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Pablo Agri, en el nombre del padre

Jueves 21 de marzo de 2002

Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional. Programa: Obertura de la ópera "El murciélago", de Johann Strauss; "S. P. de nada", para violín y orquesta, de Antonio Agri (estreno mundial), y Sheherazade, suite sinfónica Op. 35, de Nikolai Rimsky-Korsakov. Violín solista: Pablo Agri. Director: Andrés Spiller. Ciclo de Grandes Conciertos de la Facultad de Derecho, en su aula magna. Nuestra opinión: muy bueno.

La novedad de este nuevo encuentro con nuestra Sinfónica fue dar a conocer, en estreno mundial -ya que antes contamos con la edición de sendos discos compactos, uno editado por el sello Melopea, el otro distribuido por Acqua Records-, el legado creativo del prestigioso y querido violinista Antonio Agri, fallecido el 17 de octubre de 1998. Un compromiso que ahora asumía solo su hijo Pablo, luego de haber compartido un tramo de la obra con el maestro en el estreno, en Riga (Letonia), de "S. P. de nada" con la orquesta de aquella ciudad, dirigida por Pedro Ignacio Calderón.

Antonio Agri había consolidado su prestigio en uno de los últimos quintetos de Astor Piazzolla. Entonces los tramos de sus improvisaciones daban cuenta de una inventiva en ciernes, como ocurrió esporádicamente cuando Antonio abordó repertorio de música ligera en un grupo de cámara. Tal inventiva emergió de pronto, con ideas que giraron en torno del violín, en las postrimerías de su vida. De allí que Agri sintiera la ansiedad perentoria y premonitoria de dejarnos la música dictada por su fantasía.

Antonio Agri y su hijo Pablo habían estrenado "S. P. de nada" en Letonia
Antonio Agri y su hijo Pablo habían estrenado "S. P. de nada" en Letonia. Foto: Archivo

Así surgió -no se lo cuenta en ninguna parte del programa de mano, ni siquiera en el currículum de Pablo Agri- el curioso "S. P. de nada" ("Sin pretensiones de nada"), que Agri entregó al imaginativo orquestador Guillo Espel, derivándose el arreglo de la segunda parte de la obra al pianista Oscar Laiguera.

A través de sus siete movimientos se puede advertir la impronta de un improvisador nato, que ora recorre episodios ligados a la música romántica, ora refleja climas sugerentemente tangueros. En realidad se trata de una obra de melodismo sencillo, sin complejidades o desafíos, salvo el que entraña la afinación -siempre impecable en Antonio- cuando recurre a las dobles cuerdas.

El arreglo de Guillo Espel contiene hallazgos que hacen atractiva la partitura, tanto por el eufónico ensamble tímbrico cuanto por la empatía temática entretejida con los vientos.

Pablo Agri honró con emoción y honda musicalidad la música de su padre, y Andrés Spiller creó los climas envolventes que pide esta pequeña, aunque un tanto dilatada, composición póstuma de Antonio.

Sólida orquesta

El programa quedó abierto con la conocidísima y transitada obertura de la ópera "El murciélago", de Johann Strauss. Los miembros de la Sinfónica la tocaron con entusiasmo, manejando con fluidez los tempi binarios y ternarios (rallentando, acelerando...) y destacando la belleza melódica y los planos sonoros, sin enfatizar las cadencias. Empuje y vibración fueron las características impresas por Spiller.

En cuanto a Sheherazade (o Scheherezade, o Scheherazade, o Scheherazada), de Rimsky-Korsakov, fue fiel al polifacético colorido orquestal. Director y músicos supieron rescatar la fastuosidad tímbrica y los climas sugestivos logrados por el músico ruso, en su narración musical de los cuentos árabes de origen persa desgranados en "Las mil y una noches".

El desempeño de Luis Roggero (a quien se le rompió una cuerda -¿la, mi?-) fue excelente cada vez que expuso el leitmotiv solista que atraviesa la obra. Las expansiones de la idea central, los precisos pizzicatos, los tramos dramáticos, fueron traducidos con finísimos o contundentes matices. Cabe destacar la labor de los bronces por afinación y ausencia de las consabidas pifias.

Nuestra Sinfónica sigue en pie y los avatares no parecen hacer mella visible en los resultados musicales.

René Vargas Vera

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