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Pinocho, fábula del 2000

Opinión

Por Dario Fo
Para Corriere della Sera y LA NACION

MILAN
Benigni, Villaggio, Spielberg, Celentano. ¿Todos se agarran de Pinocho ? Se ve que el 2000 todavía lo necesita. Su eterno retorno no me sorprende. Es un clásico inagotable, siempre actual, como Gulliver . Un gran libro, injustamente relegado a la literatura infantil, que en cambio merecería ser estudiado en la Universidad. Porque detrás de esas palabras simples, de esos rasgos encantados de la fábula, Collodi proyecta alegorías y sátiras punzantes, siempre vigentes.

Entre sus tantas vidas precedentes, a través de las vueltas de la pantalla y de la escena, recuerdo con entusiasmo la bellísima edición televisiva que hizo Luigi Comencini con Nino Mandredi como Gepetto y música de Fiorenzo Carpi. En el teatro, hizo historia aquella versión de Carmelo Bebe. Formidable.

Yo mismo me deleito en releerlo de tanto en tanto. El verano pasado, en la Universidad Libre de Alcatraz, en Santa Cristina de Gubbio, dirigí todo un seminario sobre Pinocho . El libro continúa ofreciendo referencias inéditas sobre nuestra realidad.

¿Qué otra cosa es hoy el País de los Balocchi sino la fábrica de diversiones de los sábados por la noche, con sus leyes feroces del aturdimiento organizado, de la borrachera obligatoria? Lucignolo y sus amigos burros son ahora los muchachos de la noche, aquellos que se tiran a la basura mandando sus cerebros a macerarse en las discotecas o estrellándose al volante con "los faros apagados", como decía la canción.

Y si Gepetto se obstina en fabricar juguetes artesanales, convencido de que la fantasía nace únicamente a partir del trabajo de las manos, Tragafuegos es un rey de los efectos especiales: igual que ciertos directores de cine, quiere transformar los títeres de madera en gélidos autómatas computarizados. El Campo de los Milagros, donde se quiere hacer creer que las monedas de oro crecen de los árboles, se parece demasiado a los prodigios de las finanzas fáciles: el banco y la bolsa que prometen la multiplicación de los capitales y atraen a los tontos. Naturalmente, para proponer estos grandes negocios, ¿quién mejor que los brokers más ambiciosos? Alias el Gato y el Zorro.

En cuanto a la pobre ballena, siguió siendo siempre la misma. Sólo que ahora está contaminada. Y también Gepetto y Pinocho se encuentran mal en esa barriga llena de petróleo. Un hedor insoportable los hace toser a ella y a sus huéspedes, catapultados fuera de una sacudida.

Por último, el hada Fatina. En la versión oficial se parece a una madre protectora, pero en la primera versión Collodi le había dado otras connotaciones, con precisos significados eróticos. Fue constreñido a censurarlos según la manera de pensar de su tiempo, que negaba cualquier pulsión sexual en el niño. Hoy se podría encontrar a Fatina en la vestimenta mínima de una bailarina en cualquier local nocturno.

Finalmente Pinocho se transforma en niño. Una conclusión en línea con el happy end de los cuentos, que sin embargo esconde otra verdad. Uno se vuelve niño y después hombre cuando atraviesa los problemas de la vida, pero sobre todo cuando aprende a reír. La risa, la capacidad de tomar lo absurdo y lo grotesco del mundo, es lo que nos hace crecer. Y resistir a los halagos de los Lucignolis y los Tragafuegos, siempre al acecho.
(Traducción de Gabriela Navarra) .

Dario Fo es actor y escritor. Premio Nobel de Literatura 1997.
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