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Una carrera única / Barcelona y Napoli

Glorificó al humilde del Sur

Deportiva

No pudo afirmarse en España, pero fue un héroe para los napolitanos

Era el crepúsculo del viernes 8 de julio de 1990. Milán. Alboroto. El camerunés Oman Biyick corría con los brazos en alto por el estadio Giuseppe Meaza porque acababa de darle la victoria a su seleccionado frente a la Argentina (1-0), en la inauguración del Mundial. De repente, toda la ciudad se sumaba al festejo africano por las calles y con la piazza Duomo como epicentro. Muy extraño. Estaban las banderas rojo/amarillo/verdes junto con las de Inter, Milan y también algunas de Juventus. ¿Cómo convivía esa gente? Sí, día tras día el marroquí, senegalés o nigeriano de turno sufría la discriminación de los italianos. El que vendía cigarrillos en las esquinas recibía por respuesta “negro sucio, vuélvete a tu casa”. Y el que pretendía lavar el parabrisas de los automóviles, escuchaba: “Sí, hazlo, pero con la lengua”.

Los africanos coreaban a su selección.“Napoli mier..., Napoli cólera”, rimaban los rojinegros y los negriazules. ¿Cómo ese gol de Biyick había desencadenado todo aquello? La culpa la tenía Diego Maradona. Ese antipático presumido, ese arrogante insolente que hacía ya seis años que se había atrevido a rebelar la sumisión del Sur empobrecido ante la opulencia opresiva del Norte millonario.

Llegó el 5 de julio de 1984. Lo presentaron ante un estadio San Paolo colmado en sus 85.000 lugares. Inundado por la prepotencia de la pasión; 85.000 almas y ningún partido. Sólo Diego para repetir un mensaje que se había aprendido de memoria: “Buona sera, napolitani. Sono felice di essere con voi. Forza, Napoli”. Maradona advertía que no iba a necesitar jugar para comenzar su reinado sobre la ciudad que descansa junto al Vesubio. Y desde la presentación tocó la fibra íntima de los tifosi. Los pobres también podían ganar. Sólo debían proponérselo.

La Nápoles pasional, tumultuosa y caótica se entregó a Maradona. Las paredes de los barrios aparecieron pintadas con su imagen. Desde los suburbios populares como Forcella y Vicaria, a los más aristocráticos como Posillipo, donde vivió Diego. O los 200 chicos que nacieron la semana que el crack aterrizó en Nápoles y fueron bautizados Diego Armando. O en las elecciones comunales que se escrutaron 25.000 votos para el inexistente candidato... Maradona. O el mito de Gennarmando, porque los goles del argentino tenían la función del milagro de San Gennaro: la reconstitución de la identidad de la ciudad.

Diego respondió en las canchas para orgullo de Nápoles. Y para padecimiento de la Lombardía, convencida de que el Sur sólo era cuna de miserables, aprovechadores, rateros y prostitutas. En la tercera temporada del Diez, la 1986/87, Napoli conquistó el primer scudetto de su historia. Luego llegaría otra liga italiana de la mano de la delantera Ma-Gi-Ca (Maradona, Giordano, Careca), la Copa UEFA, una Copa Italia y una Supercopa italiana con un total de 115 goles. Napoli trepó hasta una cúspide inédita. Y desde allí, irrepetible. Al disgusto natural que provocaba en el Norte ese enanito gordo y caprichoso, menos le perdonaban que le hubiese permitido a Nápoles ganar campeonatos, invirtiendo los papeles: el dominado se había desquitado.

El paso del tiempo acentuó el desgaste e hizo insoportables los días. Las heridas con el presidente de Napoli, Corrado Ferlaino, ya no podían cicatrizar. Odiado en Italia después del mazazo del Mundial 1990 –salvo en la incondicional Nápoles, respetuosa del ídolo que jugaba para su país–, el doping descubierto ante Bari el 17 de marzo de 1991 precedió a una suspensión por 15 meses y precipitó la despedida de la ciudad. Más allá de todo, la gratitud de un pueblo se mantuvo inalterable. Has llegado en una fiesta, te has ido en silencio, pero tu recuerdo será ensordecedor, por siempre... se lee aún en un graffiti por las estrechas calles napolitanas.

Alguna vez el periodista Luciano De Crescenzo, de La Gazzetta dello Sport, comentó: “Creo que Maradona es un jugador que juega bien solamente cuando siente que lo aman. Si así son las cosas, en Napoli provocará chispas”. Acertó. Y la frase bien vale también para intentar explicar el paso de Diego por Barcelona.

Los catalanes no ganaban la Liga desde la temporada 1973/74, entonces depositaron 5.900.000 dólares para Argentinos y otros 2.300.000 dólares para Boca en concepto de indemnización con tal de asegurarse el pase récord de la historia. Era junio de 1982 y, tras la desilusión en el Mundial de España, sobre Maradona se había instalado una inmensa lupa. Debía demostrar si era tan bueno como decían. Si hasta la prensa catalana aseguró que se trataba de un invento, una real mentira.

El paso futbolístico le entregó sinsabores que no pudo endulzar ni la contención de César Luis Menotti desde la conducción técnica. Y, después, se atropellaron las escenas del calvario: primero, dos meses y medio de inactividad por una hepatitis; luego, el crash y el grito desesperado después de la patada desde atrás que le pegó Andoni Goicoechea el 24 de junio de 1983. Los estudios revelaron el desprendimiento del meléolo, la rotura del ligamento lateral interno y luxación del tobillo izquierdo. Al quirófano y 106 días de postración. Impotencia.

El creciente desprecio de Núñez, la persecución de la prensa y la subestimación de un sector de los hinchas se convirtieron en un cóctel insoportable que no pudo paliar ni la Copa del Rey 1983 conseguida ante el Real Madrid de Alfredo Di Stéfano. Maradona sufría un desgaste que no quería soportar más. El 5 de mayo de 1984 se precipitó un alejamiento que ya resultaba inminente: en la final de la Copa del Rey, frente a Athletic Bilbao de Goicoechea, las provocaciones y los puntapiés que recibió precedieron a la derrota y a una gresca generalizada. Diego no quería más.

El presidente José Luis Núñez imploraba por desembarazarse de Maradona. Y lo logró en una reunión ultrasecreta donde los dirigentes catalanes, por 15 a 5 en la votación, aceptaron la venta. Barcelona recibió 7.500.000 dólares por el pase y Núñez sonrió. Se acababa de sacar un inmenso peso de encima. Nápoles comenzaba a vibrar. Y ahora sí Diego estaba dispuesto a escribir su página más gloriosa en el fútbol europeo.

Arte callejero

El amor de los napolitanos muchas veces se reflejó en ingeniosos graffitis:

  • “Nosotros, Diego, somos los verdaderos tóxicodependientes. No queremos desintoxicarnos: ¡Vuelve!”
  • “Antes de ti... la oscuridad, después de ti... la oscuridad. Te esperamos, todavía, una vez más vencedor”
  • “Contigo se ha terminado el Reino del fútbol y empieza la triste República”

Manos mágicas

  • Detrás de las lesiones y enfermedades de Maradona en Barcelona hubo algunas historias. La curandera peruana Susana Herrera le recetó un brebaje de hierbas para la hepatitis; los médicos catalanes analizaron la poción y encontraron que estaba llena de bacterias. El tratamiento fue suspendido. Después de la fractura en el tobillo izquierdo, el cuerpo médico del club le sugirió que se tratara con una fisioterapeuta sueca, que ofrecía una novedosa técnica acuática. Diego la rechazó.
  • Con la 16: el DT de Barcelona, Udo Lattek, prefería a Rumenigge antes que a Maradona. Ante esta situación, Diego intentó ser lo más sociable posible y en las prácticas tomó la camiseta número 16.
  • Amor a primera vista: el primer partido de Maradona en Napoli fue un amistoso de pretemporada con Pistoiese; 20.000 hinchas viajaron 1700 kilómetros desde Napoli a Pistoia para verlo jugar.

El 3 de noviembre de 1985 Maradona convirtió uno de los goles más espectaculares en Napoli; fue de tiro libre y sirvió para ganarle por 1-0 a Juventus en Turín; hasta Michele Platini lo aplaudió

"Los grandes de Italia tienen un montón de fenómenos, pero tienen miedo. Por eso cuelgan banderas racistas "(mayo de 1986) .

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