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Repararon el faro del fin del mundo

Tres carpinteros y un cabo de la Armada lo dejaron a nuevo; el sitio fue inmortalizado por Julio Verne

Lunes 18 de febrero de 2002
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LA NACION

Hay lugares bellos. Y hay confines. Hay sitios encantados. Y hay faros. Hay islas donde los hombres ponen los pies a veces. Y hay cabras. Hay hombres que aman el destello de luz que advierte a los barcos que la tierra puede ser peligrosa. Y hay patriotas.

Enrique Inda, Vicente Pinto, Oscar Mezzatestta y el cabo primero Hernán Segal son eso, patriotas. Buscando reparar lo que la naturaleza no perdona y desafiando la turbación del viento brutal, los cuatro viajaron hasta la Isla de los Estados, el 15 de diciembre último, a reparar el faro del fin del mundo, conocido en las cartas náuticas como San Juan del Salvamento, ahí, donde la Argentina cae en el mar.

Y vieron eso: el confín de esta parte del mundo, el puñado de cabras que sobreviven, el faro y los destellos, la belleza y el viento.

Porque estos hombres, integrantes de la Asociación de Amigos de la Isla de los Estados, decidieron que el faro del fin del mundo, reparado por una expedición francesa en 1998, tiene que estar en buenas condiciones, tal como lo describió Julio Verne, y con escasos fondos se convirtieron en los guardianes del guardián del fin del mundo.

Ellos son los que reparan y conservan este monumento histórico nacional según los planos originales de 1884. Y lo hacen con herramientas propias -excepto Segal, todos son carpinteros-, que debieron subir por picadas peligrosas, soportando el impiadoso viento y la casi eterna lluvia. ¿Una hazaña? Y... sí, especialmente cuando se sabe que dos de los integrantes de la expedición tienen 77 y 78 años.

Tomaban agua de lluvia

Los intrépidos carpinteros estuvieron durante seis larguísimos días -en esa época del año amanece a las 4.30 y anochece a las 10.30- en la isla más austral del país. Hasta allí llegaron a bordo del rompehielos de bandera noruega Ice Lady Patagonia, que luego cumplió con el recorrido previsto en otros puertos de la isla.

"Para mí -dice Inda, vicepresidente de la asociación, de 78 años- fue como un reencuentro con la historia, con lo que significó la Isla de los Estados. Estábamos absolutamente solos y nos comunicábamos con tierra a través de un teléfono satelital."

-¿Qué llevaban, además de las herramientas?

-Barriles para recibir el agua de lluvia, que era la que tomábamos y que allí tiene un color amarronado por la turba. Pinto, que tiene 55 años, y Mezzatestta, que tiene 77, también son carpinteros. Segal es más joven, tiene 24 años, pero realizó un trabajo espectacular.

-¿Y qué trabajos hicieron?

-Básicamente terminamos lo que los franceses no pudieron completar. Abrimos e instalamos tres ventanas con marcos de madera dura y vidrios de seis milímetros de espesor que estaban en el plano de 1884. Esto es importante, porque se duplicó la cantidad de luz natural en el interior del faro. También aseguramos con grampas de aluminio cuatro tubos verticales de descarga de las canaletas del techo, porque ahí llueve casi diariamente, pintamos todo el exterior y construimos estanterías para que sea más cómodo para los visitantes.

Inda, que no oculta su alegría cuando habla del faro del fin del mundo, pide que se mencione a la gente del Museo Marítimo, a la Armada Argentina y a la institución a la que pertenece. Y admite que cada vez que viajan hasta Tierra del Fuego -zarpan desde Ushuaia y tienen un día de navegación difícil- son ellos los que corren con los gastos del viaje.

Inda explica que las noches en el fin del mundo son mágicas. Y que, cuando el viento deja de soplar, el silencio es tremendo. "En la isla, lejos de donde estábamos, hay cuatro suboficiales de marina, que son relevados cada 45 días y de tanto en tanto pasa algún velero deportivo o barcos de carga."

-¿Y el faro?

-El faro... (la exclamación es indescriptible). Es hermoso, hace dos destellos cada cinco segundos e ilumina el mar. Cuando nosotros estuvimos, veíamos a las toninas como bailando...

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