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Crónicas del país

El Pulqui vuelve a sobrevolar la historia

Información general

Acondicionan una de las aeronaves para exhibirla en el museo de la base aérea de Morón; los recuerdos de un piloto

Colorado, con una escarapela azul-celeste y blanca pintada en el fuselaje, espera bajo techo en el hangar de la base aérea de Morón.

Varios hombres repasan sus planos, lustran los bordes de ataque y controlan el estado de cada una de sus aristas exteriores como para que salga a volar.

La imaginación, que siempre se anima, se va 54 años al pasado y nos instala en Córdoba: el teniente 1° Osvaldo Edmundo Weiss trepa la escalerilla y pone en marcha el turborreactor del avión, un Rolls Royce de 1633 kilogramos de empuje; la máquina ruge, rueda y vuela, y los diez minutos en el aire le sobran para ser el primer jet argentino y conseguir que el país sea el noveno del mundo en entrar en la era de la reacción.

Pero el Pulqui, aquel avión a chorro, ya no vuela, y de vez en cuando es empujado por sus restauradores, que cuidan su estructura sin ninguna intención de que vuelva a elevarse, sino para terminar su aspecto original y exhibirlo muy pronto aquí, en la base aérea de Morón.

En realidad, a partir del 23 del mes próximo, el Pulqui será mostrado en el nuevo museo dispuesto por la Fuerza Aérea, ya que en el aeroparque metropolitano se está produciendo la despedida del otro museo y todo el material arribará a un espectacular y remozado hangar de 3600 metros cuadrados, en esta base. La nostalgia que rondará por la Costanera es otro tema.

Otros "monstruos"

En Morón, el Pulqui estará rodeado de "monstruos", como un Sabre F 86 que estuvo en la guerra de Corea, dos Douglas, un A 4B y un A 4C que combatieron en Malvinas y que todavía pueden volar si se lo propusieran. También, un bombardero inglés Canberra que hizo temer a sus propios constructores en las islas y que llegó a la base volando.

Un Albatros anfibio y un F 27 dominarán entre los más grandes y la maravilla de la estética y de la aerodinámica se concentrará ante la francesa figura de un Mirage M 3C.

Y entre todos, el Pulqui, humilde, pero simbólico. El aeroplano que estaba destinado a volar por nuestros cielos impulsado por una hélice movida por un tradicional motor a pistones y que en un típico rapto de ingenio argentino con la ayuda del ingeniero francés Emile Dewoitine pasó a ser el primer jet a reacción de América del Sur.

Algunos dirán que fue un sueño de los intrépidos o un arrebato de los hombres de aquellos tiempos, más aún en el año 1947, época en que el por entonces presidente, Juan Domingo Perón, impulsaba publicitados proyectos como luego fue el Sedan Justicialista (Institec).

Aquel día de cielo cordobés, cuando le tocó volar, el Pulqui fue trasladado hasta la pista de la Brigada Aerotransportada en tren. En momentos en que el convoy debió circular por debajo de unos cables de alta tensión fue necesario aplastar los amortiguadores del avión para sortear el escollo. Terminaron dañados, y los ataron con alambre. Entonces, el director del proyecto, el recordado comodoro Juan Ignacio San Martín, ordenó que sólo se limitaran a carretear el Pulqui para mostrar su motor en funcionamiento.

El símbolo

Weiss no estuvo de acuerdo: "¡Si salgo a la pista, yo vuelo!" ¡Y voló!

El piloto de pruebas, vicecomodoro (R) Rogelio Balado, tiene hoy 76 años y fue uno de los principales testers de los grandes aviones de aquella época y, lógicamente, también del Pulqui.

Se acerca a la máquina colorada como quien vuelve a encontrarse con un viejo amigo después de tres décadas.

Lo mira y de memoria repasa cada uno de los detalles; sonríe y comenta: "Volver a sentarme ahí arriba, en la cabina, me trae una serie de recuerdos que tienen valores sentimentales. Sí le puedo decir que el Pulqui fue un símbolo".

Y lo del símbolo va más allá del Pulqui. Habla del comienzo de lo que fue una etapa, una década en que brilló la Fábrica Militar de Aviones: "A partir de esto se inició un proyecto geopolítico de los más importantes del país. Se estableció una industria que se irradió hacia todo el continente. Fueron diez años de oro y esplendor en el que se concibieron el Pulqui II, el IA 37 (intraladelta) y el IA 38, un cuatrimotor carguero de aladelta".

Eran tiempos en que, terminada la guerra, se desparramaban científicos alemanes por el mundo.

Reymar Horten y Kurt Tank llegaron a la Argentina y desarrollaron el asombroso Pulqui II, un moderno reactor con el que Balado -según recuerda- pudo unir Buenos Aires-Córdoba-Buenos Aires en menos de una hora. Aquella segunda versión del Pulqui tenía la más avanzada y admirada tecnología del mundo.

"De aquellos aviones se sigue escribiendo en revistas y en Internet. Si proyectamos el perfil de nuestras dos aladeltas sobre el del Invisible BI podemos extrapolar que no fue casualidad que vinieran decenas de personas del mundo a contratar al doctor Horten y a su equipo. Si parte de su gente se quedó en Rusia y fabricó el MiG 15", asegura el reconocido piloto de pruebas Rogelio Balado.

"Pero..., las cuestiones de la política cambiaron los tiempos y todo se perdió. Al menos, ese empuje de la aviación dejó otras cosas en Córdoba, como la mecánica automotriz y ferroviaria, fábricas y fábricas", analiza ahora el piloto de pruebas preparado en Francia, quien no olvida cuando los norteamericanos ofrecieron toda una formación de cazas a cambio de un Pulqui II. Pero la del segundo prototipo es otra historia.

Un viejo noticiero en blanco y negro de "Sucesos argentinos" todavía permite ver al Pulqui I en el aire, pero el primer jet argentino es colorado, tiene una escarapela en el fuselaje, su nombre indígena quiere decir punta de flecha y hoy está en Morón, aunque a veces lo repasan como para salir a volar. .

Por Mariano Wullich De la Redacción de LA NACION
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