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Dictó cátedra en Colombia, México y Venezuela

Isabel Aretz, la memoria del folklore americano

Espectáculos

La prestigiosa investigadora sigue activa a los 93 años

Ya en 1931 Isabel Aretz era profesora superior de piano, egresada del Conservatorio Nacional de Música y Arte Escénico; en 1933, profesora superior de composición en la misma casa de estudios, y en 1967, doctora (summa cum laude) en música en la especialidad musicología y crítica en la Facultad de Artes de la Universidad Católica, año en que asume como profesora de etnomusicología del área latinoamericana en las universidades de Indiana (Estados Unidos) y la Católica local.

La trayectoria de esta prestigiosa investigadora -nacida el 14 de abril de 1909- no reconoce pausas en la enseñanza y, sobre todo, en la publicación de trabajos sobre música tradicional argentina, música prehispánica en las altas culturas andinas, instrumentos musicales autóctonos, artesanías, indumentaria, festividades, costumbres, tanto en nuestro país como en Venezuela, al tiempo que cosecha premios desde aquel primero municipal de Música de 1950.

Isabel Aretz, que regresó al país hacia fines de los años 90 tras haber permanecido afuera por cuarenta y cuatro años, dictó cátedras de Cultura oral tradicional y etnomusicología y folklore, en los años 70, en las universidades de Colombia y México. Pero será a partir de 1980 que se reinstala en Caracas (Venezuela) como profesora fundadora de la cátedra de etnomusicología en la Escuela de Artes de la Universidad Central, tarea que desempeñó permanentemente hasta 1996. Durante esos dieciséis años la investigadora y docente pudo regresar a la Argentina o trasladarse a España para esparcir la semilla de sus profundos conocimientos.

La intensa vida de nuestra venerable anciana, consagrada a la investigación y enseñanza, recogida en parte en las películas documentales conocidas en 1942 ("Voces de la tierra. Argentina, Chile, Bolivia, Perú") y en 1999 ("Isabel Aretz: Memoria de la música de América"), es difícil de abarcar. Sobre todo si se tienen en cuenta su creación de entidades como el Instituto Interamericano de Etnomusicología y Folklore (1970), avalado por la OEA, la de la Fundación Internacional de tales materias, ambas en Venezuela, y la del Centro Argentino de Etnomusicología y Folklore (1997); cátedras, como las de Etnomusicología de la Escuela Nacional de Danzas de Buenos Aires (1948) y otra en Venezuela (1980), revistas (publicadas con patrocinio de la OEA, desde 1977), pero sobre todo su calidad de compositora.

Buenos Aires pareció prepararse -en 1937, cuando la Orquesta Sinfónica estrenó en el teatro Cervantes su obra "Puneñas"- para percibir en la anticipatoria partitura que testimoniaba sus predilecciones estéticas, aquel costado creador, casi desconocido en nuestro país. Isabel Aretz compuso tanto obras sinfónicas como páginas para timbales y cinta magnetofónica, sinfónico-corales, piano y cinta magnetofónica, suite para clave, etcétera.

"Aquí no se conoce esta faceta mía -confiesa con un dejo de decepción-. Las obras musicales que escribí fueron estrenadas y tocadas en Venezuela, en teatros de Holanda y en una iglesia de Nueva York. Fui compañera de Alberto Ginastera en el López Buchardo. Para egresar de ese conservatorio debí escribir una ópera al modo ruso. Un día escuché una conferencia de Carlos Vega sobre música incaica. Me interesó lo de las escalas pentatónicas y griegas. Creo que eso me inclinó al estudio de la etnomúsica. Allí me convertí en alumna y colaboradora de ese maestro que, además de tocar guitarra, era poeta y cuentista, amigo de Andrés Segovia y ayudante de cátedra de Ricardo Rojas. El nos dejó una obra importantísima de investigación. Le debemos la formación de muchos jóvenes. Después estudié con Heitor Villa-Lobos. El preguntó si había compositores en nuestro conservatorio. Al saber que yo lo era, me dijo "siéntese al piano y toque algo suyo". Toqué "Alma Curú" una música inspirada en el Paraguay. Entonces me dijo: "Tiene una beca para estudiar conmigo". Me llevó a Tijuca sugiriendo: "Aquí le tiene que salir la inspiración"."

-¿Por qué razón vino a recluirse en San Isidro?

-Me nombraron académica en la Academia de Ciencias y Artes de aquí y me prometieron publicar dos libros y dar una casa antigua para mi colección de musicológica, biblioteca y archivo. Al volver en 1997 quise traer a mi tierra todo lo que había aprendido.

Isabel Aretz, que fue colaboradora de LA NACION desde 1946 hasta 1952, confiesa que tras regresar a su tierra "todavía no encontró acomodo" porque "todo es aquí difícil". La investigadora estuvo acostumbrada al apoyo oficial e internacional (por ejemplo, de la OEA) porque reconocieron su talento y tesón. De Venezuela la llamaron cuando se enteraron, por medio del poeta Juan Liscano, de la publicación, en la Universidad de Tucumán (1946), de su primer libro, "Música tradicional argentina. Tucumán, historia y folklore", donde recopiló 795 melodías.

Ese año de 1946 la becó el gobierno argentino por un período anual.

"Mi primera estada en Venezuela fue a partir de 1948. Fui con mi marido. Nos esperaba una gran labor, pero contamos con todos los medios y apoyo incondicional. Al año siguiente fui directora fundadora del Instituto Interamericano de Etnomusicología y Folklore, del programa regional de desarrollo cultural de la OEA. La tarea fue recopilar música de América latina y formar jóvenes técnicos. También recibimos una beca Guggenheim para investigar en México, Colombia, Ecuador y América Central para asignarle trabajo a los jóvenes con ella formados. Fue urgente recopilar y así formamos una colección en esos países con copia en Venezuela, pero destinados a toda América latina. Mi intención, cuando regresé hace ocho años -despué de que murió mi esposo-, fue traer todo ese material propio de una biblioteca especializada en la cultura de aquellos países, aunque aquí es difícil crear algo; nunca hay dinero."

-Sacrificada fue la vida del investigador en aquel tiempo...

-Los trabajos de campo, las grabaciones, fotos y filmaciones tienen siempre mucho de apasionante. Emprendimos esa tarea estimulados por lo realizado por Bartok en Hungría. Cuando transitábamos esos caminos de Dios mi marido grababa y yo recogía datos. En 1941 hicimos una filmación en asentamientos mapuches y araucanos en Chile, Bolivia y Perú. Allí descubrimos la fascinante música prehispánica, que todavía sigo estudiando. He recogido un material valiosísimo de La Rioja y Catamarca. Vidalitas (a veces se las denomina vidalas), y sus grandes diferencias con la baguala. Las bagualas (que en otras partes reciben otros nombres), con sus tres notas, son prehispánicas. Hay todo un material pentatónico y de pie binario, igualmente prehispánico en sus raíces. Es un mundo por conocer. Eso me permitió escribir (entre mis 22 libros publicados y tres inéditos), por ejemplo, un Manual de Folklore Venezolano, cuyos 10 mil ejemplares se repartieron en escuelas. Era importante enseñar primero lo propio, lo que estamos olvidando: la música enraizada en América latina, y transmitir lo que significa el rescate de las tradiciones y esa música desconocida en los estratos culturales de nuestros países. Durante mucho tiempo sólo miramos hacia Europa, por eso consideramos que era urgente recopilar. Y en estos últimos años quise traer parte de ese bagaje a mi tierra. Quiero un instituto especializado, volver a dar cursos, siempre gratis. Es parte de mi vida, más allá del estímulo que significan los premios. Ahora voy a publicar un libro en el que relato mis viajes como maestra o profesional, etnomusicóloga y compositora.

- ¿En qué estado ve usted el folklore que se difunde actualmente?

-Escuché algo. Pero estamos muy lejos de esos patrimonios de los que le hablo. Hace muchos años que se inventó el folklore. Yo creo que se lo puede recrear, pero con conocimiento de esos materiales y, sobre todo, con respeto por la cultura de nuestros antepasados. Debemos entroncarnos en esas expresiones que todavía no se conocían a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Cada país tiene maravillas. Lamentablemente los conquistadores mataron a los músicos, como ocurrió en México. Casi todo nos llega después de la Conquista. En 1927 Carlos Vega fue a grabar en el interior. Gómez Carrillo también dio a conocer ese bagaje. Y Chazarreta empieza a utilizar -con la ayuda de maestros, para escribirlo, porque no contaba con medios adecuados- tales manifestaciones poético-musicales. Mis grabaciones datan de 1939. Hice cuarenta viajes como becaria a Chile. Estuve en Tucumán y en La Rioja y en 1947 viajé por primera vez a Venezuela. Hay una variedad inmensa de ritmos en América latina; muchas especies musicales que se divulgan en fiestas como el carnaval, y en bailes. Incluso hay música religiosa. Sin embargo la tarea de Vega, Cortazar y sus discípulos no se ha difundido. No se ha valorado lo propio, ése es el problema. .

René Vargas Vera
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