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Límites de la clonación

Opinión

Por Raúl Courel
Para LA NACION

 
 

La posibilidad técnica de clonar seres humanos conmociona algunos espíritus y alimenta debates sobre cuestiones éticas y morales. Algunos piensan que el acentuado interés en desarrollar estas tecnologías muestra una desmesura más entre las tantas de los hombres, siempre ansiosos por encontrar medios para eludir o postergar nuestra inevitable desaparición. Entre las posibles implicaciones psicológicas de la clonación están, por ejemplo, algunas que interesan a la vida sexual.

La continuidad de cualquier especie requiere, aunque sus individuos perezcan, que al menos una parte de su sustancia viva no muera. También en los humanos, algo del protoplasma que porta la carga genética resulta en cierto modo inmortal, conservándose a través de la reproducción sexuada. Las técnicas de clonación ofrecen formas de perpetuar especies biológicamente sexuadas sin requerir de relaciones sexuales en las conductas reproductoras. Se perfecciona así la posibilidad, ya inaugurada por la inseminación in vitro, de que el hombre se reproduzca de manera asexuada. ¿Qué consecuencias tiene esta circunstancia, si las tiene, sobre la psicología de las personas?

Anhelo de vivir

Hasta ahora, siempre que hemos querido asegurar descendencia, no hemos tenido más remedio que pensar en un congénere del sexo opuesto, y recurrir, inexorablemente, a la cópula sexual. Aunque la mayor parte de la gente no encuentra este itinerario tan desagradable como para renunciar a él, algunos lo consideran un verdadero suplicio. Ellos, probablemente, encontrarán que es una bendición del cielo procrear sin mezclar sus fluidos con los del otro sexo.

Convengamos, no obstante, que procrear no es suficiente para satisfacer el anhelo de vivir eternamente. Para darse este gusto, no faltará quien intente trasplantar de manera reiterada el propio cerebro a clones de sí mismo. Este recurso, lamentablemente, no podría extenderse más allá de la vida de las neuronas. ¿Tendría mejores posibilidades de éxito trasplantar el pensamiento a otro cerebro, como se trasladan los programas y archivos de una computadora a otra? Si eso fuera posible, no sería indispensable tener un clon para no morir, bastaría con mudarse al cuerpo de cualquier otro. El problema, sin embargo, consiste en que el pensamiento no es completamente semejante a procesos informáticos.

Cabe entonces una interesante pregunta: ¿podría mantenerse el sentimiento de ser uno mismo si se es separado del cuerpo original? Quasimodo, ¿sería Quasimodo en el cuerpo de Adonis, o viceversa?

En los consultorios psicoanalíticos se comprueba todos los días que los padres quieren ver en sus hijos algo así como sus clones, esperando continuarse en ellos. Nunca lo logran, al menos nunca lo suficiente como para salvar el propio pellejo. Eso no impide que algunos de sus rasgos de personalidad continúen en sus sucesores bajo la forma de gestos, actitudes e incluso gustos e ideas: las singulares maneras de ser y de querer de cada uno. Pero esto, al menos en su mayor parte, no se puede hacer a través de la clonación.

El empuje de Eros

En resumidas cuentas: la clonación puede existir en sentido biológico, pero no en sentido psicológico. Se pueden clonar células pero no sujetos, que se identifican y diferencian entre sí mediante el nombre y el apellido. Debido a que el sujeto Einstein no podría entrar en una probeta, un clon suyo no sería Einstein, de manera que, hablando estrictamente, la clonación propiamente "humana" no puede existir.

Por último, si bien para extender la vida biológica puede ser superflua la distinción entre machos y hembras, es probable que los hombres continúen eligiendo, como siempre lo hicieron, arriesgar la vida bajo el empuje de Eros. De otro modo, cuesta imaginar en qué consistirían los pasatiempos más divertidos. Ojalá que los científicos dedicados a estos atrayentes desarrollos tecnológicos opinen de este modo, porque sería la mejor ayuda para no confundir el ideal de que la ciencia sirva a la humanidad con la eugenesia, que ha alimentado, y todavía alimenta, lo peor. .

El autor es decano de la Facultad de Psicología de la UBA.
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