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Quién fue Estela Canto: la verdadera historia de la escritora

Un personaje de película

Espectáculos

El film de Javier Torre, que se estrenará el jueves, se inspiró en la relación de Borges con la novelista.

¿Quién fue y cómo fue Estela Canto, una de las mujeres que Borges más amó en la vida? El inminente estreno de "Un amor de Borges", la última película de Javier Torre, brinda una buena ocasión para evocar cómo fue de verdad la vida de esa escritora tan singular. Estela dejó un testimonio notable de su relación con el autor de "Ficciones" en "Borges a contraluz", un libro, mezcla de ensayo y de memorias, en el que reveló aspectos desconocidos de la vida del escritor (o sólo conocidos por los más íntimos amigos de Borges). En esa obra Canto arriesga, con argumentos precisos, interpretaciones muy desprejuiciadas sobre el autor de "Ficciones". Por ejemplo, se atrevió a decir que el creador de "La biblioteca de Babel" no era un erudito como se supone y que la apreciación estética de Borges era muy limitada; por si fuera poco llegó a esbozar una interpretación homosexual del célebre "Poema conjetural".

Borges conoció a Estela Canto en el triplex que ocupaban Adolfo Bioy Casares y su esposa, Silvina Ocampo, en Santa Fe y Ecuador. El encuentro se produjo pocos días antes de la liberación de París, en 1944. Un grupo de intelectuales argentinos, entre los que se contaban Estela y Georgie, se reunió en casa de los Bioy para discutir de qué modo podían apoyar en la Argentina la causa de los aliados y también para ver de qué manera podían "frenar el avance de lo que no podía ser frenado" (según dice Canto). "Lo que no podía ser frenado" era el peronismo incipiente, al que se oponían tanto los intelectuales liberales como los comunistas.

En esa primera oportunidad, Borges no reparó en Estela. Ella, en cambio, lo observó atentamente, porque en el círculo de la revista Sur y de los Bioy, Borges ya era considerado un gran escritor. Como hombre, le pareció desabrido. A Canto nunca le interesaron los amores con intelectuales, pero tuvo algunas relaciones efímeras con varios de ellos. Estela se enamoraba de los aventureros. Se sentía atraída por el peligro y por los ambientes casi marginales. Descendía de una familia tradicional uruguaya que se había empobrecido. Tenía un hermano, Patricio (Pato), muy culto, y apreciado por el grupo Sur. Estela traducía libros, pero en épocas en que no había tenido empleo no había dudado en aceptar los trabajos menos convenientes para una muchacha que tenía como antepasados a gloriosos militares orientales.

A fines de los años 30 y comienzos de los 40, existían en Buenos Aires locales en los que los señores solos iban para bailar con unas señoritas que se "alquilaban" por "pieza", ya fuera un tango, una melodía romántica o un pasodoble. Estela Canto llegó a trabajar tres o cuatro días en uno de esos locales. Pero se cansó de los señores torpes que la pisaban o que buscaban prolongar esa comprada intimidad bailable fuera del establecimiento. También trabajó en el corretaje de unos productos que se ofrecían a domicilio con la excusa de una especie de lotería improvisada.

Por cierto, una joven atractiva, inteligente, cultivada y tan poco convencional, forzosamente tenía que llamar la atención de Borges, acostumbrado a tratar en los círculos literario y social con mujeres convencionales de la clase media o alta. Una tarde, Estela y Georgie salieron juntos de la casa de los Bioy. El se ofreció a acompañarla. Empezaron a hablar de George Bernard Shaw, un autor que los dos admiraban, pero por razones opuestas. Caminaron hasta la madrugada. Llegaron hasta el parque Lezama. Esa caminata bastó para que él se enamorara. Ella se sintió halagada por el interés de un hombre tan excepcional como Borges. Estela era una mujer vanidosa (ella misma lo admitía con total desparpajo) y hasta su muerte se ufanaba de haber conquistado el amor, y después la amistad, de Borges, así como de haber sido la destinataria de una colección de cartas de amor que mostraban hasta qué punto Georgie, que detestaba el sentimentalismo en la literatura, podía ser profundamente sentimental en la vida. "La actitud de Borges me conmovía. Me gustaba lo que yo era para él, lo que él veía en mí. Sexualmente me era indiferente, ni siquiera me desagradaba. Sus besos torpes, bruscos, siempre a destiempo, eran aceptados condescendientemente. Nunca pretendí sentir lo que no sentía", dice Canto en su libro de memorias.

La figura de Estela le inspiró a Borges ciertos aspectos de "El Aleph", uno de sus mejores cuentos. El le dedicó a ella ese relato y le regaló el original. Cuando Estela conoció a Borges, ella estaba por terminar la relación que mantenía con Dicke, un espía británico que se desplazaba continuamente por Brasil y la Argentina. Dicke fue el hombre que Estela más amó. Ella era inconstante, podía tener una aventura efímera con otros hombre, a pesar de estar profundamente enamorada de Dicke. Esa actitud provocó la ruptura de la relación entre ambos. Estela fue siempre así: fiel en los afectos, infiel sexualmente.

Era comprensible que la madre de Borges, Leonor Acevedo, se alarmara por el nuevo amor de su hijo. La libertad sexual y de pensamiento de Estela asustaban a doña Leonor. Estela, de todos modos, se estaba abriendo un camino en la literatura argentina. Con su novela, "El muro de mármol", había ganado los premios Imprenta López y Municipal. El jurado que le entregó la distinción estaba integrado por Victoria Ocampo, Guillermo de Torre, Leónidas Barletta, Adolfo Bioy Casares y Julio Aramburu. Por si fuera poco, Victoria Ocampo habló en el acto de presentación del libro.

Ninguno de los logros de Canto podía tranquilizar a la señora de Borges que había puesto todas sus esperanzas de gloria en Georgie. No quería que nada interfiriera en la carrera de su hijo. Y mucho menos una "desclasada" como Estela. Sin embargo, Borges se atrevió a desafiar a su madre. Le pidió a Estela que se casara con él. Ella le respondió: "Lo haría con mucho gusto, Georgie, pero no olvides que soy una discípula de Bernard Shaw. No podemos casarnos si antes no nos acostamos". Canto sabía que esa atracción que Borges sentía por Estela era tan intensa que el maduro escritor (tenía más de 45 años) por primera vez recurrió a un psicoanalista, Cohen-Miller, para que lo ayudara a vencer el obstáculo que lo separaba de su "novia".

Entre tanto, Estela se había enrolado en el Partido Comunista impulsada por el rencor. En 1949, los Estados Unidos le habían negado la visa para viajar a Nueva York porque ella había firmado el Llamamiento de la Paz de Estocolmo, promovido por la URSS. Desde ese momento, Canto se fue alejando del cenáculo de Sur y de la cultura oficial. El izquierdismo de Canto era otra de las razones que despertaba el terror de doña Leonor apenas se mencionaba el nombre de Estela, pero las inclinaciones políticas de Estela jamás le provocaron un problema a Borges como se sugiere en el film de Torre. Paradójicamente, Canto fue una de las primeras comunistas en dejar el PC y en denunciar las aberraciones que se cometían en el partido.

Los años disolvieron lenta y dolorosamente la pasión de Borges por Estela. Mucho más tarde, Borges, el ex enamorado evitaba encontrarse con Estela. Si ella lo buscaba, él se escabullía como podía. A esa etapa habría de sucederle otra, la final, en la que ella volvió a frecuentarlo. Eran entonces dos ancianos amigos que habían sido jóvenes bajo el mismo cielo. Estaban unidos por el recuerdo del tiempo pasado que una palabra, una broma, recuperaban milagrosamente. En 1985, Estela hizo subastar el manuscrito de "El Aleph" en Sotheby (se vendió en más de 25.000 dólares).

Cuando se publicó "Borges a contraluz", a principios de la década del 90, entrevisté a Estela Canto y de ese primer encuentro brotó una amistad cálida y tardía. Ella no ignoraba que su fin estaba próximo. En realidad, anhelaba la muerte. Una de las personas que más amó, su hermano Patricio, había fallecido en 1989. Estela nunca se recuperó de ese golpe. Sólo la ilusionaba el eco que podía tener el libro sobre Georgie. Había varios interesados en adaptar ese texto a la pantalla. Las negociaciones eran largas y, poco a poco, la última llama de fervor que había iluminado la vida de Estela se fue extinguiendo. Con la misma lucidez, con la misma entereza con la que había encarado su vida, encaró su muerte. Se tendió en su cama y, distraídamente, dejó de comer. Así pasaron unos meses. Estela sólo se alimentaba de papas fritas compradas en supermercados y bebía whisky. Día y noche, en el duro invierno, hacía dejar la ventana abierta de su cuarto. Apenas cubierta por un ligero camisón, exponía su cuerpo delgadísimo al frío. Era como si se entregara en un último gesto de libertad, casi desnuda, al ciclo de la naturaleza.

De tanto en tanto, una visita como la de Daniel Balderstone, el notable crítico literario norteamericano, especialista en Borges, que quería y admiraba a Estela, o un chisme literario que yo le transmitía, le devolvían el brillo a los ojos acuosos, agradecidos, pero ya lejanos. Murió en la madrugada de un sábado frío y lluvioso de agosto de 1994 en el Hospital de Clínicas. Me hubiera gustado saber qué habría pensado ella, tan amante de la libertad, de una película como la de Javier Torre que se ha inspirado tan libremente en "Borges a contraluz". Me hubiera gustado saber cuáles habrían sido sus comentarios sobre las numerosas inexactitudes del film. Probablemente habría dicho, con un vaso de whisky en la mano y una sonrisa de desencanto: "Mejor hablemos de Bernard Shaw". .

Por Hugo Beccacece De la Redacción de La Nación
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