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Lynne Dawson brilló en "El reino"

Viernes 27 de abril de 2001

"El reino" , oratorio Op. 51, de Edward Elgar. Solistas: Lynne Dawson, soprano; Wilke Te Brummelstroete, mezzosoprano; Robert Johnson, tenor; Glenville Hargreaves, barítono. Orquesta Sinfónica Nacional y Coro de la Asociación Wagneriana. Dirección: Mark Deller. Concierto de la Asociación Wagneriana. Teatro Colón. Nuestra opinión: muy bueno.

El oratorio había comenzado con algunas dudas. El extenso preludio que antecede al primero de los cinco cuadros de "El reino" arrancó con algunos desajustes. Ante los gestos demasiado ampulosos y un tanto frenéticos de Mark Deller, la Sinfónica respondía con cierta pesadez, con su propio tempo, un poco más lento. De a poco, Deller fue amenguando la intensidad de sus movimientos y la orquesta marchó siguiendo al director.

Después, el coro y los solistas, como cuarteto, todos juntos, se sumaron sin que la obra alcanzara, al menos hasta esos instantes, algún pico de gran intensidad dramática o musical. Hasta que un pequeño parlamento fue entonado por Lynne Dawson, en soledad. Fue más que suficiente para comprobar que una artista superior estaba sobre el escenario. Si hasta ese momento todo parecía depender de las propuestas de Elgar, que, ciertamente, no es poco, desde ahí en adelante ya había otro motivo de expectativa: estar atentos ante la próxima aparición de esta soprano excepcional.

Lynne Dawson, una artista de condiciones excepcionales
Lynne Dawson, una artista de condiciones excepcionales. Foto: Archivo

Al mismo tiempo, y en sentido contrario, el resto de los solistas no estuvo a la altura de su colega, tal vez porque esta obra no es la que mejor se adapta a las características de sus voces. "El reino" fue escrita entre 1901 y 1906 y no tiene, en general, similitudes con aquellas formidables intensidades dramáticas del romanticismo tardío austroalemán ni tampoco con las infinitas sutilezas del impresionismo debussyano. Este oratorio es una típica obra del más logrado de los románticos ingleses en el sentido de combinar melodías exquisitas, de ondulaciones atrapantes, en amplios territorios tonales, sin violencias armónicas ni exageraciones cromáticas y sin exabruptos instrumentales que provoquen alguna ansiedad desmesurada.

Pero Elgar tampoco es un ecuánime absoluto, siempre regulado o carente de emociones intensas y, en el mejor estilo brahmsiano, sabe concretar pasajes de gran dramatismo, echando mano a una orquesta poderosa que requiere, paralelamente, de un peso y una presencia vocal que no siempre exhibieron los solistas que estuvieron delante de la Sinfónica Nacional. Tal vez, el ejemplo de las carencias de unos y las virtudes de Dawson, haya sido la escena del Arresto del cuarto cuadro.

Te Brummelstroete es una mezzo de interesante color y muy expresiva. Pero así como jamás podría llevar adelante un papel wagneriano, tampoco pudo insuflarle un toque de tragedia al texto que describe la violencia del arresto de Juan y de Pedro a manos de los sacerdotes y los saduceos. Sin bajos firmes, sin el caudal necesario y, por consiguiente, sin la capacidad de expresar vocalmente el cataclismo que la música plantea, el recitativo pasó absolutamente inadvertido, inaudible debajo de la orquesta. El solo de violín de Luis Roggero, atinado y bien expresado, dispersó la tensión previa para conducir hacia "The sun goth down", el largo canto de María, a cargo de Lynne Dawson, en lo que fue el momento más sublime de todo el oratorio, al menos en esta interpretación que se pudo observar en el Colón.

La misma observación puede hacerse a los dos solistas masculinos, de buenas voces, pero más aptas para el canto de cámara que para un oratorio de gran sinfonismo y algunas cuotas de teatralidad. Indudablemente fue en los números de mayor intimidad cuando estos cantantes mejor pudieron expresar sus capacidades.

Desde el podio, Deller condujo la obra con corrección. Aunque su pasado de coreuta y cantante parecería inferirse cuando se observa que su mayor atención, su mirada y su interés principal están dirigidos casi exclusivamente al coro, que cumplió, como la orquesta, una labor atinada, salvo cuando, sin el apoyo de la Sinfónica, las sopranos exhibieron una llamativa fragilidad.

Es una lástima que este estreno latinoamericano de "El reino", una obra más que atrayente, se haya montado sólo para una única ocasión. Elgar y el público se hubieran merecido más contactos. Y, además, hubiera sido una nueva oportunidad para poder deleitarse con el espléndido canto de Lynne Dawson.

Las batutas voladoras

Hace algunos años, Colin Davis se presentó en el Colón y, en un momento, su batuta salió volando hacia la platea. Al parecer, sabedor de su propia fragilidad digital, Davis, sin dejar pasar más que unos segundos, tomó una segunda batuta que estaba sobre su atril y continuó con su eficiencia y su musicalidad acostumbradas, sin prestar atención a lo sucedido. La incomodidad sobrevino cuando, finalizada la obra y en medio de los aplausos, un espectador le devolvió el adminículo. El lunes, a Mark Deller también se le escapó la batuta, que fue a reposar delante de Lynne Dawson. Con la mano derecha, el director continuó dirigiendo sin mayores problemas. En la pausa entre dos cuadros, Roggero, gentilmente, le alcanzó la batuta que, ahora sí, se estacionó, calma y segura, en la mano de Deller hasta el fin.

Pablo Kohan

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