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Testimonio dramático de estos tiempos de crisis

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LA NACION
Jueves 27 de junio de 2002

"Freno de mano", de Víctor Winer. Con Victoria Carreras, Gabo Correa y Pepe Monje. Escenografía, vestuario e iluminación: Julio Suárez. Dirección: Roberto Villanueva. En el Teatro Cervantes (Córdoba y Libertad). Funciones: jueves y domingos, a las 19.30; viernes y sábados, a las 20. Nuestra opinión: bueno.

En "Freno de mano", Víctor Winer reúne a dos desplazados sociales de esos que cada vez son más. Ella aguarda en la cama de un hospital una intervención quirúrgica. El anda de un lado para el otro intentando zafar porque siente que es lo único que le queda. Por lo pronto, por orden judicial hasta perdieron la posibilidad de entrar en el hogar que los cobijaba. Apenas se quedan con una muda y masticando bronca. Ante semejante panorama, la idea de clavar el freno de mano y revertir un rumbo inexorable parece algo imposible.

En ese transcurrir, Matilde pone el cuerpo en una entrega casi incondicional a su José (quizá, lo único que le queda). El inventa un norte cuyo destino es Nueva York. En la Gran Manzana imagina dejarse atropellar por un vehículo porque, como ocurre en muchas películas, las indemnizaciones dan buena plata. Claro que esa decisión implicará dar por tierra con su matrimonio y con sus raíces, pero su desesperación es tan grande que ya no mide las consecuencias.

Victoria Carreras y Pepe Monje
Victoria Carreras y Pepe Monje. Foto: Teatro Cervantes

La obra de Winer, ganadora del Primer Concurso de Obras Teatrales Argentinas para su traducción al inglés, tiene mucho de testimonial, de intentar dar cuenta del estado de caos en el que estamos viviendo. En el relato, el autor pinta situaciones grotescas, absurdas y de un efectivo humor negro. Pero, probablemente, el afán testimonial por momentos hace que termine haciendo referencias demasiado inmediatas, poco metaforizadas y hasta de interpretaciones muy servidas.

Pero en las manos de Roberto Villanueva, la puesta justamente juega sus fichas a poetizar esas situaciones. Por empezar, en lo que se refiere al diseño escenográfico de Jorge Suárez presenta un sitio despojado y frío iluminado por crudos tubos de neón. Un espacio casi atemporal que entra en sintonía con el universo que poco a poco van transitando José y Matilde.

Y precisamente cuando la obra pega ese salto (o cuando el director acentúa ese aspecto), el espectáculo adquiere mayor contundencia, vuelo y riqueza expresiva. Cuando más se profundiza el plano de la ensoñación o de lucha desesperada contra la muerte (lecturas que dieron los propios actores en un reportaje publicado en esta sección), la trama alcanza su costado más potente y poético.

El juego de duetos

Por problemas de incompatibilidad horaria de uno de los intérpretes, la obra posee un elenco rotativo en lo que se refiere al personaje masculino. Los días de semana la responsabilidad de darle vida a José recae en Gabo Correa y los fines de semana, en Pepe Monje.

La dupla Correa-Carrera aporta a sus criaturas un dejo de ternura, de una complicidad que deja a los personajes desnudos ante un futuro cada vez más lejos de ser perfecto. Y justamente esa desnudez, ese estado de vulnerabilidad, enriquece el trabajo compositivo. Un tono en el que los dos actores se entregan por completo, sin rodeos y con mucho talento.

Pepe Monje (y por elevación, su vínculo actoral con Carreras) transita otra cuerda. Sus movimientos son más bruscos y esa brusquedad le quita horizontalidad a la relación que sostiene con Matilde. Básicamente, dejan de ser pares. Pero, por otro lado, se acentúa la lectura de que todo es posible con tal de sobrevivir (cuerda explícita en el texto). Su José es más un yuppie (o un intento de) obnubilado por las luces de una Nueva York de la cual apenas tiene datos aislados. Y como buen yuppie , los fines justifican los medios.

Pero más allá de su fachada de ganador, la realidad indica que José está fuera del sistema. En ese punto, puede ser que el physique du rol de Monje no sea el adecuado (aspecto que excede el trabajo actoral y que, a lo sumo, compete a la elección del elenco). Porque si bien José hasta perdió la posibilidad de mirarse en el espejo de su casa, el físico de Monje de ninguna forma llega a dar cuenta de esa involuntaria dejadez.

Villanueva, con un material dramático estéticamente alejado de sus montajes de textos de Peter Handke o Thomas Bernhard, demuestra que detrás de una obra siempre está la opinión del director. Y tratándose de Villanueva, su opinión tiene vuelo, talento y riesgo, en la que los tres actores se convierten en sus fieles aliados.

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