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Las razones de una noche diferente

Por José Ignacio Lladós De la Redacción de LA NACION

Miércoles 26 de diciembre de 2001

La efervescencia quedó para otro momento. No hubo ambiente en esta Nochebuena para festejos desmedidos, demostraciones de algarabía o aquella tradicional ebullición de cada fin de año. Esta vez, la familia o los afectos reemplazaron al espíritu lúdico.

Es cierto que la recesión proyectaba desde hacía tiempo unas fiestas sin pompas, con escasa actividad pirotécnica y menor clima de jolgorio.

Sin embargo, quedó la impresión de que no resultó sólo la escasa producción y el menor movimiento comercial el generador de una Navidad diferente. Sin ruido. Sin fiesta. Sin cañitas voladoras. O con muy pocas, en todo caso.

Conspiró también el corralito bancario, que obliga a repensar seriamente el destino de los gastos en efectivo. Sin cash , con cierta resistencia a la bancarización, surge mejor utilizar el circulante para necesidades de primer orden.

Pero el clima neutro de una noche que en las calles apenas si dio la sensación de ser festiva también se produjo por un fin de año particular para los argentinos.

La crisis, el desborde, la renuncia anticipada de un presidente elegido democráticamente para gobernar dos años más, los saqueos, la batalla campal en la Capital, las dudas sobre el futuro político y el temor a posibles inconvenientes en las rutas como síntesis del descalabro social armaron un 24 de diciembre atípico.

Las calles ofrecieron un paisaje parecido al de una noche cualquiera. Nada de bocinazos, por ejemplo. En verdad, tampoco fueron tantos los vehículos en circulación, realidad que acabó con una de las marcas registradas de cada 24 y 31 de diciembre, fechas en las que invariablemente, por el alto consumo etílico, aumenta considerablemente el número de accidentes viales.

El cielo, que habitualmente para esta época integra sus estrellas con un convocante espectáculo pirotécnico, esta vez se mantuvo impermeable ante elementos ajenos.

Por el Norte, el Sur, el centro, la Capital, el conurbano... las escenas de boliches cerrados, poca gente y menos ruido se repitieron como un claro síntoma de una época dura.

Que en las villas de la ciudad el gobierno porteño haya reforzado las partidas alimentarias con 45.000 canastas y ningún pan dulce o botella de sidra también indica que, para estos tiempos, aparece más adecuado enfocar los gastos hacia las necesidades básicas y no hacia los festejos.

Hablemos de política...

En las reuniones familiares o de amigos, las conversaciones derivaron inevitablemente hacia la situación política y social, hacia De la Rúa y Cavallo, hacia Rodríguez Saá, hacia Ruckauf, De la Sota y Puerta.

Así como hasta hace una semana el tema invariable parecía ser el corset financiero, ahora resultó casi imposible obviar un panorama crítico que involucra a todos por igual. Que provoca incertidumbre. Y que, claro está, no actúa justamente como un inflador espiritual. Pues ese estado de ánimo resultó el predominante en esta Nochebuena.

La estadística sobre la menor cantidad de heridos por la pirotecnia, en realidad, refiere a este mix entre recesión, corralito, desborde y crisis institucional, conjunción que sin duda modeló el ánimo navideño de los argentinos.

Que se haya producido alrededor de un 70 por ciento menos de accidentes por fuegos artificiales no es sinónimo de un crecimiento en la prevención ni de una súbita educación pirotécnica de la sociedad, sino de una menor adquisición de cañitas voladoras, petardos, cohetes, estrellitas y demás. Y esto último, una consecuencia de aquellos factores.

Evidentemente, la Argentina vivió una Nochebuena atípica. Distinta. Con menos ruido, menos efervescencia y menos espíritu lúdico. En sí, no parece ni mejor ni peor, aunque esta vez resulta un claro síntoma de la crisis. Y eso sí lastima.

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