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Editorial I

La función del sistema bancario

Opinión

Los bancos cumplen una función clave en la economía: deben canalizar el ahorro hacia quienes invierten o producen. El carácter particular de la relación entre los bancos y sus depositantes o deudores implica fuertes exigencias de eficiencia así como de solvencia.

Los ahorristas deben estar bien informados de esas cualidades a fin de optar adecuadamente por la entidad a la que han de confiar su dinero y evaluar la conveniencia de la tasa de interés que cada banco ofrece. Sin embargo, esa información y su análisis escapan del alcance de las personas no especializadas, lo que determina la necesidad de proveer regulaciones que protejan esa asimetría y le den más confiabilidad al sistema.

Aparecen, así, las normas prudenciales y la autoridad que las controla; en nuestro país, el Banco Central. Las reglas se refieren, entre otras, a los encajes mínimos o "requisitos de liquidez" y a los capitales mínimos relacionados con la calificación de la cartera crediticia.

Un sistema financiero se ve reforzado en su confiabilidad cuando dispone de un prestamista de última instancia, usualmente su banco central. En situaciones de dificultad transitoria, cualquier banco recibiría de ese prestamista los fondos para superar la crisis y calmar a sus depositantes. Hoy en la Argentina no puede haber tal figura, ya que la convertibilidad impide al Banco Central emitir dinero para cualquier objeto que no sea recibir dólares por cada peso emitido. Esto implica que la confianza deba descansar exclusivamente en el cumplimiento de las normas prudenciales, a su vez exigentes, y en la solvencia de los propios bancos.

Durante la crisis del tequila cayeron varias entidades financieras, perjudicando a sus depositantes dentro de una corrida durante la cual se retiró una cuarta parte del total de depósitos. Esto produjo una fuerte restricción crediticia que acentuó la recesión, poniendo en peligro hasta la propia convertibilidad. Hacía falta darle mayor estabilidad al sistema bancario. En los años siguientes esto se consiguió y la solidez del sistema financiero ha sido un axioma en la mayoría de las descripciones de la economía argentina, aunque se obtuvo no sin producir otros costos.

Uno de los rasgos ha sido el cambio estructural en la propiedad prevaleciente en los bancos del sistema financiero argentino. Grandes bancos internacionales han adquirido y fusionado entidades crediticias locales, aportando así su solvencia y el respaldo explícito o implícito de las casas matrices. Se ha sustituido de esa forma la carencia de prestamistas de última instancia, dando más tranquilidad a los depositantes. Sin embargo, la extranjerización se señala como la causa de una menor comprensión y flexibilidad frente a las necesidades de los demandantes locales de crédito. También se presumen sesgos de preferencia hacia las empresas de la misma nacionalidad, ya sea en el otorgamiento de préstamos como en la provisión y contratación de servicios.

El principal instrumento de consolidación del sistema ha sido la implantación de normas prudenciales exigentes, incluso por encima de los estándares recomendados por el Banco Internacional de Ajustes de Basilea para sistemas de similar calificación que el nuestro. Se establecieron elevados requisitos de liquidez (encajes o reservas), integrados con activos "investment grade" con mínima remuneración. Complementariamente, se han exigido a los bancos integraciones de capital más elevadas que las observadas en otros países.

De esta forma se ha privilegiado la solidez del sistema por encima de la necesidad del crecimiento del crédito y se ha dificultado un mayor acercamiento de las tasas pasivas a las activas. El principal objetivo ha sido minimizar los riesgos de corto plazo, tanto de los depositantes como de los accionistas. Se lo ha logrado, aunque a costa de menor crédito al sector privado con relación al capital de los bancos y a los depósitos, además de una baja rentabilidad para el accionista. Este entorno regulatorio no permite que los ahorristas reciban por sus depósitos en caja de ahorro o en plazo fijo una tasa de interés acorde con el riesgo país y a su vez los demandantes de crédito, especialmente las empresas argentinas, han tenido que pagar tasas sustancialmente más altas que dicho riesgo. No se ha alcanzado tampoco una menor volatilidad en el crédito interno al sector productivo.

Hoy la Argentina, es cierto, tiene un sistema bancario sólido en el sentido de que se ha logrado que aun en momentos de alta incertidumbre no se produzcan corridas, como la ocurrida a principios de 1995. En todo caso, la caída de los depósitos observada en estos últimos meses ha sido gradual y refleja más bien el temor de intervenciones oficiales como consecuencia de la deteriorada situación fiscal, no la eventual insolvencia de los bancos. El sistema es sólido, pero la contrapartida es su carácter restrictivo en la oferta crediticia y en la captación del ahorro interno. No tenemos tampoco un mercado de capitales; más bien se trata de un residual cada vez más pequeño que, por lo tanto, no compite con la banca.

Se trata de un juego de objetivos contrapuestos, donde se debe lograr un adecuado equilibrio. Se han superado las debilidades críticas que motivaron estas reformas y hoy el problema crucial es la reactivación y el empleo. No existe ejemplo en el mundo de un fuerte crecimiento de la economía sin un mercado crediticio amplio y bien accesible. Tal vez ha llegado el momento de privilegiar este objetivo, luego de haber consolidado los otros. Hay algunos signos de que el actual ministro de Economía tiene en su agenda la consideración de este tema.

Mientras el Estado pague tasas altas, no habrá dinero para el sector privado. .

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