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Gelber, además, es sinfónico

Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional, con la dirección de Pedro Ignacio Calderón y la actuación del pianista Bruno Gelber. Nuestra opinión: muy bueno

Domingo 27 de agosto de 2000

En su única actuación oficial en el Colón este año, la Sinfónica Nacional, conducida por Pedro Ignacio Calderón, con el concurso del pianista Bruno Gelber tuvo finalmente una buena gran noche después de las incertidumbres sobre la realización del concierto.

Claro está que, salvo la Obertura de "Las Bodas de Fígaro" que precedió a los dos grandes conciertos para piano y orquesta, fue el solista quien pasó el primer plano con una labor encomiable que no dejó dudas sobre su lugar entre los mejores de la presente temporada.

Es que Gelber ha hecho durante su carrera un culto particular de los conciertos de Beethoven y Brahms, habiéndose situado entre sus mejores intérpretes, hecho corroborado por la discografía mundial.

Dinámica pianística

Sin embargo es siempre tonificante escuchar en vivo una nueva reedición local del cuarto concierto de Beethoven y el segundo de Brahms, dado que requieren un empleo a fondo de las cualidades específicamente instrumentales que él posee -como pocos- como ha sido dable verificar una vez más.

En primer lugar, el empleo de una dinámica pianística inobjetable que se traduce en un sonido de calidad superior, redondo y limpio, que las mencionadas obras -con el despliegue de medios técnicos que requieren- enaltecen en grado sumo su ejecución. Pero, asimismo, ha de destacarse el exhaustivo conocimiento de las partituras que la reiterada frecuentación le ha posibilitado a Gelber, quien ha escudriñado hasta sus mínimos detalles y donde nada queda librado al azar, ni en lo técnico ni en lo formal.

Si bien es cierto que la Sinfónica le brindó un sostén siempre seguro y consistente, aunque no pase por circunstancias muy propicias, la índole de las obras elegidas y la exigida exposición del solista en ambas hizo que se mantuviera en un primer plano inamovible aun dentro del planteo concertante del Cuarto Concierto de Beethoven.

El discurso musculoso, enérgico, en el que todas las gamas de la articulación se deben poner en juego, con vigorosos acentos, y rotundas definiciones, tuvo magnífica exposición en el Allegro moderato inicial, con una apolínea cadenza. Gelber marcó bien la diferencia de carácter con la austera gravedad del segundo (Andante con moto). El ataque inmediato del Rondó Vivace final, en elocuente y juguetona concertación con la orquesta, fue ciertamente admirable por la definición de los pasajes veloces, de afiligranada calidad, y el sabio empleo de los pedales. La ejecución del solista rozó aquí el preciosismo.

La segunda parte

El Concierto Nº 2 de Brahms, de considerable extensión, cuyos cuatro movimientos cubrieron la segunda parte del concierto, es una de las obras más importantes del género que siguió en importancia al logro de la noche.

Su sereno y majestuoso tema da comienzo a un largo fragmento orquestal muy bien abordado por la Sinfónica, con una densa trama armónica; sólo una técnica como la que Gelber posee puede establecer el necesario balance sonoro. El modo impetuoso y enfático del Allegro non troppo, con sus potentes acordes y su incisividad, fueron traducidos con precisión en los acentos, pero con una intensidad que en algunos pasajes llegó a ser detonante.

El Andante, con la inclusión del violoncelo como un segundo solista, tuvo calidad sonora y expresividad en el diálogo con el piano; y el Allegro grazioso final, con el fluido juego saltarín de una instrumentación liviana, alternado con giros enérgicos, fue el final brillante de una labor bien ensamblada.

La Orquesta Sinfónica cumplió, en esta ocasión, con eficacia y profesionalismo, una labor no sólo complementaria, sino de ajustada interacción. Lo mismo puede decirse de la obertura de Mozart, aunque en esta ocasión no tuvo la elegancia ni la depurada transparencia de otras oportunidades.

Héctor Coda

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