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Adiós a un ídolo

Di Palma

Deportiva

Distinto desde el día que llegó al TC

Llamando el avión, llamando el avión¡ ¡Dobla el pibe Di Palma derrapando en la tierra y el público lo saluda enloquecido¡" Desde el avión, la voz del relator tambien parecía entusiasmada por lo que veía desde el aire. Por la ruta, llevando su cupé de Turismo Carretera de costado para doblar más rápido, Luis Rubén Di Palma supo ganarse de inmediato la admiración de expertos y profanos. Todo el mundo supo advertir, desde su aparición en el automovilismo, que en sus manos y sus reflejos había un piloto distinto, un virtuoso excepcional.

Tenía apenas 19 años y se encaramó de inmediato al grupo de los que peleaban por la punta en aquellas clásicas carreras de Turismo Carretera de los años 60, por caminos de tierra y de asfalto del interior que convocaban a verdaderas multitudes los domingos por la mañana.

La vuelta de Rojas, de Venado Tuerto, de Hughes, de Necochea, de Arrecifes, de Olavarria. Entre relatos desde el avión, asados al borde del camino y demostraciones de virtuosismo al volante, cada domingo era una fiesta, y a ellas se sumó Di Palma, de 1963 en adelante, con el empuje de su juventud y el talento de los elegidos.

Fue casi un desafío a los mayores. No sólo porque era joven sino porque era irreverente. Hacía locuras al volante desde que era chico y aprendió a manejar, como todos en el campo, a muy temprana edad. En Arrecifes, cuna de campeones del automovilismo ya todos sabían que era un candidato natural a sumarse a la lista de los grandes aún antes que se subiera a su primer TC.

Y la consagración llego muy pronto, nada menos que con un triunfo en su propio pago y un inmediato ascenso al nivel de los grandes de entonces, los Emiliozzi, Bordeu, Pairetti, Casá, Alzaga, Cabalén y otros tantos ídolos de aquel momento de gloria del TC.

Di Palma nació en el TC pero se proyectó espontáneamente a cualquier categoría del automovilismo porque era capaz de andar rápido en cualquier cosa que cayera en sus manos. Sentía el placer indefinible de administrar la potencia de un motor y controlar un derrape a 200 kilómetros por hora con suaves movimientos de volante dictados por una sensibilidad natural a la velocidad y al deslizamiento sobre la pista.

Su pasión mecánica y velocista se extendió a los aviones y los helicópteros, piezas mecánicas que también parecían transformarse en una extensión de su cuerpo y su voluntad mental. Era capaz de las proezas más inauditas en el aire, con un dominio tan extraordinario de los aparatos que transmitía la sensación de poder hacer casi cualquier cosa, pese a la temeridad de sus audacias.

Lo mismo sucedía en las pistas. Era de la raza de esos pilotos que parecen inmunes a cualquier accidente porque son capaces de dominar cualquier situación de emergencia.

En el momento ideal de su carrera formó una asociación casi perfecta con Oreste Berta, quizá su alma gemela, por temperamento, cuyo talento era construir siempre los autos más veloces e innovadores.

Juntos ganaron infinidad de carreras y de campeonatos. En TC, en Sport Prototipos, en la vieja Fórmula 1 nacional, en TC 2000. Se complementaban a la perfección y se admiraban mutuamente. Tanto que Di Palma hasta llegó a mudarse de su Arrecifes natal a Alta Gracia, para estar al lado del taller de Berta.

Pasaron los años y el pibe se hizo veterano, pero jamás perdió las virtudes innatas del que nació para manejar más rápido que los demas. Tuvo altos y bajos familiares y económicos, pero nunca perdió ni el espíritu juvenil ni sus excepcionales condiciones de volante.

Nadie sabrá nunca qué falló ayer por la tarde, cuando volaba solo sobre el campo, como le gustaba. Pero sí puede decirse que murió en su ley. Y que no abandonó el volante hasta el final.

La mirada de Alfredo Parga

En la Historia Deportiva del Automovilismo Argentino, que públicó La Nacion en fascículos en 1995, el periodista Alfredo Parga, con más de medio siglo en el mundo de hombres y máquinas, describió así a Luis Rubén Di Palma:

Debajo de su flequillo se atrevió, desenfadado, a correr con los más famosos cuando el TC reunía a la gente y todo era una fiesta. Cuando cada pueblo trabajaba para "su" carrera. En ese mundo idílico, la irrupción de este muchacho que jugaba corriendo con sus autitos por debajo de los imponentes acoplados que se detenían en la puerta del negocio de su padre, sólo representó una alegría. Y un renovado éxtasis para todos los chicos.

Fue campeón reiterado. Mejor; el más campeón. Ganó un centenar de carreras de todo tipo porque a todo se atrevía. TC, TC 2000, Fórmula 1, Supercart, Sport-Prototipos... Cuando no manejaba un auto, se subía a una motocicleta o se echaba a volar.

De tanto ir y venir por los cielos, el ángel que lo acompañaba desde su arranque llegó a ser algo así como su confidente. Se hablaba de "Luis" -como lo imponían las costumbres- como del último ídolo. Con más de medio siglo de vida, cerca del 2000 -¿y por qué no más allá?- seguía corriendo todos los domingos. Entusiasmando a la gente de cualquier edad. Un poco más redondeada su silueta. Un poco más aplastado el flequillo que dejaba de ser rebelde. Como un poco enojado, sin enojo. Un chico siempre, ¡bendito sea Dios! .

Germán Sopeña
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