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El traductor traicionado

Por Rodolfo Rabanal

Jueves 30 de agosto de 2001

Cuando el mes pasado se cumplieron los 50 años de la aparición de la novela de J. D. Salinger "El cazador oculto" ( The catcher in the rye ) enfrenté el dilema que propone su nueva traducción española con el título "El guardián en el centeno", dudando si llamarla de este modo o insistir con el de la traducción argentina, editada por Sudamericana a fines de los años cincuenta. ¿Por qué, me pregunté, cambiar un título no sólo acertado, sino más exacto y literario que el que ahora ostenta?

"El guardián en el centeno" es estrictamente literal porque responde a las cinco palabras del título en inglés, pero esa literalidad no beneficia el sentido, más bien lo oscurece. Veamos por qué. El guardián es el arquero -como lo llamamos nosotros en el fútbol- o, para ser más claro, el jugador que en el béisbol corre para atrapar la pelota; si ese jugador se encuentra, de manera figurada, en un campo casi idéntico a un trigal, estará evidentemente oculto y fuera del alcance del bateador. En suma, "cazaría" la pelota desde una guarida y se comportaría como un cazador oculto.

Esa es la idea que inspiró el título de Salinger, sólo que en inglés, y en los Estados Unidos, bastaba con la literalidad para establecer la metáfora. Pero en la versión en español era preciso imaginar el propósito de Salinger y dar exactamente la idea que el autor buscaba. En efecto, eso se hizo, y de manera brillante en la traducción argentina. Luego se impuso esta nueva versión y el guardián en el centeno ya no suena a nada.

Sabemos que traducir es un arte ingrato y pobremente retribuido y no ignoramos qué dañosas son las malas traducciones. Las malas traducciones son traiciones, como afirma esa oportuna ocurrencia italiana: traduttore, traditore . En la Argentina hubo traductores excepcionales; basta con pensar en la versión que Borges logró de "Palmeras salvajes", de Faulkner, o de "Un bárbaro en Asia", de Henri Michaux. O bien, recordar la traducción que Aurora Bernárdez hizo de "El cielo protector", de Paul Bowles.

En poesía, donde el traslado de una lengua a otra sólo es posible si es un poeta el que toma a su cargo la tarea, nombres como los de Horacio Armani, Lysandro Z. D. Galtier y J. Rodolfo Wilcock podrían legítimamente encabezar una pléyade de traductores fieles y a la vez imaginativos, con una precisa noción del idioma y de sus posibilidades. Yo no he visto ninguna traducción que supere a la que Wilcock produjo de los "Cuatro cuartetos", de T. S. Eliot, en 1955.

Sin embargo, hemos depuesto ese prestigio en beneficio de versiones apresuradas, concebidas sólo para España, con guardianes equívocos en centenos improbables.

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