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Un brillante eco de Verdi

Martes 12 de marzo de 2002

Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional con el Coro Polifónico Nacional. Director: Pedro Ignacio Calderón. Director del Coro: Carlos López Puccio. Programa: Obras de Giuseppe Verdi. Obertura de "Luisa Miller", preludio al acto cuarto de "La Traviata", obertura de "La forza del destino", Cuatro Pezzi Sacri y el Sanctus de la Misa de Réquiem. Ciclo Grandes Conciertos de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Nuestra opinión: muy bueno.

En el salón de actos, una nueva manifestación del laureado ciclo Grandes Conciertos en la Facultad de Derecho reiteró el atractivo que genera la música sinfónica sobre una amplia y ecléctica franja de melómanos.

Nuevamente, como había ocurrido con la Filarmónica de Buenos Aires, la actuación de los organismos dependientes de la Secretaría de Cultura de la Nación, la Orquesta Sinfónica y Coro Polifónico, convocó a una amplia concurrencia como para ocupar la totalidad de la capacidad en butacas. Seguramente por llevarse a cabo en día viernes y no en sábado no hubo tanta presencia de personas de pie o sentadas en los pasillos. Pero sí, en cambio, la misma emotiva demostración de unánime avidez, unción y beneplácito.

Fue de muy buen criterio por parte del director titular de la Sinfónica Nacional, Pedro Ignacio Calderón, ratificado con justicia al frente del organismo después de un tiempo de zozobras, inaugurar la temporada con el mismo programa de Verdi ofrecido en una única oportunidad hacia el final de la temporada del año pasado.

Es que cuando se preparan obras de gran envergadura, tanto sinfónicas como sinfónico-corales, el esfuerzo de preparación, así como la significación artística que ellas mismas conllevan, dada su esporádica posibilidad de ser escuchadas, hacen que merezcan ser ofrecidas en mayor cantidad de funciones.

Esto ocurrió con las cuatro piezas sacras de Verdi, ofrecidas para rendirle homenaje al célebre músico en el centenario de su muerte. Ahora, como un eco de aquel acontecimiento, el programa, íntegramente dedicado a sus obras, lejos de aparecer como una reiteración facilista o superficial fue un nuevo motivo para gozar de su inspirado y definido estilo de composición.

Asimismo se pudo valorar con mayor precisión la visión renovadora, la mirada hacia el futuro de la evolución musical que emana de esas páginas corales, escritas en diferentes momentos de la plena madurez de su genio, a partir de 1886, cuando se encontraba concluyendo "Otello". Las piezas sacras fueron estrenadas, gracias al empuje de Arrigo Boito, en 1898, en París.

Excelencia coral

Por fortuna se ofrecieron excelentes versiones del Ave María, Laudi a la Virgen María, Stábat Mater y Te Deum, que integran la colección, a partir de la disciplinada intervención de la orquesta, caracterizada por la excelencia del sector cuerdas, la robustez de sus metales, la calidad de las maderas y demás sectores, y por la soberbia intervención del Polifónico.

Quedó en evidencia que el valioso conjunto coral, con la guía de Carlos López Puccio, a pesar de la situación de zozobra por la que atraviesan los organismos oficiales, se encuentra en un momento de elevación artística llamativa, tanto por la lograda homogeneidad y amalgama de las voces como por la flexibilidad de sus matices, la seguridad de su afinación y la amplitud de su rango sonoro.

Estilo y expresión

Sin embargo, por sobre la eficiencia de los conjuntos cabe el mayor de los elogios para Pedro Ignacio Calderón, también elevado por sobre su reconocida capacidad de director. Porque se advierte una distensión espiritual que incide sobre su postura estética frente a las obras.

Así como a lo largo de su significativa carrera se han reconocido mil veces su seguridad técnica y su capacidad de conducción en el mundo del gran sinfonismo, ahora se palpa una muy cálida capacidad para transmitir aquellos detalles no escritos, pero que están presentes en su espíritu y estilo, ya sea dibujando con maestría la elegancia y simplicidad de Mozart, como lo ha hecho no hace mucho con la Sinfonía 40, K. 550, o, como en este caso, al ofrecer las oberturas y el preludio de las óperas de Verdi con una sobriedad y pasión expresiva del mejor cuño estilístico.

Cuando encaró con serena grandeza las cuatro composiciones, Calderón reguló el discurso musical con maestría y en todo momento con un interiorizado concepto expresivo, presentando con sencillez el contraste entre los momentos de dulce lirismo y los manifiestamente luminosos, siempre sin atisbo de efectos vulgares y sin caer en una postura operística que de ningún modo está presente. Fue así como de cada una de ellas surgieron con naturalidad las ideas renovadoras de Verdi, que no abandonó el espíritu de Palestrina, pero vislumbró el futuro de la modulación tonal.

Para el final se ofreció una vigorosa entrega del Sanctus de la Misa de Réquiem y, para agradecer la enorme ovación, Calderón y todos sus colaboradores se unieron para recordar la significación de Verdi y el dolor del pueblo de Italia en algunos momentos de su historia.

Entonces se escuchó el inmortal coral de "Nabucco", Va pensiero... "Ve, pensamiento sobre áureas alas, ve, reposa en las laderas y las colinas, donde blanda y tibia murmura la dulce brisa de nuestra tierra natal..." y más adelante "¡Oh patria mía, bella y perdida! ¡Oh, recuerdo tan caro y fatal!", resonando como un nuevo mensaje del patriota, pero esta vez para la Argentina, y más actual que nunca.

Quizá por esa razón, y en medio del cálido tributo a músicos y coreutas, se vieron también lágrimas en las miradas y no poca contenida emoción.

Juan Carlos Montero

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