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Bach en una versión impecable

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27 de julio de 2001  

Concierto celebratorio de la 25a. temporada de conciertos de Festivales Musicales. Oratorio de Navidad, BWB 248, para solistas, coro y orquestas (partes I, II, y III), por la Camerata Bariloche, que dirige el concertino Fernando Hasaj) y el Grupo de Canto Coral preparado por su titular, Néstor Andrenacci. Solistas: Mónica Capra (soprano), Bernarda Fink (mezzosoprano), Gerd Türk (tenor-evangelista) y Marcos Fink (barítono). Dirección: Mario Videla. Organiza: Festivales Musicales de Buenos Aires. En el Teatro Colón.

Nuestra opinión: muy bueno.

Festivales musicales celebró su vigésima quinta temporada de conciertos con un nivel que compite en excelencia con las mejores realizaciones musicales del mundo. Lo hizo con las tres primeras partes del Oratorio de Navidad (BWV 248) de Juan Sebastián Bach a cargo, casi íntegramente, de músicos argentinos: la Camerata Bariloche y el Grupo de Canto Coral, con la guía del organista Mario Videla.

Del Bach que conocemos: el más excelso contrapuntista de todas épocas, el que compuso imponentes obras para órgano, el que llevó a su punto culminante el coral, el que elevó a alturas y profundidades insondables la pasión y muerte de Jesús, esta vez escuchamos una de sus composiciones más populares junto al Magnificat: el Oratorio de Navidad, cumbre de la música religiosa, y más aún, de la concepción luterana, a los que prestó altísimas alas.

Dilucidada ya la cuestión sobre la originalidad del -así lo bautizó el propio Bach- "Oratorio del Tiempo de la Natividad de Cristo", al haberse desechado la tesis de la yuxtaposición de seis cantatas y asegurado que se trata de una sola y misma historia que empieza con la anunciación y el nacimiento de Jesús y que termina en la Adoración de los Reyes Magos, corresponde entregarse al disfrute de texto y música. Y olvidarnos de las citas de Albert Schweitzer, en el sentido de que, de los 51 fragmentos, 17 corresponden a otras obras, seis de las cuales habrían sido dedicadas a la familia del rey-elector.

Al escuchar cada trozo de este oratorio se hace difícil dilucidar cuántos de ellos resultan infalibles en la conjunción de contenido del texto y su plasmación musical. Basta partir del coro inicial ("Alegraos, regocijaos, celebrad los días") para disfrutar del espíritu gozoso, triunfal, imponente del texto traducido en música. Desde este momento podemos disfrutar de la cohesión y del fraseo de un coro conformado por bellas voces en perfecto ensamble entre ellas y con la orquesta.

Son las mismas voces que se elevan, devotas, en el primer coral: "Cómo he de recibirte", que nos trae ecos de la Pasión según San Mateo, asumido por el director con lentas cadencias. Las que alternarán luego con el recitativo del barítono en deliciosas respuestas. Son las mismas gargantas que se encresparán para transmitir, morosamente el grandioso coral, con trompeta, "¡Ah, mi pequeño Jesús bienamado"; las que traducirán otro bellísimo coral: "¡Despunta, oh hermosa luz matinal", cuyo final es otra muestra de la maravillosa simbiosis que Bach logra con la poesía.

Voces y trompetas

La ductilidad del Grupo de Canto Coral se hará patente en los demás tramos corales, ya en la unción de "¡Mirad! Ahí yace en el oscuro establo", ya en el espíritu exultante a traves del juego de voces del "Gloria a Dios...", ya en el triunfal coro de "¡Señor de los cielos", como en el final "Alegraos ahora", ya en los piadoso "Todo esto hizo por nosotros".

Párrafo especial merecen las trompetas barrocas, en especial la estupenda -solista- de Fernando Ciancio. En cuanto a las voces, alcanzó correcto desempeño el tenor Gerd Türk (único músico extranjero), sobre todo en su aria "Apresuraos, alegres pastores", de la segunda parte. También estuvo inspirada Mónica Capra en su único recitativo junto al tenor. Por su parte, Marcos Fink dio cabales muestras de su enorme crecimiento interpretativo y de la solidez de su registro.

Pero es, sin duda, la mezzosoprano Bernarda Fink la que alcanzó un canto soberano, una inusual excelencia en la interpretación que reclama un magistral oratorio, no solamente por su delicioso timbre o por su impecable fraseo, sino por cantar desde lo más recóndito, desde las esencias, totalmente alejada de lo operístico.

Mario Videla entregó, otra vez, una memorable prueba de su amor y consubstanciación con el Bach eterno.

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