Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Homilía completa del cardenal Bergoglio en el Tedéum

Sábado 25 de mayo de 2002 • 11:12

“Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, era jefe de los publicanos. El quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura. Entonces se adelantó y subió a un sicómoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí. Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: “Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría.

Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: “Se ha ido a alojar en casa de un pecador”. Pero Zaqueo dijo resueltamente al Señor: “Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más”. Y Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido”. Del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas 19,1-10

Quizás como pocas veces en nuestra historia, esta sociedad malherida aguarda una nueva llegada del Señor. Aguarda la entrada sanadora y reconciliante de Aquél que es Camino, Verdad y Vida. Tenemos razones para esperar. No olvidamos que su paso y su presencia salvífica han sido una constante en nuestra historia. Descubrimos la maravillosa huella de su obra creadora en una naturaleza de riqueza incomparable. La generosidad divina también se ha reflejado en el testimonio de vida de entrega y sacrificio de nuestros padres y próceres, del mismo modo que en millones de rostros humildes y creyentes, hermanos nuestros, protagonistas anónimos del trabajo y las luchas heroicas, encarnación de la silenciosa epopeya del Espíritu que funda pueblos.

Sin embargo, vivimos muy lejos de la gratitud que merecería tanto don recibido. ¿Qué impide ver esta llegada del Señor? ¿Qué torna imposible el “gustar y ver qué bueno es el Señor” (Sal. 34,9) ante tanta prodigalidad en la tierra y en los hombres? ¿Qué traba las posibilidades de aprovechar en nuestra Nación, el encuentro pleno entre el Señor, sus dones, y nosotros? Como en la Jerusalén de entonces, cuando Jesús atravesaba la ciudad y aquel hombre llamado Zaqueo no lograba verlo entre tanta muchedumbre, algo nos impide ver y sentir su presencia. En la escena evangélica se nos da la clave en términos de altura y de abajamiento. De altura, porque Zaqueo se deja ganar el corazón por el deseo de ver a Jesús y, como era pequeño de estatura, se adelanta y trepa a un sicómoro. Ningún talento, ninguna riqueza puede reemplazar una chatura moral o –en todo caso, si el problema no es moral- no hay salida para una mirada baja, sin esperanza, resignada a sus límites, carente de creatividad.

En esta tierra bendita, nuestras culpas parecen haber achatado nuestras miradas. Un triste pacto interior se ha fraguado en el corazón de muchos de los destinados a defender nuestros intereses, con consecuencias estremecedoras: la culpa de sus trampas acucia con su herida y, en vez de pedir la cura, persisten y se refugian en la acumulación de poder, en el reforzamiento de los hilos de una telaraña que impide ver la realidad cada vez más dolorosa. Así el sufrimiento ajeno y la destrucción que provocan tales juegos de los adictos al poder y a las riquezas, resultan para ellos mismos apenas piezas de un tablero, números, estadísticas y variables de una oficina de planeamiento. A medida que tal destrucción crece, se buscan argumentos para justificar y demandar más sacrificios escudándose en la repetida frase “no queda otra salida”, pretexto que sirve para narcotizar sus conciencias. Tal chatura espiritual y ética no sobreviviría sin el refuerzo de aquellos que padecen otra vieja enfermedad del corazón: la incapacidad de sentir culpa. Los ambiciosos escaladores, que tras sus diplomas internacionales y su lenguaje técnico, por lo demás tan fácilmente intercambiable, disfrazan sus saberes precarios y su casi inexistente humanidad.

Como a Zaqueo puede hacérsenos consciente nuestra dificultad para vivir con altura espiritual: sentir el peso del tiempo malgastado, de las oportunidades perdidas, y surgirnos dentro un rechazo a esa impotencia de llevar adelante nuestro destino, encerrados en nuestras propias contradicciones. Ciertamente, es habitual que, frente a la impotencia y los límites, nos inclinemos a la fácil respuesta de delegar en otros toda la representatividad e interés por nosotros mismos. Como si el bien común fuera una ciencia ajena, como si la política -a su vez- no fuera una alta y delicada forma de ejercer la justicia y la caridad. Cortedad de miras para ver el paso de Dios entre nosotros, para sentirnos gratificados y dignos de tantos dones, y no tener escrúpulos en hacerlos valer sin renunciar a nuestra histórica vocación de apertura no invasiva a otros pueblos hermanos.

Como nosotros también Zaqueo sufría esa cortedad de miras. Sin embargo sucede el milagro: el personaje evangélico se eleva sobre su mediocridad y encuentra la altura donde subirse. Porque del dolor y de los límites propios es de donde mejor se aprende a crecer y de nuestros mismos males es desde donde nos surge una honda pregunta: ¿Hemos vivido suficiente dolor para decidirnos a romper viejos esquemas, renunciar a actitudes necias tan arraigadas y dar rienda suelta a nuestras verdaderas potencialidades? ¿No estamos ante la oportunidad histórica de revisar antiguos y arraigados males que nunca terminamos de plantear, y trabajar juntos? ¿Hace falta que más sangre corra al río, para que nuestro orgullo herido y fracasado reconozca su derrota?

Zaqueo no optó por la resignación frente a sus dificultades, no cedió su oportunidad a la impotencia, se adelantó, buscó la altura desde donde ver mejor, y se dejó mirar por El Señor. Sí, dejarse mirar por el Señor, dejarse impactar por el dolor propio y el de los demás; dejar que el fracaso y la pobreza nos quiten los prejuicios, los ideologismos, las modas que insensibilizan, y que –de ese modo- podamos sentir el llamado: “Zaqueo baja pronto”. Esta es la segunda clave de este pasaje evangélico: Zaqueo responde a un Jesús que lo llama a abajarse. Bajarse de sus autosuficiencias, bajarse del personaje inventado por su riqueza, bajarse de la trampa montada sobre sus pobres complejos. En efecto, ninguna altura espiritual, ningún proyecto de grandes esperanzas, puede hacerse real si no se construye y se sostiene desde abajo: desde el abajamiento de los propios intereses, desde el abajamiento al trabajo paciente y cotidiano que aniquila toda soberbia.

Hoy como nunca, cuando el peligro de la disolución nacional está a nuestras puertas, no podemos permitir que nos arrastre la inercia, que nos esterilicen nuestras impotencias o que nos amedrenten las amenazas. Tratemos de ubicarnos allí donde mejor podamos enfrentar la mirada de Dios en nuestras conciencias, hermanarnos cara a cara, reconociendo nuestros límites y nuestras posibilidades. No retornemos a la soberbia de la división centenaria entre los intereses centralistas, que viven de la especulación monetaria y financiera, como antes del puerto, y la necesidad imperiosa del estímulo y promoción de un interior condenado ahora a la “curiosidad turística”. Que tampoco nos empuje la soberbia del internismo faccioso, el más cruel de los deportes nacionales, en el cual, en vez de enriquecernos con la confrontación de las diferencias, la regla de oro consiste en destruir implacablemente hasta lo mejor de las propuestas y logros de los oponentes. Que no nos corten caminos las calculadoras intransigencias (en nombre de coherencias que no son tales). Que no sigamos revolcándonos en el triste espectáculo de quienes ya no saben cómo mentir y contradecirse para mantener sus privilegios, su rapacidad y sus cuotas de ganancia mal habidas, mientras perdemos nuestras oportunidades históricas, y nos encerramos en un callejón sin salida. Como Zaqueo hay que animarse a sentir el llamado a bajar: bajar al trabajo paciente y constante, sin pretensiones posesivas sino con la urgencia de la solidaridad.

Hemos vivido mucho de ficciones, creyendo estar en los primeros mundos, nos atrajo “el becerro de oro” de la estabilidad consumista y viajera de algunos, a costa del empobrecimiento de millones. Cuando oscuras complicidades de dentro y fuera, se convierten en coartadas de actitudes irresponsables que no vacilan en llevar las cosas al límite sin reparar en daños: negocios sospechosos, lavados que eluden obligaciones, compromisos sectoriales y partidarios que impiden una acción soberana, operativos de desinformación que confunden, desestabilizan y presionan hacia el caos; cuando sucede esto de poco nos sirve la tentación ilusoria de exigir chivos expiatorios en aras del supuesto surgimiento de una clase mejor, pura y mágica… Sería subirse a otra ilusión. Debemos reconocer con dolor que, entre los propios y los opuestos hay muchos Zaqueos, con distintos títulos y funciones; Zaqueos que intercambian papeles en un escenario de avaricia casi autoritaria, a veces con disfraces legítimos.

Lo mejor es dejar que el Zaqueo que hay dentro de cada uno de nosotros se deje mirar por el Señor, y acepte la invitación a bajar. Este llamado del Evangelio es memoria y camino de esperanza. Aquel que busca y se deja alcanzar por lo sublime da lugar a una alegría nueva, a una posibilidad de redención. Y Zaqueo se redime, accede alegre a la invitación del único que nos puede reconciliar, Dios mismo. Accede a sentarse a la mesa de todos, a la de la amistad social. Nadie le pidió a aquel publicano que fuera lo que no podía ser, sino que simplemente se bajara del árbol. Se le pide que se avenga a la Ley de ser uno más, de ser hermano y compatriota, que cumpla la ley.

Esto hay que lograr: hacer cumplir la ley, que nuestro sistema funcione, que el banquete al que se nos convoca en el Evangelio sea ese lugar de encuentro y convivencia, de trabajo y celebración que queremos, y no “un café al paso” para los intereses “golondrina” del mundo; esos que llegan, extraen y parten. La ley es la condición infranqueable de la justicia, de la solidaridad y de la política, y ella nos cuida, al bajar del árbol, de no caer en la tentación de la violencia, del caos, del revanchismo. Asumamos el dolor de tanta sangre vertida inútilmente en nuestra historia. Abramos los ojos a tiempo: una sorda guerra se está librando en nuestras calles, la peor de todas, la de los enemigos que conviven y no se ven entre sí, pues sus intereses se entrecruzan manejados por sórdidas organizaciones delincuenciales y sólo Dios sabe qué más, aprovechando el desamparo social, la decadencia de la autoridad, el vacío legal y la impunidad.

No es el momento de tener miedo y vergüenza de nosotros mismos, todos somos un poco Zaqueo, y todos tenemos enormes talentos y valores. Miramos con nostalgia las riquezas naturales, la brillantez de tantos compatriotas dispersos, la silenciosa e increíble resistencia de un pueblo humilde que defiende sus reservas y se niega a ceder su fe y sus convicciones, que lucha contra el desgaste. Ahora o nunca, busquemos la refundación de nuestro vínculo social, como tantas veces lo reclamamos con toda la sociedad y, como este publicano arrepentido y feliz, demos rienda suelta a nuestra grandeza: la grandeza de dar y darnos. La gran exigencia es la renuncia a querer tener toda la razón; a mantener los privilegios; a la vida y la renta fácil,… a seguir siendo necios, enanos en el espíritu. Como en el llamado evangélico, en numerosas oportunidades nos hemos dejado visitar por Dios. Allí lo grande y sublime ha surgido de nosotros. Hay en toda la sociedad un anhelo ya propuesto, insoslayable, de participar y controlar su propia representación, como aquel día que hoy rememoramos en que la comuna se constituyó en Cabildo.

Además del subirse para ver a Jesús y abajarse luego para seguir su invitación hay una tercera clave en el texto evangélico: el dar, el darse reparando el mal cometido. Zaqueo se anima a devolver lo mal habido y a compartir. Como el Zaqueo convertido, este pueblo, siente el deseo de “dar la mitad” y “devolver el cuádruplo”. Quiere rescatar del fondo de su alma el trabajo y la solidaridad generosa, la lucha igualitaria y la conquista social, la creatividad y la celebración. Sabemos bien que este pueblo podrá aceptar humillaciones, pero no la mentira de ser juzgado culpable por no reconocer la exclusión de veinte millones de hermanos con hambre y con la dignidad pisoteada. Si Zaqueo, antes de dejarse mirar por Jesús, ideaba la forma de que sus deudores se hundieran cada vez más, no podía entonces reclamar supuestas obligaciones éticas ni castigos ejemplares. Una vez convertido debe reconocer su estafa usurera, y devolver lo que robó. Contemplemos el final de la historia: Un Zaqueo avenido a la ley, viviendo sin complejos ni disfraces junto a sus hermanos, viviendo sentado junto al Señor, deja fluir confiado y perseverante sus iniciativas, capaz de escuchar y dialogar, y sobre todo de ceder y compartir con alegría de ser.

La historia nos dice que muchos pueblos se levantaron de sus ruinas y abandonaron sus ruindades como Zaqueo. Hay que dar lugar al tiempo y a la constancia organizativa y creadora, apelar menos al reclamo estéril, a las ilusiones y promesas, y dedicarnos a la acción firme y perseverante. Por este camino florece la esperanza, esa esperanza que no defrauda porque es regalo de Dios al corazón de nuestro pueblo. Hoy, más que nunca, nos convoca la esperanza. Ella nos inspira y da fuerzas para levantarnos y dejarnos mirar por Dios, abajarnos en la humildad del servicio, y dar dándonos a nosotros mismos. Por momentos soñamos una convocatoria, la esperamos mágica y encantadoramente. El camino es más sencillo: sólo debemos volver al Evangelio, dejarnos mirar como Zaqueo, escuchar el llamado a la tarea común, no disfrazar nuestros límites sino aceptar la alegría de compartir, antes que la inquietud del acaparar. Y entonces sí que escucharemos, dirigida a nuestra Patria, la palabra del Señor: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa,… porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lc 19: 10)

Card. Jorge Mario Bergoglio, s.j. Arzobispo de Buenos Aires

En esta nota:
Te puede interesar