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La relación entre cultura y desarrollo económico

Por Jeffrey D. Sachs Para LA NACION
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31 de diciembre de 2001  

CAMBRIDGE, Massachusetts.-Los ataques terroristas en Estados Unidos y la guerra contra los talibanes han suscitado amplias especulaciones en torno de la relación entre cultura y desarrollo económico. Más exactamente: ¿el mundo islámico no logra modernizarse porque su cultura quedó atrapada en la Edad Media? El escaso desarrollo económico en gran parte del Medio Oriente y Asia Central, ¿obedece a prácticas culturales hostiles al crecimiento económico?

Lo habitual es acusar al mundo islámico de haber perdido, por incomprensión, los adelantos de la Ilustración europea, cuando se separaron la religión y el Estado, se adoptaron ideas científicas modernas y se renovaron las actitudes culturales hacia la mujer. Por eso, alegan, el mundo islámico no puede hacer frente a las exigencias de la modernización, ya sea tecnológica o cultural (por ejemplo, otorgar derechos a la mujer), necesaria para alcanzar el éxito económico en el mundo moderno.

Como toda generalización grosera, ésta entremezcla algo de verdad con una masa de confusión. Lo cierto es que determinados usos culturales apoyan la modernización económica. Entre otros, la tendencia a una mayor igualdad entre los sexos y sus roles en la sociedad; premiar los logros educacionales con una alta posición social; secularizar numerosos aspectos de la vida, incluida la supremacía de la ciencia moderna y costumbres que favorezcan la movilidad social en la elección de profesiones. Lo falso es creer que algunas culturas son estáticas y hostiles al cambio, en tanto que otras, por alguna razón, son singularmente modernas.

En todas partes del mundo las culturas han tenido que ajustarse a los cambios tecnológicos, de organización económica y del conocimiento científico de estos dos últimos siglos. Así, en Europa Occidental y Estados Unidos, la aceptación cultural de la igualdad socioeconómica entre los sexos implicó un largo proceso de luchas políticas y normas sociales progresivas. El ritmo del cambio ha variado notablemente dentro de una misma región y de un subgrupo cultural a otro.

El mundo islámico se extiende a lo largo de 15.000 kilómetros, comprende varias docenas de países y más de mil millones de fieles, y también está sujeto a grandes variaciones culturales. Los países de la cuenca del Mediterráneo (por ejemplo, Marruecos, Túnez, Egipto y Turquía) se diferencian, cultural y políticamente, de los de la Península Arábiga (como Arabia Saudita, Yemen y Omán), que a su vez difieren de los de Asia Central (Afganistán, Paquistán, Tadjikistán, etcétera), Asia Sudoriental (Indonesia y Malasia) y Africa Subsahariana (Malí y Chad, entre otros).

Tomemos por caso el número de hijos por mujer en una sociedad, o "índice de fertilidad total". En aquellas sociedades en que se prohíbe el trabajo femenino y se espera que la mujer se quede en casa criando a los hijos, dicho índice es muy alto y tiende a perjudicar el crecimiento económico. Además, en las familias pobres y prolíficas, suele reducirse la educación impartida a cada niño.

En algunas partes del mundo islámico, sobre todo en la Península Arábiga, el índice de fertilidad sigue siendo muy alto: en promedio, una yemenita tendrá más de siete hijos en su vida y una saudita más de seis. En otras, es muy inferior y ha declinado en las últimas décadas, marcando un cambio importante en las normas culturales. En Túnez, ha caído del 6,2 de los años 70 al 2,3 actual, apenas superior al 2,0 de Estados Unidos. En Turquía, descendió del 5,2 de comienzos de los 70 al 2,7 de fines de los 90 (todos promedios). Indonesia tuvo una declinación similar. En estas sociedades, la incorporación de la mujer a la fuerza laboral ha sido mucho mayor, con las consiguientes ganancias económicas y mejoras en su condición social.

Podemos señalar, pues, que en sociedades islámicas como Túnez, Turquía, Indonesia y Malasia, hubo un rápido avance del crecimiento económico y el cambio cultural en la generación pasada. En décadas recientes, algunos de estos países figuraron entre las economías del mundo de crecimiento más acelerado. La cultura islámica no ha trabado dicho crecimiento ni ha permanecido estática. Tanto en el Islam como en otras partes del mundo, la cultura manifestó su vitalidad y su capacidad de adaptación a unas circunstancias cambiantes.

Proceso de cambio

En la Península Arábiga, el cambio cultural y el desarrollo económico han sido más lentos. Probablemente sea un caso de causalidad recíproca: por un lado, factores culturales habrían dificultado el crecimiento económico; por el otro, un desempeño económico insatisfactorio (digamos por malas políticas económicas y una dependencia excesiva del petróleo) habría demorado la adaptación de las prácticas culturales a los requerimientos de una economía moderna. En lugares muy remotos, como Afganistán o Chad, las débiles conexiones con la economía mundial contribuyeron a retardar el proceso de cambio social.

Estos ejemplos deberían apartarnos de tres tendencias actuales:

  • Rotular con ligereza sociedades complejas y disímiles. Pensar en un "mundo islámico" único y conservador es tan errado como concebir una sola "sociedad occidental" moderna. La diversidad es mucha; los hábitos culturales varían enormemente. Los rótulos simplistas reflejan más el prejuicio que la comprensión.
  • Creer que la cultura es, en cierto modo, estática e inmutable. En todas partes, las culturas cambian respondiendo a los avances tecnológicos, el crecimiento económico y, por supuesto, la globalización.
  • Creer que la cultura es la llave del crecimiento económico. Este depende de numerosos factores determinantes, incluidas la geografía, la política, las relaciones internacionales y la cultura. A menudo, las diferencias culturales entre sociedades son la consecuencia, más que la causa, de diferencias en su desarrollo económico.
  • © Project Syndicate

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