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El Padre de la Patria, 150 años después

Importancia del mito

Opinión

Se ha sostenido que el mito es el resultado de una operación mental ingenua sobre los duros hechos de la experiencia. Su objetivo es transformar lo pedestre en sublime y lo banal en extraordinario. El imaginario colectivo realiza una metamorfosis del tiempo y el espacio del hombre común, para convertirlos en el tiempo y el espacio de los dioses o de los seres magníficos. Integran su vastísimo panteón Prometeo y Carlos Gardel, San Cristóbal y la Difunta Correa, el incierto rey Arturo y la sabiduría de la lechuza. Estos ejemplos son apenas dos o tres renglones de una lista que empieza en la prehistoria, llega a nuestros días y envuelve al globo como si fuera la capa de oxígeno que permite al hombre ser quien es.

Presentado de esta forma, el mito equivale a un procedimiento conmovedor y falso. Engañoso y clemente. Su meta consistiría en consolar la pobreza y fragilidad de nuestra existencia. Por eso se han construido más mitos que seres habitan el mundo, algunos cristalizados y otros en proceso, algunos confinados en una pequeña comunidad y otros de proyección ilimitada. Hay mitos sobre personas, sobre animales, sobre acontecimientos, sobre familias, sobre cualidades y defectos. Nada queda a salvo de su abrumadora magia. Cualquier elemento sirve como material, pertenezca al campo de la realidad concreta o a la más absurda fantasía.

Ahora, desde diversos atalayas del saber, se reconoce que el mito no es una contingencia superficial o descartable, sino una función primordial de la condición humana. Aunque parezca increíble, el hombre no puede dejar de crear mitos. Lo necesita tanto como alimentarse. Lo hace hasta el ser más escéptico al colorear familiares, amigos, enemigos o maestros, inyectándoles una particular significación; no todos los mitos son complejos o estremecedores.

El racionalismo vulgar ha tendido a descalificarlos y hasta a quitarles el derecho a la existencia. No advierte que posee cualidades de símbolo y mensaje, que opera como instrumento de comunicación con lo natural y lo divino, que provee significación. Que no hay organización humana posible sin su cemento encantado.

Pero el hombre no siempre se prosterna ante ellos. Así como a menudo los proclama, celebra e interpreta, también siente la tentación de desmontarlos. Cualquier mito es objeto de golpes y caricias. Por un lado se los destruye y por otro se generan nuevos. Jamás desaparecerán. Se supone que el vigor de ciertas pruebas conseguiría eliminarlos. No es así, porque el mito no es necesariamente opuesto a la razón ni un enemigo de la historia. Por el contrario, permite unir los retazos de las crónicas para dotarlas de coherencia. Gracias al mito la historia adquiere su sentido poderoso, de lo contrario permanecería en el estadio de la simple documentación. Sólo cuando un hecho se entreteje con otro y es iluminado por la magia de un relato, abandona su frío aislamiento para elevarse a la categoría de cuerpo vivo y referencial. Shakespeare sostenía que las biografías se amasan con la materia de los sueños. Y Freud concluyó que, así como los sueños son la manifestación de los deseos personales, los mitos son la manifestación de los deseos de la humanidad.

Bronce y realidad

Todas las sociedades se fundan sobre ideas y personajes que responden a juicios de valor: heroicidad, abnegación, santidad, amor, desprendimiento. Su verdad no deriva de la lógica, sino de un orden que se vincula con lo sagrado. Aprehende la realidad de una forma distinta a la ciencia y el arte y, tal vez, de un modo más fuerte y perdurable. Como dice R. May, "da sentido a un mundo que no lo tiene". La historia no cancela los mitos: se vale de ellos, los transita y reelabora. Quita, agrega y cambia. Se alimenta de su riqueza y variedad, por eso los goza y también tritura. Pero no deja de incluirlos. Sin los mitos, no tendría sangre.

José de San Martín es imprescindible para la identidad argentina. Lo fue en tiempos de la integración nacional, y lo es en nuestros años de disvalores y confusión moral. Su rango no podrá ser destruido, aunque se ventilen humanas flaquezas. Al contrario, por su condición de hombre, atravesado por contingencias, límites y necesidades, podemos identificarnos con él. Y, al mismo tiempo, exaltar las cualidades que sirven de modelo. No toda historia es exacta, no todo mito es fantasía. La tensión de ambas condiciones no disminuye la personalidad ni la obra de ningún prócer, sino las tornan más cautivantes. El pedestal de San Martín continuará sólido aunque algunos misterios se desflequen. Explorar penumbras no obliga a permanecer en la sombra, sino, a menudo, a celebrar con más entusiasmo los espacios de luz. Los contrastes inyectan energía. No es bueno sólo bronce. Y es muy estimulante debatir, ofrecerle el foco de nuestra atención. .

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