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El Sub 20 campeón, una fiesta de fútbol

Es el cuarto título de la historia; Saviola, goleador y figura

Lunes 09 de julio de 2001
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LA NACION

El equipo de Pekerman se quedó con todo. Tras vencer a Ghana, por 3 a 0, con goles de Colotto, Saviola y Rodríguez, el título en el Mundial Sub 20 llegó con todos los avales: terminó invicto, con el ataque más efectivo y la defensa menos vencida; contó con el máximo goleador y figura, Javier Saviola; obtuvo el premio Fair Play; consiguió el tetracampeonato, récord en la categoría, y Pekerman se afirmó como el DT más ganador de la historia. Cada partido, como el último, fue una fiesta dentro y fuera de la cancha.

Dio clase: llegó al título con lo mejor de la escuela futbolística

En otra demostración de superioridad, el seleccionado juvenil venció en la final a Ghana por 3 a 0; ratificó que fue el mejor equipo del Mundial por capacidad individual y consistencia colectiva

Con la misma generosidad que había mostrado a lo largo del Mundial, el juvenil se hizo cargo de su sueño más preciado a partir de su gran sentido de ubicación para interpretar la realidad de una final. Todo le salió tan bien y redondo como lo venía amasando este equipo ejemplar. Se despidió como siempre se lo vio, dominante y superior, con esa estela de campeón que se reforzaba en cada partido. Refrendó con su público un idilio ascendente, porque la sensibilidad popular enseguida advirtió que este grupo de muchachitos era capaz de entregar un momento de alegría que en otros órdenes de la vida es tan difícil de encontrar en la Argentina.

Está claro que un éxito deportivo no transforma las carencias ni los padecimientos estructurales de un país, pero en este caso el juvenil oxigenó tanto ambiente contaminado por la pesadumbre y el desasosiego. Y lo importante es que lo hizo con valores que trascienden a una cancha: esfuerzo, concentración, respeto por las reglas, solidaridad, imaginación y entereza. El éxito, como cualquier otro resultado, es efímero; lo imperecedero será el mensaje que dejó un plantel que durante tres semanas fue un orgullo nacional.

Hubo una definición futbolística que la Argentina resolvió como tantos otros partidos: desenfundando primero, siendo el más rápido y certero en el Oeste de Liniers, mientras el rival se estaba acomodando. Este Sub 20 no pierde el tiempo ni gasta balas de fogueo. Por sexta vez en siete encuentros, percutió con munición gruesa antes de los 20 minutos.

Ghana impresionó de entrada por su exuberancia física, lo cual no se tradujo en capacidad para defenderse en el juego aéreo. Con una fórmula que ya le había dado réditos en otros cotejos –centro desde la derecha y definición en las inmediaciones del área chica–, la Argentina se puso en ventaja a los 5 minutos (Colotto apareció para empalmar un tiro libre de Romagnoli) y aumentó a los 13, a través de ese pistolero impiadoso que es Saviola, que se anticipó para cabecear un centro de D’Alessandro, tras jugar un córner en forma corta con Romagnoli.

La rápida ventaja le hacía honor a la tremenda capacidad de gol de este seleccionado, que no necesita crear diez o más situaciones para convertir un par. Elabora y ejecuta, y ese poder de resolución lo hace también un gran equipo. En menos de un cuarto de hora desmanteló a la férrea defensa de Ghana, que en seis partidos había recibido sólo dos goles.

Muchos pensaron en la metralla de otra goleada, pero la Argentina trabajó el resto del partido como lo que era: una final. Por eso cuidó el resultado, achicó en su campo, no dejó espacios entre las líneas y redujo al mínimo el margen de error a través del compromiso general para poner por encima de todo el bien del conjunto. Nadie deja en banda al equipo es la consigna que ninguno traiciona.

Ghana tuvo la iniciativa durante varios pasajes, pero su control fue inocuo porque la Argentina bloqueó invariablemente sus avances. Con menos posesión, el Sub 20 era mucho más filoso, ya sea mediante la electrizante movilidad de Saviola o por la llegada desde atrás de algún volante.

Siempre dio la sensación de que la Argentina cocinaba la final a fuego lento, y de que en cualquier momento podía apurar el banquete. Los africanos se fueron desanimando al ver que Caballero era inabordable, y de tanta impotencia se les fue la pierna en varias entradas, aunque a veces la Argentina retenía un segundo más de lo debido la pelota.

D’Alessandro terminó de ganarse un lugar preponderante en la marquesina del título con su desfachatez para tirar caños y despejar caminos ofensivos. Como la artesanal asistencia por arriba de la defensa para que Rodríguez acomodara la pelota con el pecho y definiera con la derecha.

El 3-0 instaló ese clima de efervescencia anticipada por la consagración inminente. El juvenil siguió en lo suyo con una aplicación propia de jugadores más maduros. Apenas el desliz del penal de Medina, que desvió Ibrahim.

La Argentina sacaba adelante la gran cita con todos los datos y conceptos superlativos que cosechó durante su campaña. Dio clases dignas de la mejor escuela futbolística del país.

Las claves

La Argentina volvió a ser implacable de entrada. A los 13 minutos ya estaba en ventaja por 2 a 0. Como en la mayoría de los encuentros de este campeonato –en seis de siete marcó antes de los 20 minutos– gobernaba a partir del resultado.

Agrupó bien sus líneas y cuidó la rápida diferencia. Adoptó una postura expectante, sin renunciar al buen trato de la pelota y a las rápidas salidas.

Ghana sólo se hizo notar por la gran contextura física de la mayoría de sus jugadores. Pero eso no le alcanzó para neutralizar el juego aéreo local –así llegaron los dos primeros goles– ni para llevarse por delante al firme bloqueo defensivo de la Argentina.

El juvenil fue un equipo solidario y con destellos individuales de alta calidad en la zurda de D’Alessandro.

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