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Fauré, hecho con gran expresividad

Sábado 19 de mayo de 2001

"Réquiem" , opus 48, para coro, solistas y orquesta, de Gabriel Fauré, por el Coro Polifónico Nacional (preparado por Carlos López Puccio) y la Orquesta Sinfónica Nacional, dirigidos por Pedro Ignacio Calderón, con Eleonora Elizabeth Sancho (soprano) y Mario De Salvo (barítono). En órgano: Adelma Gómez. Ciclo de conciertos organizado por el Banco de la Nación. En la Catedral Metropolitana. Nuestra opinión: muy bueno

Este " Réquiem" de Gabriel Fauré es único en la música de todos los tiempos por su carácter contemplativo, sereno, recoleto, devoto, sobre todo si uno recuerda las orgías sinfónicas de Mozart, Verdi y Berlioz (este último, según se dijo, de "inspiración napoleónica").

El músico francés, discípulo de Saint-Sa‘ns, al que tuvieron por maestro y guía nada menos que Debussy y Ravel, muestra en este sosegado y dilatado himno inspirado en el oficio religioso de difuntos, una síntesis estilística que -como otras obras de Fauré- algún analista consideró como "curiosa mezcolanza de escuelas", a un tiempo lejos del impresionismo y epígono del romanticismo. Incluso se llegó a sostener que ni siquiera la generación de Schumann hubiera considerado progresista a su música.

Pedro Ignacio Calderón con la Sinfónica, para la obra de Fauré
Pedro Ignacio Calderón con la Sinfónica, para la obra de Fauré. Foto: Archivo / Cichero

El compositor, reconocido como agnóstico, respondió entonces a las críticas -Poulenc lo anatemizó como "tortura, que casi me hace perder la fe"- calificando a su "Réquiem" de "dulce y tierno, como yo". Es que deliberadamente Fauré quiso alejarse de aquella convención o prejuicio profano de clásicos y románticos, de que todo "Réquiem" debe expresarse con grandilocuencia.

Tanto es así que las primeras versiones -de entre las sucesivas revisiones y ampliaciones de la obra- que contenían sólo cinco partes en lugar de las siete definitivas con que se lo conoce hoy, el músico había eliminado los violines.

Ya en el inicial unísono orquestal, al que se agregan las voces, en el Introitus(luego seguirá elKyrie) Fauré imprime el sello de austeridad a su partitura. Una clara armonía y un melodismo ascético que ha de predominar a lo largo del "Réquiem", se impone desde las primeras notas. Las cuerdas graves: violas, chelos y contrabajos crean una sensación ominosa, pero lejos de lo terrorífico o apocalíptico que nutre otras obras de inspiración religiosa.

El segundo número,Offertorium, emerge algo cromático, pero sin exaltaciones, como una oración, donde el músico desdeña un texto desesperado que le ofrece suficiente motivo para su dramatización. Ni siquiera el Sanctus que le sigue apela -salvo en el Hosanna- a la exaltación; más bien suena como una delicada pastoral que se torna hímnica en el Hosanna. Allí aparece otra vez, como un sello de esta partitura, el empleo de los unísonos en el coro.

Por cierto que el cuarto número, Pie Jesu, para soprano solista, es expresión de sentimientos piadosos en su lento movimiento y en su sencillo melodismo. Eleonora Elizabeth Sancho lo canta con buen fraseo y un timbre bastante metálico.

Sólo un rapto solemne

Por primera vez toda la orquesta toca el tramo siguiente: Agnus Dei, y esta vez son los tenores los que cantan al unísono. La serenidad, la paz, la unción que antecedieron sólo cobran un rapto solemne en el Cum sanctis, para concluir el trozo con el recogimiento de la palabra réquiem (que significa descanso), donde retorna lo hímnico en un melodismo entrañable.

Y es el penúltimo (el sexto), Libera me, donde asoma la mayor empatía entre las palabras y la música, a partir del suspenso que urde Fauré. La parte es confiada al barítono, de correcto desempeño, junto a los graves de la orquesta y sus ominosos pizzicato. La melodía se expande luego y los omnipresentes unísonos vuelven con su carga emotiva.

En el final, In paradisum, Fauré da fe de toda la concepción sinfónico-coral que le antecede, es decir: de la visión beatífica aplicada a un rico texto, apto para engarzar sucesivas tensiones y remansos espirituales.

En su movimiento lento y de suave melodismo, se manifiestan los sentimientos piadosos del compositor, mientras refrena los grandes despliegues vocales instrumentales y se acallan los delirios dramáticos de los creadores que le precedieron. El tema forma parte, por un lado, de la liturgia del entierro, y cobra el significado, por otra parte, del descanso eterno y de la fe cristiana en un paraíso.

Es aquí, sobre todo, donde el compositor francés se aparta de los convencionales paradigmas, no sólo en solemnidad sino en el espíritu piadoso de la esperanza en el más allá.

La Sinfónica Nacional ha refrendado aquí sus virtudes como organismo apto para ensamblar matices expresivos junto a los del Coro Polifónico Nacional. Su versión alcanzó la expresividad y la emoción sincera y sencilla que expresa la partitura. Después de escucharla, nuestros espíritus se ven envueltos en ese estado de contemplación y placidez espiritual, que sin duda han experimentado los místicos.

René Vargas Vera

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