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Schumann y Brahms, en manos buenas y nobles

Domingo 19 de mayo de 2002

Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional con dirección de Mario Benzecry y participación de la pianista Paula Peluso como solista. Programa: "Alborada", movimiento sinfónico de Emilio Kauderer (estreno absoluto); Concierto Op. 54, en la menor, para piano y orquesta, de Schumann, y Sinfonía N° 1 Op. 68, en do menor, de Johannes Brahms. En el Auditorio de Belgrano. Nuestra opinión: muy bueno.

Tanto por las obras ejecutadas cuanto por la calidad de sus intérpretes, el público que sigue las audiciones de la Sinfónica Nacional acaba de asistir a un concierto de características singulares.

En primer término, por ofrecer una obra en calidad de estreno de un compositor argentino contemporáneo multifacético, de gran suceso, más conocido hasta el presente por las bandas sonoras de varias producciones fílmicas argentinas -con una veintena de títulos, algunos de gran éxito, como "Tiempo de revancha" , "Made in Argentina" y "Ultimos días de la víctima"-. Con ello, Emilio Kauderer sigue el derrotero de varios compositores argentinos de primera línea, como García Morillo, Ginastera y Gilardo Gilardi, quienes, procedentes de una formación académica de primer orden, transitaron ocasionalmente por la pantalla grande con señalado suceso.

Su "Alborada" es el primero de cuatro Movimientos Sinfónicos, en el que adopta la forma clásica -Adagio y Allegro con brio-, reflejando, según sus propias palabras "el despertar de una Argentina que crece llena de cambios y diferentes idiosincrasias".

Este primer movimiento refleja claramente la índole cambiante del país que anuncia,y ha sido encarado con cierto optimismo programático ingenuo y lineal, aunque positivo. Los diferentes timbres instrumentales del Adagio inicial apuntarían a la diversidad de los tipos humanos que llegaron a estas tierras, y los instrumentos de soplo, con sus disonancias dramáticas, a las dificultades y dudas por resolver, según reza el programa de mano, útil guía orientadora.

Tango serial

El Allegro con brio incorpora, junto a una melodía serial, fuerte rítmica de tango, "obsesiva y pensante", como puntualiza el autor sobre la partitura, con el evidente propósito de combinar el folklore real con el urbano. Muy eficaz en el manejo de los materiales sonoros, timbres y colores orquestales, en el conocimiento de las formas musicales, Kauderer parece estar más interesado en ofrecer -al menos, en este primer movimiento- una visión amplia y diversificada de su programa. Su trazo es ágil y su versatilidad, espontánea e inquieta, de gran colorido orquestal. La Sinfónica tradujo estos aspectos con gran efectividad y compenetración con el lenguaje propuesto.

El sereno y luminoso mundo, de sabia sencillez, que campea en el Concierto Op. 54 de Schumann, para piano y orquesta -con sus episodios apasionados y su simplidad intimista, a la que se suma cierta efusividad sinfónica en varios de sus pasajes- encontró en la pianista Paula Peluso y en el director Mario Benzecry, al frente de la Sinfónica, a dos traductores de gran solvencia técnica.

Excelente solista

Paula Peluso puso una vez más de manifiesto sus excelentes condiciones de solista, con un sonido que se impuso por su calidad desde los acordes iniciales de la obra, y con perfecto control de medios técnicos y expresivos, que supo manejar con gran pulcritud y fluida espontaneidad. Su fraseo fue claro, con perfecta articulación, flexibilidad en las muñecas y equilibrio de ambas manos. Así, el Allegro affetuoso resultó elocuente, y el Intermezzo tuvo la garantía de una musicalidad efectiva en el expresivo diálogo con la orquesta, la que por su parte tuvo admirables solos instrumentales. La ascendente carrera de Peluso va por caminos seguros y se halla en el umbral de la intuición musical que toda recreación pide al artista con amplia disponibilidad de medios, como es su caso.

La Sinfónica, con la inteligente guía de Benzecry, fue un sostén valioso y transparente para esta obra que requiere de gran sentido de interrelación con el instrumento solista. Otras facetas del sinfonismo centroeuropeo habrían de aflorar con la interpretación de la Sinfonía N° 1, en do menor, de Brahms ,en la que el director estuvo a la altura de sus brillantes antecedentes.

Tuvo esta versión la consistente densidad sonora requerida. La Sinfónica sonó equilibrada en todo momento y el tono grave y dramático que recorre la obra desde el comienzo, con su austera gravedad y pujanza, en el Poco Sostenuto y el Allegro fue asumido con propiedad expositiva y equilibrio dinámico. La batuta de Benzecry comunicó ideas y éstas fueron claras e inteligibles. con gran carga expresiva.

Los bronces fueron efectivos y la percusión dejó en algunas entradas algo que desear en determinados pasajes, pero la Sinfónica reveló que tiene solistas de excepción (como el oboe y la flauta), y las cuerdas tuvieron la transparencia y la carga emotiva requerida.

Héctor Coda

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