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Psicología / Trastorno afectivo estacional

La tristeza que comienza en otoño y termina en primavera

Ciencia/Salud

Es un tipo especial de depresión recurrente, que suele darse más entre las mujeres

Parece a propósito: “sad” significa “triste” en inglés, pero también es la sigla con la que se identifica un tipo de depresión que comienza a fines del otoño, alcanza su cenit en el invierno y se desvanece con las primeras ráfagas de la primavera: el stationaly afective disorder (SAD), o trastorno afectivo estacional (TAE), también llamado depresión otoñal u, otra vez en la lengua de los británicos, winter blues (tristeza invernal).

“La mayoría de la población experimenta en mayor o menor grado algunos cambios estacionales en sus sentimientos de bienestar y en sus comportamientos, así como en los patrones de sueño, energía y humor. En algunos, estos cambios son muy intensos y generan problemas en sus vidas: son los que sufren el trastorno afectivo estacional”, dice el doctor Alfredo Cía, coordinador de la sección de Trastornos de Ansiedad de la Asociación Psiquiátrica de América Latina (APAL).

Saber que existe este trastorno, en realidad, puede ser tranquilizador para una buena cantidad de personas que, con la llegada de los primeros días nublados, experimentan un bajón de ánimo casi imposible de remontar. Las víctimas preferidas son las mujeres, y especialmente las más jóvenes, debido, en primer lugar, al complicado abanico hormonal femenino, que al producir cambios bruscos impacta sobre la estabilidad emocional, aunque también importan factores genéticos, psicológicos y culturales.

“Los síntomas principales del trastorno son irritabilidad, dificultades de concentración, pérdida de energía, aumento del sueño, disminución del deseo sexual, el evitar contactos con familiares o amigos y un incremento del apetito, con preferencia por dulces y chocolates, lo que causa un aumento de peso”, explica Iris Pugliese, psicóloga, directora del Centro Psicoanalítico Argentino.

Pugliese añade que el doctor Norman E. Rosenthal, jefe de la división Psiquiatría Ambiental del Instituto Nacional de la Salud Mental de los Estados Unidos, quien describió por primera vez el problema en 1981, halló que el SAD se presenta en alrededor del 20% de la población general de su país, aunque en un 6% de los casos los síntomas son más severos. “Esa proporción aumenta al 10%, siempre según Rosenthal, en países del Norte y con latitudes más altas y disminuye al 3% más al Sur”, especifica Cía.

Avidos de luz

Si bien no está completamente esclarecido, las investigaciones coinciden en que los días cortos y grises del invierno alteran los sistemas que regulan los ritmos circadianos (alternancia noche-día) de nuestro organismo, alimentados a... luz.

“Existe una glándula llamada pineal –explica el doctor Cía– que recibe fibras procedentes de la retina, receptora de luz, a través del nervio óptico y de otras vías nerviosas. La glándula pineal segrega melatonina, la hormona que influye sobre los ritmos biológicos y los ciclos de sueño-vigilia, cuya producción disminuye con la luz. Sin embargo, la melatonina no actúa sola. Hay muchas otras sustancias, entre éstas un neurotransmisor, llamado serotonina, que tanto en el hombre como en el animal interviene en la regulación del sueño, el apetito, el control de los impulsos y el deseo sexual.”

Así las cosas, los días más cortos y la disminución de la luz hace de las suyas con este delicado equilibrio neurohormonal y sobreviene la depresión estacional. “Algunos pacientes dicen que se sienten como si fueran dos personas distintas –agrega el psiquiatra–. Mientras en verano son vivaces, activas y alegres, en invierno baja el nivel de energía, tienen problemas para concentrarse en las tareas cotidianas, quieren dormir hasta tarde, tienen más hambre, quieren estar solos... Es como si estuvieran hibernando.”

Las soluciones posibles

Fue el mismo Rosenthal, descriptor del trastorno, quien algunos años después intentó su tratamiento con luminoterapia: nada más y nada menos que la aplicación de 2500 lux (unidades de iluminación) de luz brillante y espectro total (para evitar los rayos ultravioletas, que son dañinos).

“Existen numerosos estudios que demuestran su efectividad, en especial cuando se aplica durante la mañana –comenta el doctor Cía–. La mejoría suele ocurrir a los 3 días, un lapso breve si se lo compara con los antidepresivos, la medicación indicada en estos casos, que generalmente requiere de varias semanas antes de ofrecer una respuesta terapéutica, que no ocurre en todos los casos. En cambio, se comprobó que la luz brillante suprime la melatonina, algo que la luz artificial común no logra.”

Para la señora Luisa Riganti, que vive en Saavedra y fue diagnosticada de trastorno afectivo estacional hace 15 años (entonces tenía 50), la tristeza del invierno se había convertido en una compañera inevitable luego del inicio de una enfermedad que atacó a su hija, en ese momento una adolescente de 16 años.

“Había épocas en que no me mantenía en pie –recuerda–. Estaba tirada en la cama 5 meses mirando el techo. No había tratamiento que me diera resultado. Hasta que llegaba la primavera. Un buen día me veía en la cama, me preguntaba: ¿pero qué hago aquí? y me levantaba, como si nada hubiera pasado. Finalmente, llegó mi diagnóstico. Es que hasta hace algunos años se creía que este problema pasaba sólo en los países donde falta mucho sol en invierno.”

Luisa Riganti contó con una ventaja: su marido, electrotécnico, construyó el sencillo aparato con el que realiza todas las mañanas entre 2 y 3 horas de terapia lumínica al comenzar el otoño.

“Coso o leo mientras me expongo a la luz. No da mucho calor a pesar de que viene de diez tubos grandes de luz de día –explica–. Yo estoy a un metro de distancia. Las medidas son muy exactas, se hicieron por indicación médica y las tomó un ingeniero.”

Además de este recurso terapéutico, la licenciada Pugliese menciona la psicoterapia, la mayor exposición al sol y la realización de actividad física, especialmente por la mañana (todos ellos mecanismos que mejoran la respuesta neurohormonal).

La psicóloga también recomienda sentarse cerca de las ventanas en el trabajo, utilizar lamparitas de alta potencia y evitar la oscuridad en los ambientes pequeños. .

Por Gabriela Navarra De la Redacción de LA NACION
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