Oreiro, el debut menos soñado

Recital de Natalia Oreiro. Músicos: Héctor D´Aviero y Marcelo Wengrovski, en guitarras, Daniel Avila en batería.,Julio Morales en percusión, Custavo Luciani en bajo, Ervin Stutz en trompeta, Alejo Vonder Pahlen en saxo, Juan Scalona en trombón, Magalí Bachor y Dora Chávez en coros, Diego Ortells en teclados y dirección musical y cuerda de tambores de Foca Machado. El viernes y el sábado, en el teatro Gran Rex. Nuestra opinión: malo.

Lunes 16 de octubre de 2000

Desde su butaca el hombre mira más allá de lo que ve. Vino con sus dos hijas, de 9 y 13 años, aproximadamente, y está viviendo uno de esos momentos familiares. Los tres tienen motivos suficientes para sentirse felices, pero no es difícil darse cuenta de que las satisfacciones son muy disímiles. Ellas gozan con la estrella de la TV, con la Cholito de "Muñeca brava", con la chica que soñó con ser una estrella de la canción en "Un argentino en Nueva York" y que a la vuelta de la esquina convertiría la ficción en estricta realidad. El se detiene en las curvas que esta uruguaya de 23 años ostenta. Y sueña.

En la noche del viernes, en el teatro Gran Rex sólo se podrá soñar. Natalia Oreiro intentará ser una femme fatale, una joven cándida idolatrada por los bajitos, una estrella de la canción pop latina, una bailarina, una cantante consumada. En todos los rubros hará agua, en todos el saldo será negativo.

Con una producción envidiable, la actriz y cantante sale al ruedo para mostrar sus dos discos, "Natalia Oreiro", de 1998, y el reciente "Tu veneno". El vestuario se lo ha diseñado Renata Schussheim, las coreografías le pertenecen a Teresa Duggan, las luces son de Juan Carlos Baglietto, pero, a la hora de pararse en escena, todo ello quedará en un segundo plano.

Desde lo alto, una Oreiro "gatubelesca" hace su aparición. Enfundada en negro arremete con "Tu veneno" y enseguida la platea -infantil en gran número-, entra en éxtasis, como si estuviera observando a Caramelito o un espectáculo de "Chiquititas".

A lo largo de un poco más de una hora y media, la estrella de la tele rendirá examen, porque así parece sentirse y porque así lo confirman las miradas de los chimenteros y los columnistas de la farándula.

Sin música, pero con público

La sala está colmada, pero muchos disfrutan de haber ingresado sin pagar. Su club de fans, a pleno, y los invitados, en gran número. Muñecos de peluche, gorras, flores, cualquier objeto vale a la hora de demostrar el afecto que tienen por la cantante. Incondicionales, acompañarán cada pasaje del show, aunque desde arriba no habrá motivos para corresponder tanta emoción.

Natalia cumple cuidadosamente con la lista de temas, con los movimientos estudiados, con los leves cambios de vestuario y con el incesante meneo de su cadera, el máximo acierto de la noche.

Por momentos, entre acróbatas, músicos y una cuerda de tambores, el escenario se parece más a la calle Florida que a un concierto. La inseguridad de la aspirante a diva se hace evidente, pero todo está controlado. Como la participación protagónica de Magalí y Dora, las chicas que, más allá de hacer coros, socorren a menudo a la protagonista. Natalia quiso estar segura de que estaba haciendo lo correcto, por eso editó dos discos antes de afrontar al público porteño. Entre las cantantes latinas, jugó a asemejarse a la mexicana Thalía y su gente le diseñó una carrera bastante similar. Pero ni siquiera ese pequeño objetivo logró sortear.

Que quede claro: los chicos y adolescentes que fueron a verla no se sintieron defraudados. Tener a la chica de la tele a unos metros era todo lo que pedían. Pero la cantante no estaba ahí, quizás aún aguardaba detrás de escena, tomando un té, la hora del debut.

Sebastián Espósito

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