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La Sinfónica sigue en alza

Orquesta Sinfónica Nacional. Director: Pedro Ignacio Calderón. Solista: Silvia Marcovici, violín. Tchaikovsky: Concierto para violín y orquesta y Sexta Sinfonía, "Patética". Ciclo de abono. Auditorio de Belgrano. Viernes 1º de septiembre. Nuestra opinión: muy bueno .

Domingo 03 de septiembre de 2000

Fue una semana de mujeres violinistas de alto nivel en Buenos Aires. El lunes, con la Filarmónica, la coreana Chee-Yun hizo una seductora demostración de dominio instrumental y vuelo interpretativo. Anteanoche, en el ciclo de la Sinfónica Nacional, la rumana Silvia Marcovici desplegó una autoridad técnica y musical que mantuvo al público pendiente de su interpretación, desde el comienzo al final de su Tchaikovsky. Todas las riquezas sonoras y expresivas reservadas al solista fueron expuestas por ella con minuciosidad y, sobre todo, con una vitalidad nada común en la mayoría de los violinistas actuales. Seguramente, muchos oyentes veteranos, de las décadas del 50 y 60, habrán evocado a otra espléndida violinista de aquellos años, la polaca Ida Haendel, cuya imagen pareció haber hecho irrupción nuevamente el viernes reencarnada en Marcovici. En la memoria de los viejos melómanos, ambas están vinculadas, por la generosidad, potencia y robustez del sonido, seguridad invulnerable, un arco de gran espaciosidad y ninguna inclinación a la zalamería sentimental, algo muy tentador en Tchaikovsky.

Marcovici se mostró lo menos cercana a una violinista de tipo decorativo. Por cierto, tuvo un acompañante identificado con este concepto austero ante la música, porque Calderón, al frente de la orquesta, le dio un marco de personalidad muy afirmativa, sin subrayar ningún rasgo de fácil emotividad. Esta actitud se repitió en la Sexta Sinfonía, tan proclive a los desahogos enternecedores. Su versión disfrutó de alta temperatura sentimental, pero con equilibrio expresivo, tal como había sucedido con las otras sinfonías de Tchaikovsky dirigidas por Calderón en este ciclo integral.

Los dos grandes momentos de lirismo orquestal de esta sinfonía, en el primero y cuarto movimientos, tuvieron tensión y atmósfera sin congestionamiento, pero con toda su carga de sensualidad. La orquesta sonó rica en colores y sólo pudieron registrarse un par de incomodidades auditivas, cuando en los comienzos de la obra y sobre el final, Calderón no logró una respuesta impecable de los bronces que, como se sabe, tienen aquí especial protagonismo.

Pero fue una versión muy digna de la Sexta, sobre todo para una orquesta de trayectoria desigual, ya que unas veces tiene la suerte de actuar con buenos directores, como en este caso, y otras, no tanto.

Jorge Aráoz Badí

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