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Una estrella que todavía brilla

Laura Antonelli: la revancha de la diosa

Espectáculos

La actriz italiana, símbolo sexual en los años 70, demandó a la Justicia de su país por un largo proceso del que resultó absuelta

"He estado leyendo el Apocalipsis: allí están la serpiente y el Mal, el diablo y la mujer que debe aplastar la serpiente", decía hace pocos años la otrora impactante Laura Antonelli. Para acordarse de ella no es necesario haber dejado de ser joven. Pero si al escuchar ese nombre usted suspira, entonces es porque ya peina algunas canas. Fue uno de los sex symbols más conspicuos del cine italiano de los años sesenta y setenta, y su fulgor todavía alcanzó a encender inquietudes en sus esporádicas, pero muy celebradas apariciones de los años ochenta. Después sobrevino la inevitable decadencia, sólo que la suya arrastró complicaciones lamentables, esas que sí podrían haberse evitado; tales enredos generaron escándalo y maledicencias. Ahora, a un mes de cumplir 60 años, la actriz busca un desquite y se dispone, como la mujer de las Escrituras, a aplastar "la serpiente".

La diva de "Malizia" y "Pasión de amor" tuvo su peor tropiezo hace diez años, cuando fue encarcelada sin contemplaciones por tenencia de droga. Desde ese incidente, en 1991, la vida de Antonelli se vio asediada por un juicio en su contra, que se convirtió en una verdadera espada de Damocles. Hasta que el año último esa situación se aflojó: la Justicia acabó por absolverla.

Todavía estaba enredada en ese juicio cuando en 1994 visitó por unos días la Argentina (aquí tiene familiares) y donde participó de uno de los almuerzos de Mirtha Legrand como parte de una campaña humanitaria para Caritas. Por entonces se manifestó ya distanciada de su pasado de diva, así como de sus historias de erotismo, pasión y escándalos. Es más, aseguró que jamás volvería a actuar -no cumplió, por cierto- y que sólo se dedicaría a asistir a los pobres. En el público argentino que tanto la había admirado en la pantalla dejó una imagen poco reconfortante, no tanto por su engrosamiento físico, sino por la extravagancia de sus atavíos, sus túnicas y -sobre todo- de aquellos enormes turbantes que intentaban aureolar artificiosamente una cabeza y un rostro que antaño la gracia del Olimpo se había dignado iluminar.

Pero en su madurez esta polentosa actriz está mostrando más dramaticidad y garra de las que acaso pudo desplegar en la ficción, terreno en el que -por lo demás- había brillado especialmente en las comedias. Sí, la Antonelli ahora se revela como una amazona rebelde, como si intentara renacer de sus vapuleadas cenizas: seriamente enferma y sin posibilidades de seducir a ningún público, ha demandado a uno de los pilares de la República italiana, la actual, la de Berlusconi: la diosa mancillada asegura que la grave enfermedad que la aqueja es producto del deterioro que le produjeron los nueve años de juicio en su contra, hasta la absolución del año último, y exige al Ministerio de Justicia una indemnización de varios centenares de millones de liras.

Podría pensarse que su sanguínea reacción es propia de un espíritu napolitano o siciliano, pero no. La Antonelli, comparada con sus pares peninsulares, tiene un origen infrecuente; nació como Laura Antonaz en noviembre de 1941, en Pola, población situada en un territorio que ahora, bajo bandera de Croacia, se llama Pula. Dotada de una rara belleza (de estatura más bien baja, pronunciado busto, enormes ojos claros enmarcados por un hermoso rostro), la joven profesora de gimnasia posó para fotonovelas y en 1965 debutó en un olvidado film de Luigi Petrini, "Le sedicenni" ("Las de 16"), y en los siguientes siete años filmó otras trece películas, la última de las cuales -hecha en Francia- fue decisiva para su vida sentimental: "Doctor Popaul", de Claude Chabrol. Su protagonista, Jean-Paul Belmondo (que allí hacía pareja con una afeada Mia Farrow), caería a sus pies para convertirse en el hombre de su vida durante 17 años. Y fue la siguiente película, "Malizia", la que la catapultó a la fama absoluta en Europa y los Estados Unidos. Por este film de Salvatore Samperi ganó el David di Donatello de 1973, el máximo galardón italiano. Allí componía a una sensual mucama de un viudo con tres hijos, uno de los cuales, de 16 años, concretaba su iniciación sexual en una apasionada relación, antes de que su padre desposara a la deseable mucama. Es posible leer en las reseñas el pudor con que los críticos de hace 30 años trataban de analizar el urticante asunto del film.

De esa época datan las tumultuosas escenas de amor que Belmondo y Antonelli vivían en los trenes, los aeropuertos, las calles. Ya olvidada, por entonces, la voluptuosa Gina Lollobrigida, con Sophia Loren asumida como actriz madura y cuando Ornella Muti todavía no había expuesto su sugestión ante las cámaras, Laura Antonelli se convirtió en el sex symbol de Italia. Fue convocada por importantes directores de su país y del exterior. Giovanni Patroni Griffi la hizo protagonista de varios de sus films, lo mismo que Mauro Bolognini, con quien filmó, entre otros títulos, "La Venexiana" (1985), con Jason Connery (el hijo de Sean). Participó del auge de la commedia all´italiana conducida por Dino Risi, Luigi Zampa, Luigi Comencini y Lucio Fulci. Con Luchino Visconti trabajó en "El inocente" (1976, el último Visconti) y con Ettore Scola hizo la inolvidable "Pasión de amor" (1981), en un rol secundario que le valió su segundo David di Donatello. Compartió cartel con Vittorio Gassman, Marcello Mastroianni, el gran Turi Ferro, Alberto Sordi y, por supuesto, varias veces con Belmondo.

En 1991, alejada de los sets, se retiró a una casa aislada, cerca de Cerveteri; la policía de la región la vigiló durante meses, alertada por vecinos chismosos que advertían movimientos raros en una mansión hasta entonces silenciosa. Un día un oficial de carabineros tocó el timbre; Laura no opuso ninguna resistencia en el momento del arresto: se limitó a explicarle al oficial que el sobre con cocaína displicentemente abandonado sobre una bandeja de plata era para su exclusivo consumo personal. Fue alojada en la sección femenina de la cárcel de Rebbibia. Denunció a su ex amante, el productor y realizador cinematográfico Ciro Ippolito, de haberla iniciado en la droga, pero el juicio siguió adelante. "Estuve seis días en la cárcel -contó después Antonelli, que entonces tenía 49 años-. Me alimentaron muy bien. Traté de hacer una vida ordenadísima; limpié impecablemente mi celda. Y además me hice amiga de todas aquellas chicas. Es más: de todos. El Papa, por ejemplo, ha pedido verme en una audiencia privada. ¡Yo, una ex pecadora, en casa del Papa! Bueno, hasta espero darle algunos consejos."

Las penurias no se limitaron a la cárcel, el desprestigio y la amenaza judicial. Al año siguiente (1992), Salvatore Samperi emprendió una secuela del film que había hecho célebre a su otrora codiciada actriz y filmó "Malizia 2000", donde Antonelli asumió a una cincuentona que, a lo sumo, se mostraba en enagua de raso negro. "En esta reaparición prescindí del portaligas -dijo la actriz-, pero por decisión propia y no por la insidiosa observación de un periodista que dijo que yo tenía el cerebro en el portaligas. Ahora lo tengo en su lugar, estoy segura." Pero lo malo de "Malizia 2000" no fueron las críticas; de pronto el rostro de Antonelli comenzó a hincharse y a deformarse. Ocurrió que la producción del film intentó borrarle arrugas con un misterioso procedimiento, y el resultado fue catastrófico. La actriz denunció a la compañía y compareció en una conferencia de prensa con su antigua belleza reducida a una piel tumefacta, los labios desmesuradamente hinchados y los ojos deformados. Parecía haber asumido el destino del profético título de un film de Luigi Comencini que ella había protagonizado en su apogeo, en 1974: "Mio Dio, come sono caduta in basso!" ("¡Dios mío, qué bajo he caído!").

Volvió a actuar, sin embargo. En 1995 intervino en una miniserie dramática de TV que dirigió Enrico Maria Salerno, "Disperatamente Giulia". Para entonces ya era un recuerdo del mundo erótico en los catálogos que luego pasaron a Internet, junto a figuras sensuales, como Gloria Guida o Edwidge Fenech (que fue casi una pornostar). Era injusto porque ella, además, había sabido responder a propuestas de grandes realizadores italianos y franceses.

Ahora se encuentra recluida por males alarmantes. Las denuncias de sus médicos hablan de descompensaciones psíquicas, delirios de contenido místico y alucinaciones auditivas (iba a integrar un panel de homenaje a Visconti, en una retrospectiva que en estos días se está realizando en el Festival de Valladolid, pero las autoridades, en vista de su estado, resolvieron prescindir de ella). La actriz argumenta que las causas hay que buscarlas en "la irracional duración de un procedimiento por los 24 gramos de cocaína encontrados en la villa de Cerveteri". En consecuencia, ha lanzado su desafío al Ministerio de Justicia de Italia y, a través de sus abogados Lorenzo Contrada e Dario Martella, exige un abultado resarcimiento monetario. La Corte de Apelaciones de Perugia ha decidido someterla a una pericia psiquiátrica. Por otra parte, la actriz Dalila Di Lazzaro (que compartió cartel con Antonelli en la miniserie "Disperatamente Giulia", su última aparición) asumió públicamente la defensa de su maltratada colega en una entrevista publicada el lunes último en Il Corriere della Sera. ¿Cómo acabará esta disputa? En todo caso, no se parecerá a ninguno de los finales de las celebradas comedias que Antonelli protagonizó, aquellas por las que algunos memoriosos suspirarían al escuchar su nombre. Como usted, lector, que supo amar su encanto hoy perdido. .

Por Néstor Tirri Para LA NACION
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