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El diálogo interreligioso

Opinión

Por Abraham Skorka
Para LA NACION

La Biblia hebraica, texto fundamental de los tres grandes credos de la humanidad, se halla conformada esencialmente por diálogos. El texto nos enseña que la perenne expectativa de Dios es dialogar con el hombre. Después que el hombre primigenio y su mujer comieron del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, transgrediendo el mandamiento divino, Dios no abandonó a su criatura a su suerte, sino que buscó mediante una pregunta retórica, volver a contactarse con él: "Llamó el Señor al hombre y le dijo: ¿dónde te hallas? Lo mismo acaeció luego que Caín mató a Abel, aun con el fratricida quiso dialogar Dios, al inquirirle: ¿dónde se encuentra tu hermano Abel?

Todos los textos proféticos documentan el diálogo entre el individuo, o el pueblo, y su Creador. Aún los grandes silencios bíblicos son parte esencial del mismo diálogo (véase al respecto el excelente estudio de André Neher en su L´Exil de la Parole , Seuil, 1970)

Uno de los castigos más duros con que el pueblo de Israel es susceptible de ser punido por sus transgresiones es descripto en el Deuteronomio (31:18) diciendo que Dios ha de "ocultar Su rostro" del pueblo, en clara alusión a Su alejamiento de toda actitud dialogal.

Por otro lado, el diálogo del individuo con su prójimo es esencial en la cosmovisión bíblica. Los días de real paz, en los que el Creador volverá a tornarse plenamente al hombre, son avizorados por Sofonías (3:9) como aquellos en los que Dios mismo ayudará al hombre a hallar el idioma claro que permita a todos los pueblos invocar Su nombre y servirle hombro a hombro.

Cabe preguntarse entonces: ¿por qué este ideal bíblico sigue permaneciendo tan alejado de la realidad humana? Cientos de siglos en los que la historia registra un sinnúmero de guerras, matanzas atroces, persecuciones, que en muchos casos se cometieron en "nombre de Dios", son el triste testimonio de una esperanza que parece de imposible materialización en el seno de lo humano.

¿Cómo explicar tal fenómeno desde la perspectiva bíblica?

En los textos bíblicos Dios se revela al hombre demandando de él que realice los actos de su vida sobre la base de dos conceptos: la creencia en Él y el absoluto rechazo a todo lo pagano. En el texto de los diez mandamientos aparecen estos conceptos con total claridad. En el primero Dios se revela al pueblo diciendo: "Yo soy el Eterno tu Dios", en el segundo demanda el rechazo de todo culto pagano: "No tendrás dioses ajenos delante de Mí. No te harás imagen alguna".

Lo pagano no debe entenderse exclusivamente como el mero culto a imágenes o a las fuerzas de la naturaleza. Al anteponer un sentimiento con características egoístas, egolátricas y egocéntricas a todo otro que permita y coadyuve un diálogo sincero con el prójimo y con Dios, nos hallamos frente a una actitud netamente pagana.

La Biblia ofrece en sus relatos y escritos proféticos muchos ejemplos de personajes que, bajo el ropaje de devoción a Dios, sustentaban una abyecta actitud pagana. No siempre el pueblo era capaz de diferenciar entre el profeta falso y el verdadero, es por ello que en varias oportunidades el texto enseña pautas y normas para distinguir entre uno y otro. Con un léxico excelso en bocas astutas e inescrupulosas, se puede propagar, a veces, el paganismo más miserable.

Tiempos posmodernos

Las religiones fueron utilizadas frecuentemente en el pasado como bandera política. Su mensaje, fines y esencias, fueron tergiversados por líderes carentes de escrúpulos, incautos o espiritualmente superficiales. Por eso, a partir de los tiempos modernos las religiones fueron acerbamente enjuiciadas, y frecuentemente no se solía distinguir en las críticas entre la religión como institución y la religión como la universal expresión de un profundo componente del espíritu humano.

En estos tiempos posmodernos en los que alegremente se proclamó el fin de los ideales, luego de las tragedias que la ceguera espiritual pergeñó en el siglo XX, una asfixiante vacuidad espiritual agobia a gran parte de la humanidad. La propuesta dialogal que antepone la Biblia al hombre de todos los tiempos permanece cual dramático desafío pendiente en la realidad humana. La misma conforma la esencia que le permitirá al individuo reconocer lo sublime que se halla en él, pues para poder dialogar con el otro se debe aprender primeramente a dialogar con uno mismo. Tal actitud, por otro lado, le permitirá reconocer plenamente a su prójimo y a su Creador.

Es bajo esta perspectiva que deben analizarse los esfuerzos de Juan Pablo II junto a los de muchos otros hombres de fe de todos los credos que buscan afanosamente levantar las barreras de desencuentro enclavadas en un pasado oscuro y que impiden el alcance de un futuro en el que las profecías, que les permitieron a nuestros ancestros mantenerse incólumes aun en los momentos más oscuros, puedan materializarse. .

El autor es rector del Seminario Rabínico Latinoamericano Marshall T. Meyer. Rabino de la Comunidad Benei Tikva.
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