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Sentido homenaje a Anton Bruckner

Domingo 12 de agosto de 2001

Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional , dirigida por su titular Pedro Ignacio Calderón, con la participación del Coro Polifónico Nacional (dirección: Carlos López Puccio); de Mario Videla, en órgano, y de los solistas.Virginia Wagner (soprano), Alicia Alduncín (mediosoprano), Gabriel Caputto (tenor) y Alejandro Di Nardo (bajo). Programa. Sinfonía en Re menor, y Te Deum, para coro, solistas y orquesta, de Anton Bruckner. En el Auditorio de Belgrano. Nuestra opinión: excelente.

Calidad de homenaje tuvo este concierto de la Sinfónica Nacional dedicado a Anton Bruckner, con la dirección de Pedro Ignacio Calderón.

El haber elegido dos obras monumentales como su Novena Sinfonía, de la que el compositor austríaco dejó sólo tres movimientos, y el Te Deum, que la orquesta ejecutó junto al Coro Polifónico Nacional, constituyó un desafío del que ambos organismos salieron gallardamente airosos. Pero hubo un hecho invalorable para los tiempos que corren: se obtuvo del público, que colmaba la sala, la actitud receptiva que demanda la obra.

Orquesta y coro salieron airosos del desafío que suponía la interpretación de dos obras monumentales
Orquesta y coro salieron airosos del desafío que suponía la interpretación de dos obras monumentales. Foto: Archivo

Las dos piezas maestras que se ofrecieron son afines; encaran la condición humana en su situación límite. La grandeza que alienta en estas obras -desprovistas de la grandilocuencia- es un sentido "orgaístico" de la música que alcanza el gigantismo heredado directamente de Beethoven -evolución estilística mediante- y que causan en el oyente la sensación de hallarse situado en una galaxia sonora, pero siempre sintiéndose en su centro, sin el asidero de una lógica interna ni el impulso temático continuo que existe en sus antecesores, como si su autor se hubiera propuesto anular la distinción entre fondo y figura. Se advierte también en ellas que los descubrimientos armónicos de Wagner fueron llevados por Bruckner al dominio sinfónico, algo que el grandioso Te Deum refleja en su exaltada expresión sinfónico-coral.

Pero la voluminosa trama armónica y la riqueza de la orquestación fueran asumidas con plenitud, fuerza y profundidad, al transponerse los solemnes primeros compases del primer movimiento ( Feierlich-Misterioso ), del impresionante "crescendo" de las trompetas y su consiguiente "diminuendo".

Si bien la muerte impidió a Bruckner finalizar el cuarto movimiento de esta magna obra, cada uno de los tres anteriores que se ejecutaron según la partitura original afirma una instancia autónoma, que si bien se adecua al esquema general de la obra no la genera progresivamente, por propia gravitación.

El tema principal del primer movimiento constituye un portal de gran fuerza, con unísonos plenos y pujantes, en impresionante "fortissimo" a toda orquesta, sin distorsiones, que fueron vertidos con pureza sonora y en logrado contraste con el tema melódico que siguió, teñido apenas por tenue nostalgia romántica.

La conducción de Calderón estableció, asimismo, definidos planos sonoros, de gran presencia y claridad, y los desarrollos siguientes tornando inteligible la construcción musical, permitiendo acercar el oído y la atención del oyente hacia expresiones reveladoras de innegable trascendencia.

No poco de esta sensación de inmensidad estuvo precedida por impresionantes acordes en bloque de los bronces -que tuvieron excelente desempeño-, y una percusión en todo momento bien dosificada, así como un ponderado balance de estos sectores respecto de las cuerdas. El Scherzo , que se inicia con un "pizzicato", y con un trasfondo sonoro de las maderas generó una tensión que culminó con acordes masivos y vigorosamente rítmicos, anunciadores de un mundo dantesco y terrible que las ácidas disonancias acentuaron aún más en su expresión sinfónica.

Honda musicalidad

Bien establecido el contraste que ofrecieron los temas dibujados por las maderas y el lírico canto de las cuerdas. La expresión del Adagio final, con la caracterización alemana "sehr langsam, feierlich" (es decir, muy lento, solemne) fue el aspecto más hondo de la musicalidad de Bruckner; su concentrado mundo espiritual quedó en esta versión de la Sinfónica consagrado plenamente. Su diseño melódico con largas frases de progresiva intensificación expresiva estuvo muy bien graduada desde el podio y se mantuvo adecuado equilibrio entre el sector agudo de las cuerdas y el resto de ellas junto con los cornos. El tema coral, que algunas interpretan como el "el adiós" definitivo del músico, llevó la progresión de temas lentos a una eclosión sonora en la que las tubas añadieron su admonitoria sonoridad al "tutti" de la orquesta , en un luminoso cromatismo total.

Complementar la audición de la Novena Sinfonía con el Te Deum resultó la consecuencia lógica y natural. El Te Deum es una de las más bellas páginas de Bruckner y de la música religiosa y constituyó el digno corolario de este homenaje al creador austríaco.

El tono exultante de la obra, con alguna reminiscencia arcaica, con una orquesta plenamente apoyada por la masa coral, fue de gran aliento y humanidad. La casi inmediata intervención solística evidenció buena técnica vocal, y un timbre cálido y melodioso en Virginia Wagner, así como adecuada expresión en la mediosoprano Alicia Alduncín. El timbre profundo del bajo Alejandro Di Nardo fue una segura base vocal, si bien el abordaje de algunas notas del sector agudo fue un tanto áspero, que en el caso del tenor Gabriel Caputto fueron problemáticas, en su afinación cumplió su cometido con idoneidad.

Un papel especial cumplió el Coro Polifónico Nacional, cuya preparación y homogeneidad quedaron bien demostradas en todas las cuerdas, con conmovedores acentos de las voces femeninas en el Miserere. La masa coral y la orquesta sonaron con buen balance y la obra presentó planos sonoros de gran expresividad.

Héctor Coda

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