Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí
lanacion.com | Las noticias que importan y los temas que interesan

La semana política II

Duhalde y Blejer, atados a la misma suerte

Opinión

MARIO BLEJER no es sólo un destacado exponente de la economía. Su presencia en la conducción del Banco Central reconoce una clara resonancia política; su eventual renuncia tendrá, por lo tanto, consecuencias políticas. Como un gobernador peronista se lo dijo a Blejer sin remilgos en los últimos días, a su estabilidad está atada la estabilidad del propio gobierno de Eduardo Duhalde.

Las alusiones a Blejer como el referente local del Fondo Monetario Internacional son un exceso de simplificación. Si bien ha formado parte durante 20 años de sus equipos directivos, esa confianza le permitió también ponerle límites a los zigzagues de Anoop Singh o a las extravagancias verbales de Anne Krueger.

Existe, sí, la confianza. Blejer debe de ser, en las actuales circunstancias, el argentino más respetado en el mundo financiero internacional. A su paso se le abren las puertas del poderoso Alan Greespan, jefe de la Reserva Federal de Estados Unidos; del duro Paul O´Neill y del comprensivo John Taylor, jefe y vicejefe del Tesoro; del inclemente Horst Köhler y de la parlanchina Krueger. No es poca cosa cuando el país ha destruido, entre ineptitudes e irresponsabilidades, casi todos los puentes sensatos que tenía con el exterior.

Con un tono de voz que jamás levanta los decibeles y con oídos dispuestos a escuchar coincidencias y disidencias con el mismo respeto, Blejer ha mostrado una virtud poco común en la política argentina: habla, y cuando lo hace no esconde los conflictos más concretos y reales del país.

Sus interlocutores más asiduos van de Ricardo López Murphy (con quien suelen repasar hasta el proyecto presidencial del ex ministro) a Elisa Carrió (con quien acostumbra a compartir un café o un almuerzo) y desde Domingo Cavallo (su más viejo amigo en la política local) hasta Pedro Pou (el enemigo de Cavallo, pero de quien Blejer extrae experiencias en la conducción monetaria), pasando por gobernadores y senadores de cualquier laya.

Por eso, la versión de que sus encuentros con Pou son parte de una conspiración del liberal CEMA expresa sólo una versión paranoica y sectaria de la política.

Blejer se ha enfrentado con Roberto Lavagna y su renuncia no es una perspectiva descartada. Sin embargo, cultiva el respeto profesional y personal por el ministro de Economía, aunque no trabó con él -es cierto- la amistad personal que lo une a Jorge Remes Lenicov.

Fuera y dentro del país suelen decir que Remes Lenicov era un funcionario bienintencionado, aunque su equipo era intelectualmente pobre, pero califican al de Lavagna directamente de indigente. La aptitud de Guillermo Nielsen, secretario de Financiamiento, ha sido seriamente cuestionada por los referentes internacionales, por los bancos y por el propio Blejer.

Nielsen fue el delegado de Remes Lenicov en el Banco Central. Cuando llegó Lavagna, Blejer le pidió que nombrara a alguien con más conocimiento del tema (Nielsen es experto en comercio exterior y no en finanzas). Lavagna le hizo caso: lo sacó a Nielsen del Banco Central, pero lo ascendió a secretario de Financiamiento, el interlocutor directo de Blejer y de los bancos. La relación entre el ministro y el presidente del Banco Central no pudo empezar peor.

El único objetivo inmediato de Blejer es evitar dos catástrofes: un proceso hiperinflacionario y una caída caótica del sistema financiero. Lavagna y Nielsen han elaborado una salida del corralito que, según Blejer, pondrá a la Argentina en las puertas de la hiperinflación: colocaría demasiados depósitos en las puertas de los bancos, esperando la oportunidad de escapar hacia el dólar.

El Banco Central debería intervenir para frenar el dólar jibarizando aún más las reservas argentinas, necesarias para enfrentar en el futuro otra certeza argentina: el tipo de cambio dejará de ser libre en algún momento, según una perceptible sensación política y social.

La estampida de depósitos obligaría a los bancos a pedirle ayuda al Banco Central y éste debería seguir emitiendo pesos. La emisión dispararía la hiperinflación. Si Blejer decidiera frenar la asistencia a los bancos, lo que sobrevendrá es el colapso impetuoso y desprolijo del sistema financiero.

El sistema bancario argentino deberá ser reestructurado después de haber quedado reducido, por obra de la fuga de capitales y de la feroz devaluación, a una décima parte de lo que era. El conflicto radica en saber si la reestructuración será una operación lenta y ordenada hecha por el Banco Central o si quedará en manos de la naturaleza, anárquica e indómita, dentro de un gobierno que exhibe la rectificación como su único proyecto previsible.

El Banco Central no tiene armas para ir a esa guerra. Desde José Luis Machinea hasta Roque Maccarone, todos los presidentes del Banco Central debieron enfrentar procesos judiciales por la caída de algún banco. ¿Qué le pasaría a Blejer si tuviera que comandar fusiones, ventas y liquidaciones de muchos bancos?

Cuando, el jueves último, un grupo de senadores peronistas fue a verlo a Blejer para tratar de calmar su ánimo devastado, éste les pidió protección jurídica y política para comenzar la cirugía. Pero la política es a veces poco realista: ya Machinea, como ministro de Economía, intentó enviar al Congreso un proyecto sobre la inmunidad jurídica del Banco Central, para garantizarle las necesarias facultades a la autoridad monetaria, y chocó de narices.

Hace pocos días, Blejer habló también con los gobernadores Carlos Reutemann y José Manuel de la Sota, a quienes convocó, desesperado, desde Basilea, donde estuvo el fin de semana último con Greespan. ¿Qué hago?, les preguntó, ya en Buenos Aires. Usted no se puede ir. Busque nuestro apoyo y lo tendrá, le replicó el gobernador de Córdoba. Su opción no es fácil: debe decidir entre usted y la patria, le contestó, más cauto, el de Santa Fe.

¿Qué quiso decir aquel gobernador que ató la suerte de Blejer a la de Duhalde? El Presidente está cerca de un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, espoleado éste por su propia exposición del caso argentino y por un crucial giro en la posición de Europa. Pero las más altas expresiones internacionales han vuelto a desconfiar de la vocación presidencial por una visión moderna y amplia del mundo.

¿Cuánto durará en el gobierno? ¿Cumplirá Duhalde sus compromisos?, son las preguntas más frecuentes de los interlocutores extranjeros. El propio peronismo le ha perdido el respeto que todo jefe peronista necesita como un bien imprescindible, desde que osciló entre la ortodoxia y la heterodoxia.

Reutemann está dolido por las mismas razones por las que Felipe Solá está apesadumbrado; sólo en la provincia de Buenos Aires aparecieron, mágicamente, más de 60.000 subsidios para jefes de hogar a través del aparato político-gremial del duhaldismo, pasando por alto a las autoridades políticas provinciales.

De la Sota sopesa en Córdoba una única obsesión: la conservación del poder por parte del peronismo, más allá o más acá de Duhalde.

La salida de Blejer profundizaría, en efecto, la debilidad presidencial en el exterior y en el interior, porque se iría el argentino más confiable en el mundo que desconfía y porque varios gobernadores peronistas podrían dar por cancelado el cheque político que le dieron a Duhalde en su momento. Así, Duhalde y Blejer tienen que administrar, en los próximos días, algo mucho más importante que una simple disputa por el infierno del corralito. .

TEMAS DE HOYConsejo de la MagistraturaLa relación EE.UU. - CubaMariano BeneditElecciones 2015