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Reflexión sobre la violencia cotidiana

Jueves 02 de agosto de 2001

"Monos con navaja" de Luis Sáez. Intérpretes: Hugo Ferrari, Carlos Hayes, Marcelo Olguín, Ezequiel Molina y Debora Astrosky. Escenografía: Mariano Engel y Rocío Campos. Música: Hernán Maccagno. Iluminación: Juan Manuel Dopazo. Asistente de dirección: Verónica Lorca. Dirección adjunta: Roby Schverdfinger. Puesta en escena y dirección general: Justo Gisbert. En el Teatro del Artefacto. Nuestra opinión: bueno.

El dramaturgo Luis Sáez vuelve a ocuparse del mundo de los marginales, pero en "Monos con navaja" muestra hasta qué punto la violencia cotidiana cambia la realidad de unos seres normales en apariencia -son dueños de una panadería-, que se ven transformados por el temor que sufre hoy en día cualquier individuo ante la posibilidad de ser robado.

Las personas parecen entrar en un estado de paranoia tal que se convierten en aquello a lo que temen. Extreman tanto sus cuidados que al menor indicio de robo sus conductas se modifican, sacan de su interior aquello a lo que no quieren parecerse y consiguen tornarse en seres tan detestables como cualquier malhechor a la hora de lograr su cometido.

Realismo exasperado

La obra está construida sobre un fuerte realismo exasperado, al mejor estilo de un texto de Eduardo Pavlovsky de los años 70. La diferencia está en que Sáez no termina de lograr un desarrollo dramáticamente ajustado. En algún momento, la pieza detiene su acción para regodearse en ella. Los personajes reiteran uno y más juegos con los que torturan a su antagonista, pero el argumento no avanza, hasta que logra un final certero y de mucha significación.

Aun así, la idea es muy interesante y cada uno de los personajes posee una riqueza particular. En varios momentos, el autor sorprende con reacciones inesperadas y esto hace que esos seres tengan una humanidad que conmoverá al espectador.

Clima de opresión

La puesta de Justo Gisbert potencia al máximo el clima de opresión que emana del texto, pero busca continuamente lograr un justo equilibrio para que nada de lo que sucede termine violentando la atención del público. El director es muy consciente de que de esa manera logrará una reflexión más profunda sobre esos hechos que acontecen.

En lo interpretativo se destacan, sobre todo, Hugo Ferrari (el panadero) y Débora Astrosky (Lorna). Cada uno se detiene en buscar los matices necesarios para que sus criaturas resulten más creíbles. Ellos tienen mayor riqueza en su definición y lo desarrollan en un juego intenso.

Es muy atractiva la escenografía de Mariano Engel y Rocío Campos. Adquieren mucha fuerza esos mostradores que a veces son trinchera y otras, cama de tortura.

Una intensa propuesta para inaugurar una nueva sala, el Teatro del Artefacto.

Carlos Pacheco

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