucionar los conflictos humanos restituyendo así la armonía universal. Comprenderlo puede llevar toda una vida atravesando las pruebas de la existencia -iniciáticas o no-. Claro está que habrá distintos niveles de comprensión de ellas, pero Mozart las torna asequibles, de una manera genialmente simple, y aparentemente inocente y divertida. "Todo es más simple de lo que se puede pensar, pero más complicado de lo que se puede comprender", advertirá el máximo poeta de su tiempo que habría deseado música de Mozart para su "Fausto".

"La flauta mágica", joya impar del genio humano, una de las óperas más importantes y exigidas que se hayan compuesto, ha seducido con su magia a los elementos de Juventus Lyrica, quienes, junto al maestro Antonio Russo, han apuntado a la excelencia y han creído en ella, tal como quedó claramente demostrado en el debut.

La "apoteosis del Singspiel", como se llamó a esta última ópera alemana del compositor, amalgama de farsa, ritual y símbolos herméticos, que se suceden con un ritmo vivaz exigiendo de sus intérpretes voz, gestos, sagacidad y estilo para mantener el difícil equilibrio entre la actuación actoral, el canto y la pantomima, fue asumida con auténtico fervor juvenil.

Debe destacarse, además, el meritorio esfuerzo de que partes cantadas y habladas lo fueron en el idioma alemán original, que el sobretitulado hizo accesible para todos.

La versión ofrecida brinda, en principio, una lectura clara y transparente de sus distintos niveles: el de la farsa fantástica, el místico-religioso del conflicto permanente entre el bien y el mal, la luz y las tinieblas, el del amor espiritualizado de Tamino y Pamina, o el mundano de Papageno y su Papagena, o bien el metafísico.

La carga de esta responsabilidad recayó en una inteligente amalgama entre la régie de Ana D´Anna y la dirección musical, que mantuvo un constante equilibrio entre el foso y la escena, en la que solistas y coro jugaron sus papeles con amplia solvencia artística. Además del llamativo vestuario y las máscaras empleados, los aspectos luminotécnicos y escenográficos, aun manteniéndose en un plano de imaginativa corrección, sirvieron de eficaz soporte al juego de los aspectos interpretativos.

La utilización del espacio externo al palco escénico, de los pasillos y palcos "avant-scéne" coadyuvó al desarrollo de un planteo imaginativo, con personajes que parecen responder a leyes sobrenaturales o emerger de algún sueño.

Todos estos aspectos del espectáculo contribuyen a tornarlo sumamente atrayente y recomendable para calificar audiencias -presentes y futuras- o aun para un público infantil debidamente orientado por sus mayores.

Un nivel muy digno

El elenco se desempeñó con un digno nivel de rendimiento general, y con algunos desempeños notables. El más notorio y revelador fue el de la soprano Soledad de la Rosa en su papel de Reina de la Noche, con fatídicos acentos, pasajes de difícil tesitura y alturas vertiginosas que fueron abordadas con asombrosa seguridad.

Perfectamente centrado en su carácter y con parejo desempeño, tanto actoral cuanto vocal, estuvo el tenor Carlos Manuel Ullán, como Tamino. Más convincente por su histrionismo que por el manejo de sus recursos vocales fue el Papageno de Mario De Salvo, sumamente eficaz cuanto expresiva la soprano Patricia González, especialmente en las escenas de las pruebas del fuego y el agua.

Desempeño destacado tuvieron, asimismo, las tres Damas (María Daneri, María Bisso y Nora Balanda) por la calidad de sus voces y los gráciles movimientos, y otro tanto debe decirse de los tres Genios (Marcela Centenaro, Renata Schneider y Julieta Navarro). El Sarastro que cantó Alejandro Di Nardo tuvo el tono y los acentos adecuados a cada uno de los pasajes cantados y hablados.Y el Orador (Lucas Debevec-Mayer) tuvo intervenciones muy acertadas. Correctos fueron Maximiliano Michailovsky y Ricardo González Dorrego (los Hombres de Armas y Sacerdotes). Fue eficaz y graciosa la intervención de Eleonora Sancho (Papagena) y sugestivo el Monostatos que animó Mariano Spagnuolo. El coro que preparó Miguel Pesce tuvo un ajuste y una homogeneidad excepcionales.

Un aspecto especial de la versión ofrecida fue el desempeño de la orquesta formada por miembros de la Orquesta Estable del Teatro Colón, de ágiles reflejos ante la batuta de Russo, quien dio vida a una clara e inteligente concepción mozartiana, con gran ajuste y equilibrio.

Héctor Coda

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