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Violinista que tiene un futuro brillante

Domingo 19 de agosto de 2001

Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional. Director: Arturo Tamayo. Solista: Sami Merdinian (violín). Programa: Obertura de "Tannhäuser", de Richard Wagner, Concierto N° 5, en La menor, para violín y orquesta, de Henri Vieuxtemps y Sinfonía "La armonía del mundo", de Paul Hindemith. Auditorio de Belgrano. Nuestra opinión: bueno.

Fue una noche sumamente promisoria para el joven Sami Merdinian en razón de haber demostrado frente al público de su tierra natal cuál ha sido el avance en el dominio del violín y en el arte de la interpretación desde que en 1998 se trasladó a Nueva York para perfeccionar sus estudios en la Juilliard School.

Es cierto que con anterioridad ya había demostrado su talento innato cuando a los cinco años comenzó a estudiar el violín en la ciudad de Córdoba y a los catorce se desempeñaba como concertino de una orquesta infantil, dirigida por el maestro Carlos Giraudo.

Sami Merdinian en el concierto ofrecido con la Sinfónica Nacional
Sami Merdinian en el concierto ofrecido con la Sinfónica Nacional. Foto: Miguel Acevedo Riu

Luego llegó el reconocimiento de numerosos jurados de concursos de estímulo, donde demostró quilates excepcionales para desarrollar una carrera de concertista.

Y toda esta gama de virtudes quedó certificada con su presencia en el concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional, hecho facilitado por la deserción de Félix Ayo, anunciado en un principio.

Gestos de virtuoso

Cuando Merdinian hizo su entrada al escenario, su imagen con detalles del virtuoso romántico del violín denotan una pasión inquebrantable por la especialidad, lógicamente, aún matizada por gestos propios del candor juvenil.

El concierto elegido, de Henri Vieuxtemps, el célebre virtuoso y compositor belga, no es una obra de envergadura pero resulta adecuada para dejar escuchar casi todos los aspectos de la ejecución desde el punto de vista técnico. Así, el artista argentino pudo exhibir su avance, sus buenos recursos y su cálido fraseo musical en los pasajes expresivos.

La obra consta de tres movimientos que se ejecutan sin pausa entre ellos, un criterio varias veces utilizado por compositores del romanticismo musical que presenta momentos de bravura, en especial en la cadenza final, que Merdinian resolvió con solvencia y seguridad.

El solista, por otra parte, además de su notable talento, es poseedor de buen sonido y musicalidad. Sin embargo no debería creer que ya tiene todo ganado, porque deberá acrecentar sus recursos académicos, como por ejemplo relajar su musculatura y alivianar el arco, perfeccionar su articulación y su vibrato en la mano izquierda.

Esta observación de ningún modo desmerece una actuación que se debe considerar brillante, un orgullo para todos y para los jurados que no hace mucho vaticinaron un futuro promisorio. Se trata de Sami Merdinian, otro artista argentino sobresaliente que habla de una juventud valiosa que parece oculta frente a la vida social y moral del momento, pero que es una realidad y la mejor esperanza para el futuro. El público ovacionó a Merdinian que agregó, en perfecto estilo, un movimiento de la Partita N° 2 para violín solo de Bach.

El maestro español Arturo Tamayo hizo su debut en Buenos Aires y secundó con tino al solista en la obra de Vieuxtemps. En tanto que en la segunda parte del programa, la muy acertada traducción de la sinfonía "La armonía del mundo", de Paul Hindemith, tan compleja como intensa por su fuerza austera y expansión sonora dejó en claro la solidez de un maestro con experiencia y temperamento.

Como bien explicó en las notas del programa Julio Palacio, Hindemith deja escuchar una composición severa y distante, típica de su estilo, con una influencia manifiesta de Bruckner en la orquestación con frecuentes corales y un sabroso tratamiento de la armonía por quintas.

Con relación al rendimiento de la Orquesta Sinfónica Nacional, cabe señalar que en la primera obra del programa y en el desarrollo del concierto para violín y orquesta se escucharon imperfecciones y asperezas ajenas al nivel habitual del organismo, razón por la cual es probable que toda la atención de los ensayos haya recaído en la obra de Hindemith, aunque también en su desarrollo se escuchó un volumen excesivo y poca flexibilidad en los matices, dureza de la percusión, con un timbal de sonido poco grato y bronces en primer plano que cubrieron en muchos momentos a las cuerdas. Arturo Tamayo evidenció buen ascendiente sobre el conjunto y fue un acierto de su parte lograr una distribución de los sectores de la orquesta no habitual, con las filas de violonchelos y violas en el centro, flanqueados por los primeros y segundos violines.

El programa se había iniciado con la obertura de "Tannhauser", de Wagner, tan adecuada para hacer lucir este detalle de la ubicación de las cuerdas y el equilibrio sonoro que pretendió Tamayo, pero lamentablemente no se logró el resultado deseado por lo antedicho, a lo que deben sumarse no pocas vacilaciones de lectura.

Juan Carlos Montero

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