Editorial II
Educación y desempleo
EL Ministerio de Educación dio a conocer días atrás los resultados de una encuesta realizada por la Sociedad de Estudios Laborales (SEL) para ese organismo estatal. Las conclusiones que se desprenden del informe permiten reafirmar la estrecha relación existente entre el nivel de educación alcanzado y las probabilidades de lograr empleo. Entre otros aspectos de importancia, el trabajo presentado puntualiza, también, la distinta situación salarial en que se encuentran los profesionales según el sexo.
Los datos procesados establecen que el desempleo de los graduados terciarios es del 8%, en tanto que, en el conjunto de quienes carecen de instrucción o no completaron la instrucción primaria, el índice de desocupación es del 18,9 por ciento.
En otra franja de respuestas dadas, el 86% de los universitarios encuestados dijo estar trabajando en su profesión. Los porcentuales citados revelan de modo elocuente que, a pesar de las dificultades de esta hora, el nivel de formación educativa sigue desempeñando un papel de vital importancia para la población activa y para la que se prepara a incorporarse a la actividad. Por otra parte, todo esto ayuda a relativizar la suposición, muy generalizada, acerca de que aun los graduados tienen que aceptar cualquier tipo de tarea si desean trabajar.
Se corrobora, así, la validez de una formulación reiterada en el último cuarto de siglo, a partir del momento en que se fue instalando la grave cuestión social del desempleo. Los títulos alcanzados no aseguran por sí mismos el ingreso en el campo ocupacional, pero lo posibilitan en gran medida. En cambio, el bajo nivel de capacitación acrece el riesgo de quedar marginado del campo ocupacional y pone un límite preciso a cualquier expectativa de ascenso social.
Sorprende en la encuesta de SEL la diferencia entre el promedio salarial de ingreso de los profesionales universitarios masculinos y femeninos. Los primeros alcanzan los 1648 pesos; las segundas, 878 pesos. Esta situación injusta necesita ser analizada en profundidad.
Ahora bien, en los años que corren hay que insistir no sólo en la obligatoriedad de la educación general básica sino, también, del nivel polimodal. Cada vez crece más la demanda de estudios de posgrado, de reciclajes periódicos y de reconversiones profesionales. Toda la vida laboral, puede sostenerse, necesita hoy de una educación continua.
La información brindada reduce la incidencia de los temores que abrigan los graduados con respecto a su permanencia en el puesto de trabajo. El 74% ve poco probable la pérdida de su empleo; el 16% no lo descarta y sólo el 9% lo ve muy probable.
Al obtener y difundir una información de este carácter, el ministerio nacional contribuye a guiar mejor los pasos de quien busca empleo y brinda material indispensable para el ejercicio de la orientación de los estudios en los adolescentes y jóvenes. Su valiosa tarea se podría complementar con una medida que dispusiese la generalización de la Orientación Vocacional en las escuelas, habida cuenta de que es éste un derecho de los alumnos reconocido en la ley federal y aún no implementado.
Puesto que, lamentablemente, el mal de la desocupación se ha instalado estructuralmente en la vida económica desde hace varios lustros, deben valorizarse cada vez más los instrumentos de la política educativa que contribuyan a canalizar iniciativas destinadas a facilitar la multiplicación de oportunidades de estudios y, consiguientemente, a generar mayores probabilidades de empleo. En la estrategia del combate contra la desocupación, el aporte educativo y orientador es la herramienta de más alto valor. .
