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Hipótesis de conflicto: Rusia

Los Romanov, santos con halo de poder

El Mundo

Por Narciso Binayán Carmona

 
 

"Nicolás Romanov, tu vida se ha acabado", dijo el comisario bolchevique al que se había ordenado asesinar a la familia imperial rusa. El zar intentó preguntar algo, pero sólo recibió por respuesta un balazo en la cabeza. Siguió una serie de descargas cerradas sobre el emperador, su esposa, el príncipe heredero, sus cuatro hijas, su médico y dos fieles sirvientes. Luego se los remató con disparos de revólver y bayonetazos. Era apenas pasada la medianoche de un día de julio de 1918 y el escenario, tenebroso: un sótano en Iekaterinburgo.

Lenin, el primer dictador comunista, y su gabinete temían que los ejércitos blancos, que avanzaban hacia la ciudad, pudieran liberar al monarca cautivo y lo tuvieran como símbolo.

El año anterior, 1917, el emperador había expresado en el texto de su abdicación: "Dios ha querido enviar a Rusia una nueva y terrible prueba... ¡Dios salve a Rusia!"

Ahora, 83 años más tarde, el ciclo se ha cerrado. Nicolás Romanov y su familia han sido canonizados ya como mártires. Por su parte, Rusia, tras haber conocido décadas de horror por los millones de muertos que causó el comunismo, lo reconocen otra vez. La "Santa Rusia", que la dictadura comunista quiso destruir, ha renacido espiritualmente.

Problemas jurídicos

Ahora bien, ¿qué es un santo? Una persona "que se entrega a Dios con heroísmo" y a quien, en virtud de ello, "la Iglesia permite rendir culto público". La Iglesia no establece distinción para definirlo: hay mártires -muertos por la fe- y confesores -difuntos que por su vida de virtudes son reconocidos como testigos de la fe.

La Iglesia comenzó este culto con los mártires a través de la devoción popular, pero como ésta con frecuencia erró, la decisión definitiva recayó en los obispos.

Hasta el Concilio de Calcedonia (451) todos los santos eran comunes a todas las iglesias. Al romperse la unidad con la escisión de los Orientales (coptos, armenios, jacobitas o sirianos) en aquella época, y luego, en 1504, al separarse bizantinos de romanos (católicos), quedaron y quedan tres grandes categorías de santos aparte: los venerados por la Iglesia Católica, los venerados por la Iglesia Ortodoxa (aunque esté dividida en diversas ramas, todas autocéfalas) y los venerados por las No Calcedonianas. Cada una ha establecido su propio sistema de canonización. Desde Alejandro III (1159-1181), este sistema está reservado sólo al Papa entre los católicos; Urbano VIII (1623-1644) estableció un complicado sistema de proceso con una categoría intermedia previa a la canonización: la de beato. Las iglesias orientales son mucho menos jurídicas, pero no menos estrictas. La Iglesia armenia, por ejemplo, no ha canonizado a nadie luego de San Gregorio de Tathev, muerto en 1410.

En el caso de la Ortodoxa Rusa, el Santo Sínodo toma la decisión, analiza la vida, eventuales milagros y piedad. La determinación es aceptada por las demás iglesias ortodoxas. La situación es distinta para cada uno de los dos grande grupos. No se niega la santidad de sus respectivos santos, pero no se les rinde culto.

Personalidad discutida

La personalidad de San Nicolás emperador ha sido muy discutida. En la época soviética se lo denominó "el sanguinario" -apodo bastante irónico-. Pero no se ponen en duda ni su sincera piedad, ni su ejemplar modelo de vida cristiana -como hombre, marido y padre-, ni la entrega a su pueblo -por mal que haya terminado su reinado-, ni por los errores que cometió.

Desde abril de 1918 se prohibió a los Romanov, en cautiverio, ir a misa todos los domingos y recibir asistencia sacerdotal. La resignación y el valor con que aceptaron su destino se enmarcan en el concepto de mártir: "Es más difícil morir heroicamente en la oscuridad... de un calabozo" que en combate.

Venerados casi desde su muerte, en secreto circulaban en Rusia ya íconos suyos sin halo -la Iglesia en la emigración los canonizó en 1983-. Un ícono enviado desde Nueva York a una familia en Moscú resultó milagroso: exhala mirra en cada aniversario del martirio y miles de personas realizaron procesiones en torno al Kremlin en cuanto se pudo.

La casa de Iekaterinburgo fue demolida por orden de Yeltsin cuando fue gobernador en Siberia para evitar el culto, pero en el baldío manos anónimas pusieron una cruz y un ícono de la familia.

Un problema no pequeño que puede surgir es el renovado vigor de la Iglesia en una Rusia en ruinas como gran potencia. Ello despierta la preocupación de los demás y recuerda las famosas palabras del metropolitano Zozimo de Moscú en su canon pascual (1942): "Dos Romas han caído (1), Moscú será la tercera y no habrá una cuarta. ¿Intentará el patriarcado moscovita restaurar el poder temporal perdido por el Kremlin?

(1) La Roma imperial y Constantinopla, "la Nueva Roma". .

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