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Crónicas del país

Todos los sábados en Simoca son de fiesta, feria y carruajes

Información general

Los vendedores tucumanos exponen desde baratijas hasta lechones y patos vivos

TUCUMAN.- Cuando los sábados se hacen de día y el sol pone más rubios los cañaverales, allá en las chacras atan los sulkys y los cargan con lo que sea.

Y aquí, en la plaza del pueblo -una plaza como hay miles en este misterioso interior-, comienza a oírse el traqueteo de centenares de carruajes que despabilan a aquellos que se fueron en festejos la noche anterior.

Es que en acá, en Simoca, siempre hay y habrá algo que festejar: "Empanadas y vino en jarra / una guitarra, bombo y violín / y unas cuantas mozas bizarras / pa´que la farra pueda seguir...", dice la zamba de Virgilio Carmona.

Todos la saben de memoria. Entonces, la farra sigue, pero hay que estar bien despierto porque, en Simoca, el sábado es el día más valioso de la semana. Así es; los 4000 habitantes que viven por aquí entienden que es una jornada de fiesta, pero también de negocios, porque es el día de la feria.

El principal comercio

Y la feria, el principal comercio de Simoca, es la más importante de Tucumán y una de las más singulares del país. "Para nosotros es el gran día -cuenta un feriante-. Viene gente desde la capital, Santiago, Catamarca y, lo que es mejor, turistas desde las Termas (Río Hondo)."

Los visitantes, los turistas, al llegar son recibidos por el Monumento al Sulky, ubicado en la entrada del pueblo. Es el emblema de esta localidad, que concentra tantos coches de dos ruedas como en ningún otro lugar y donde el andar sobre el pescante de uno de esos carruajes hace tiempo es tradición.

Dicen que las fábricas artesanales de los vehículos vienen "medio caídas por las cosas del país", pero sigue habiendo talleres que venden una flamante unidad por 1500 o 2000 pesos. Un artesano avisa de antemano: "Eso sí, los atalajes van aparte, ¿eh...? No va a pretender que se lo deje con caballo y todo, ¿no?"

El arte de comer barato

Más de 5000 personas -según las estimaciones más serias de los lugareños- almuerzan los sábados en 45 parrillas con techos de quincho, a las que llaman ranchos. Eso da una dimensión de la cantidad de gente que va a la feria, sin contar los que comen al paso tres empanadas por un peso, tamales o humitas ($ 1) o locro ($ 1,50) y, por 50 centavos, el vaso de vino, aunque en este último caso la cuenta se multiplique y en eso no tenga nada que ver la habilidad del cantinero.

Además, para esta época del año, más precisamente en julio, se realiza el Festival Nacional de la Feria, que va por su XXI versión y refleja que ésta es la concentración más importante del país.

Por el escenario denominado -y no caprichosamente- Virgilio Carmona -el autor, entre otros temas, de "Al Jardín de la República"- pasan muchos artistas, agrupaciones gauchas; en la platea, miles de espectadores, y hacia los costados se levantan stands de comidas y productos regionales que recaudan para entidades benéficas de Simoca.

Baratijas de todo tipo

No falta casi nada, o nada, que pueda existir en otra feria de nuestro territorio, es decir, baratijas de todo tipo y color: música en cassettes caseros, un perro a pila que a veces ladra, cuchillos de hojas brasileñas, cigarrillos bolivianos, la linterna indestructible, el muñequito que salta, ropa interior de mujer con el escudo de Boca, remeras de otras divisas o el dado lumínico para la palanca de cambios, entre otras cosas jamás vistas o, en todo caso, evitadas en más de una oportunidad.

Las delicias de la tierra

Pero no es en esos toldos donde se halla la singular y autóctona feria de Simoca, sino en el trapiche, donde se muele la caña de azúcar a la vista para ofrecer un jugo por 50 centavos. O sobre la mesa, que ofrece otros "vicios", como botellas de vino patero ($ 2,50) o atados de cigarrillos de chala ($ 0,50).

En el frente de un almacén cambian fardos de paquetes de azúcar por gaseosas y en los puestos de verduras sobran los limones (25 por un peso), las papas (7 kg por $ 1) y los tomates (3 kg, $ 1). Y hay que ver cómo se venden esos frutos de la tierra, una tierra que da todo lo que se le pida aunque a veces no pueda más.

De los sulkys y los carretones siguen bajando cosas, y los lechones maneados, blancos, fajados y colorados descansan a la sombra sin haber sido faenados todavía. Parece que saben que pronto algo les va a pasar.

Un hombre se lo lleva vivo. "¿Cuánto vale el colorado?"

"Deme veinticinco pesos. Si prefiere uno carneado: dos pesos el kilogramo", dice, como cantando una oferta imposible.

Un pato overo pega un graznido increíble antes de ser discutido y por cinco pesos se va mirando desde arriba del pescante de un sulky. Mientras tanto, en la caja de una vieja camioneta dos pavos tienen un destino absolutamente definido y sin discusión: veinte pesos cada uno paga el que los lleva vivos.

Y cuando cae la tarde, se va otro sábado en la feria de Simoca, donde muchos compraron para festejar y otros vendieron para hacer lo mismo, porque, además, viene la noche y mañana es domingo, día de descanso, día para festejar.

Como en la zamba de Virgilio, la farra puede seguir: "Para las otras no/ pa´las del Norte sí / para las de Simoca /mis ansias locas de estar allí...". .

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