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Diversidad de universos sonoros

Sábado 10 de noviembre de 2001

Concierto "anónimo". Tercera función del ciclo de Música Contemporánea de la ciudad de Buenos Aires. Intérpretes: Pablo La Porta, Elisabeth Ridolfi, Enrique Schnebelli, Marcela Magín, Patricia Da Dalt, Hernán Vives, Manuel de Olaso, Martín Devoto, Guillermo Sánchez, Mónica Cosachov, Martín Ferrés, Sergio Rivas, Roberto Segret, Mauricio Weintraub y Patricio Cotella. Dirección musical. Santiago Santero. Martes 6 del actual, sala Casacuberta del Teatro San Martín. Nuestra opinión: muy bueno.

Más allá del obvio carácter lúdico inicial que tiene esta especie de adivinanza musical planteada al público y a la crítica, el concierto "anónimo" del martes último puso en primer plano la intención de -por así decirlo- hacer que las obras se defiendan por sí mismas. Liberadas de todo texto o contexto extramusical, el público que asistió a la función en la sala Casacuberta del Teatro San Martín (donde hubo numerosos compositores y, por lo tanto, posibles autores de la música que se estaba interpretando en el escenario) tuvo que apelar a su inteligencia y memoria musical para aprehender en una primera audición los muy diversos universos sonoros planteados por las siete obras. Las obras figuraron en el programa de mano solamente numeradas, junto a la mención de los muy buenos instrumentistas que las interpretaron con la dirección de Santiago Santero.

El primer acierto de la producción de este interesante concierto fue haber ofrecido una buena muestra del carácter ecléctico que tiene la producción musical contemporánea en nuestro país. No sólo hubo compositores de diferentes generaciones (según había comentado previamente a Martín Bauer, director del ciclo a LA NACION), sino de muy diversas corrientes estéticas. Y esto dio pie al segundo logro de la función: el concierto fue atractivo por los contrastes, no sólo de estilos, sino también de climas e instrumentación. Esto hizo que no decayera el interés de una atípica velada, con una hora y media de música desconocida para todos.

También sirvió para comprobar que, por falta de una circulación fluida de la música contemporánea argentina, no es tan sencillo reconocer con toda certeza el estilo de un compositor determinado, aunque sí lo es asociar las obras a las principales tendencias que presenta nuestra música académica. A continuación, la crítica de cada obra, identificada según su numeración en el programa de mano.

I.- La obra para percusión sola, interpretada por Pablo La Porta, que abrió el concierto, fue la menos lograda de todas. La obra trabaja con la idea de "mínima variación" sobre la más simple de las estructuras rítmicas: el pulso. El juego de acentos y corrimientos de tempos o figuraciones que alteran la absoluta previsibilidad del ritmo pulsado no pareció lo suficientemente rico como para sostener una obra, encima tocada sobre un set de percusión mínimo (un chico, un djembe, dos bongós, una clave). El proyecto estético minimalista norteamericano que en la Argentina de algún modo remite a los postulados de Mariano Etkin, pareció aquí reducido a un estudio demasiado restringido.

II.- Del minimalismo americano se pasó a una obra que se entronca con la tradición vanguardista centroeuropea que, en la Argentina, inició a mediados de los años 40 Juan Carlos Paz y tiene como principal referente y maestro a Francisco Kršpfl. La obra, un cuarteto de viola (Elisabeth Ridolfi), piano (Manuel de Olaso), trombón (Enrique Schnebelli) y percusión (La porta) sonó fuertemente asociada a las texturas y el lirismo heredero de la escuela dodecafónica de Schšnberg, también por su muy buena organización y evolución formal. Aquí, ya con la dirección de Santiago Santero, se pudo comprobar que -como durante todo el concierto-, cada una de las piezas contaría con versiones de muy buen nivel.

III.- El dúo de viola (Marcela Magin) y flauta (Patricia Da Dalt) también sonó por caminos cercanos a la pieza II, con el dato saliente de la fuerte simetría formal que produjo el comienzo en flauta solo y el correspondiente final a cargo de la viola.

IV.- La cuarta pieza marcó un nuevo, contraste, tanto por la instrumentación piano, percusión, trombón, chelo (Martín Devoto), clarinete bajo (Guillermo Sánchez) y guitarra eléctrica más música electroacústica, como por el tipo de materiales y gestualidades propuesto.

En esta obra se percibió la búsqueda de construcción de materiales en "bloque", a través de modos no convencionales de interpretación de los instrumentos y cierto coqueteo con sonoridades del free jazz, sobre todo sobre el final de la pieza. Fue también el primer momento de la noche en el que la música se animó a jugar con el fortissimo. La difícil amalgama tímbrica que proponía la orquestación fue bien resuelta por la dirección clara de Santero y por los integrantes del grupo.

V.- Luego llegaría el momento más "excéntrico" de la velada. Como no volvería a ocurrir, fue difícil encontrar referencias claras para esta obra extraña, por su humor irónico y hasta grotesco que se podía inferir ya desde su conformación instrumental. Aquí conviven instrumentos más o menos "clásicos" como el clarinete bajo, el contrabajo (Sergio Rivas), el trombón y la percusión, junto a otros que son "periféricos" por diversas razones: un bandoneón, un clave y un viejo sintetizador Yamaha de los años 80.

Con semejante heterogeneidad instrumental, el "anónimo" autor se despacha con una música extraña, pero que termina convenciendo con su sentido del humor. Un humor que no le teme al uso cómico del virtuosismo extremo, como ocurre en la complicadísima cadenza de clave solo resuelta con maestría por Mónica Cosachov.

VI.- Después de dos obras extravertidas y expansivas, se pasó al refinamiento intimista y austero de un cuarteto de clarinete, trombón, piano y chelo. Fugaces materiales que se suceden de modo no discursivo, con un delicado entramado construido entre los cuatro instrumentos, en tempo lento y con sonoridades en piano remiten directamente al mundo de Mariano Etkin, aunque aquí pareció más "lírico" aun dentro de esta estética de la contención emotiva.

VII.- El cierre del concierto estuvo dedicado a dar cabida al más que activo campo de la música electroacústica argentina. En este caso se trató de una obra mixta para sexteto de cuerdas (dos violas, dos chelos, dos contrabajos) y banda. El trabajo con la masa sonora y continua de las cuerdas que fueron amplificadas para unirse a esa extensión electrónica por la que optó el compositor caracterizaron este trabajo, bien resuelto formalmente y que podría tener firmas, de varios compositores de esta corriente, e incluso de diversas generaciones.

La pregunta y su respuesta. A la salida de la función, todos arriesgaban autores, o al menos estilos. La incógnita se develará el martes próximo.

Martín Liut

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