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La diva, a los 61: adelgazó 40 kilos y su figura está más estilizada

Mina regresó con gloria

Espectáculos

Después de 23 años sin mostrarse, la más popular cantante italiana volvió con un disco y un video, y en su mejor forma

ROMA.– ¿Qué sería de la estrategia del mito sin la posibilidad de desaparecer? Greta Garbo, por ejemplo, lo intuyó, y entonces eligió un momento de su vida para no mostrarse más; cuando una cámara la sorprendió en la calle, ya octogenaria, la crueldad de la imagen dejó ver un rostro decrépito. Mina desapareció de la vista del público durante veintitrés años y, en su madurez, a los sesenta y un años, con su sorprendente epifanía virtual, renovó y multiplicó el entusiasmo de casi cinco millones de admiradores que en marzo intentaron verla en la Web; sólo un cinco por ciento tuvo acceso, pero ahora todos pueden retenerla en sus pantallas gracias a un videocassette de venta masiva.

Por la intuición de una artista sagaz, este 2001 que se acaba es, en Italia, el año de Mina: por un lado, grabó un CD íntegramente dedicado a temas de Domenico Modugno, con una sorprendente reelaboración que lo convierte en su mejor disco en años. Y, por otra parte –y especialmente–, filmó un video documental en estudios de grabación, difundido en Internet el 30 de marzo; esta grabación acaba de ser lanzada en Italia en formatos DVD y VHS para que todo el mundo la disfrute en su casa, ya que en marzo las líneas se sobresaturaron y los privilegiados que lograron conectarse fueron apenas 250.000 usuarios de la Web.

La dama desaparece

El preámbulo de esta historia de abstinencia de imagen tuvo lugar en 1978, cuando Mina, en la cumbre de sus posibilidades vocales y escénicas, se exhibió por última vez en un concierto legendario realizado en la Bussola de Viareggio, el mismo anfiteatro en el que había hecho su debut profesional veinte años antes. Parecía, entonces, fatigada por el éxito, molesta ante la platea, y se dijo que había preferido retirarse para elaborar su arte musical en su reducto de Lugano, Suiza, un estudio desde el cual habría de lanzar, a partir de entonces, un disco por año, pero desde la más absoluta reserva.

Esta exitosa muchacha lombarda (había nacido en Busto Arsizio, pero se crió en Cremona), a la sazón de 37 años, se había consagrado en una emisión televisiva de “Canzonissima”, en octubre de 1959, al año siguiente de su debut en la Bussola, cuando todavía se hacía llamar Baby Gale, pero en la transmisión televisiva de 1959 volvió a ser Mina, nombre que mantuvo durante toda su carrera, aunque en los últimos años se la nombra también como Mina Mazzini, consignando así, junto al apelativo con el que conquistó la celebridad, el apellido real de la gran dama de la canción nacional. En 1961 cantó “Le mille bolle blue” en el IX Festival de la Canción Italiana de Sanremo; el tema musical no se impuso en el encuentro, pero fue un éxito cuando la cantante lo llevó al disco. De su matrimonio con el actor Corrado Pani, en 1963 nació su hijo Massimiliano, que luego se convertiría en su arreglador musical. El segundo compañero de la joven Mazzini fue su maestro Augusto Martelli, una relación de tres años que acabaría en 1968. En 1970 se casó con el periodista Virgilio Crocco, de quien habría de separarse en 1972; de esta relación nació su hija Benedetta, que adoptó el apellido de su madre.

Entre los veinte años que llevaba cantando cuando se presentó por última vez en la Bussola y los veintidós que siguieron a su deplorado retiro de escenarios y sets en 1978, la trayectoria de Mina fue y es una de las más impresionantes en la historia de la canción popular; se calcula que a fines de 2000 llevaba vendidos alrededor de 60 millones de discos en todo el mundo, pero para varias generaciones de público su figura constituía un enigma: una voz maravillosa, pero sin cuerpo, sin imagen.

Así fue como en las historias del género pop se la registraba, hasta principios de este año, con los inconfundibles rasgos de un mito: había cantado temas en inglés, castellano, portugués, francés, alemán, turco y en japonés, amén de su repertorio fundamental en italiano toscano, y –lo más difícil– en varios dialectos: napolitano, milanés, genovés y romanesco (o “romanaccio”, el habla popular de Roma). Y lo que sostenía su condición legendaria era que –según la afirmación de un crítico–, desde la autonegación de la imagen personal de la cantante, el nombre de Mina había asumido “los caracteres del mito: cada año, puntualmente, continúa regalándonos un nuevo álbum, como testimonio de su incólume deseo de cantar y divertirse; con el correr del tiempo, su voz gana en ductilidad y capacidad interpretativa, confirmando su innata condición de única”.

La resurrección

“Soli... / Mentre la gente se ne va./ Restiamo soli / soli nel buio che verrà...” Escuchamos una grabación de Mina de 1965; el inquietante tema es “Soli”. Su expresión, en la carátula del disco, rezuma ingenuidad, la despreocupación de una apenas abandonada adolescencia, con el rostro enmarcado en esa frondosa cabellera rojiza que le valió el epíteto de “la tigre di Cremona”. En la mano derecha sostiene, pegado a la boca, un micrófono cuadrado, de esos que ya no se usan. Su voz, el filosísimo perfil de ese sonido agudo que asciende como un meteoro y que impuso el prodigio de un precoz estilo único, en esta canción roza niveles que dejan sin aliento. Como en un ejercicio de montaje temporal, saltamos al video que documenta su trabajo de grabación en el estudio de Lugano, a principios de este año (aquí hay que aclarar que nos perdimos la primera edición, cuyos 600.000 ejemplares salieron al mercado en una mañana de noviembre, y a las 6 de la tarde ya se habían agotado; ahora hay otro medio millón de videos en venta, recién aparecidos).

No sorprende ver su figura super- delgada, más que cuando tenía 35 años, porque algunas fotos publicadas en la revista Chi ya habían anticipado ese porte, lo que generó comentarios entusiastas de su hija Benedetta: “Usa el talle 42, por lo cual nos intercambiamos algunos vestidos”. Del brazo de su hijo Massimiliano Panni (director artístico del rodaje), Mina recorre bajo la nieve el trayecto que va del auto a la puerta del estudio. Saluda a los músicos y se quita el abrigo. Luce una malla y pantalones negros, todo sobrio, como el arreglo de su rostro, apenas maquillado; un punto de oro en el lóbulo de una oreja, una larga trenza que prolonga su cabellera roja a lo largo de la espalda y –eso sí– un grueso echarpe negro que protege rigurosamente el cuello y su prodigiosa garganta del invierno suizo y también de las miradas insidiosas, porque la pérdida de 40 kilos debe haber dejado alguna secuela en la piel.

En el estudio hay un clima distendido, salpicado de bromas y risas. Ensayo y grabación del primer tema: una versión jazzeada, con mucha percusión, de “Pasqualino Marajà”, uno de los tres temas de Modugno que incluirá la sesión. Después Mina graba el bolero “Tres palabras” (ya lo había hecho en los años ochenta, en alguno de sus muchos álbumes en castellano); frente al micrófono, ya grabando, se le cae una hoja del atril y, como una chiquilina sorprendida in fraganti en una torpeza, saca la lengua en una juguetona contracción, pero la grabación no se interrumpe. Cuando la cámara se sitúa a un lateral de su rostro, en los primeros planos se advierte el descomunal grosor de los cristales de sus anteojos, que la artista no disimula porque –ella lo sabe– sus seguidores no ignoran sus desvelos por sobreponerse a la ceguera que la amenazó hace unos años.

A cierta altura ingresa en el estudio su hija Benedetta; se saludan, se abrazan, y ahí se comprueba que, en efecto, la diva podría calzar perfectamente en las prendas de su hija. La grabación recomienza; las tomas de “Oggi sono io”, de Alex Britti –uno de los músicos de su equipo–, visualizan primeros planos de su admirable vocalización, dotada de técnica académica, algo a lo que los espectadores de sus legendarios shows en la RAI nunca tuvieron acceso en detalle. Su registro, claro, no abarca ya ese espectro casi imposible de sus performances juveniles, pero su modulación y profundidad de intérprete convalidan la madurez de su genio. Con devoción sentimental, Mina canta en dialecto napolitano los versos de Modugno de “Tu si’ ‘na cosa grande” y nadie que se precie de haber escuchado al legendario autor de “Volare” podrá zafarse del cimbronazo de la emoción. El último de los temas grabados en esta histórica sesión es otra creación de Modugno (el CD de este año que reúne doce temas del recordado “Pippo”, anticipados en la emisión de Internet, se titula “Sconcerto”), el popular “Ma come hai fatto”, esta vez acompañada por una fuerte formación de cuerdas dirigida por Gianni Ferrio, autor también de la orquestación.

Hay quienes afirman en Italia que esta posibilidad de visualizar al ídolo más importante de la canción peninsular en la cotidianidad del trabajo creativo sin las artificiosidades del show y, sobre todo, esta reaparición que quiebra el misterio de un prolongado retiro, vienen a probar que Mina no estaba predestinada para el mito. Es probable; en todo caso no importa que Mina Mazzini haya dejado de ser mítica o, mejor aun, viene a probar que su registro, si bien ya no goza de la luminosa versatilidad de hace 25 años, ha ganado en densidad. Y, también, que ya no es “la tigresa de Cremona” que fue alguna vez, sino –por suerte– una artista que madura, una leyenda que vive y ríe. Una mujer, en suma, una mujer de verdad.

Cuando apareció fue todo un cambio

  • Ana Maria Mazzini (“In arte, Mina”) nació en Busto Arsizio (Lombardía) el 25 de marzo de 1940. Se educó musicalmente en Cremona, por lo que sus fans la calificaron de “cremonese verace”. Ella se adjudicó el seudónimo de Baby Gale, con el que en 1958 grabó su primer disco, “Nessuno”. Se consagró a los 18 años, en octubre de 1959, en el programa de TV “Canzonissima”. La crítica señaló el surgimiento de esa privilegiada voz y de un impetuoso estilo como “Una revolución en el arte de la interpretación”. Su última aparición televisiva fue en 1974, en “Milleluci”, con Raffaella Carra, cuatro años antes del recital de la Bussola, con el que se despidió de los escenarios.
Por Néstor Tirri Para LA NACION
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