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"La cultura fue expulsada por la economía"

El novelista, best seller en su país, advierte sobre los riesgos que produce el exceso de comunicación en el mundo globalizado

Miércoles 17 de julio de 2002

Es una suerte de Rey Midas. Convierte en un éxito de librería cada novela o libro de poemas que escribe. De cara a su vasto mundo de lectores, "comprensivos y cariñosos", el malagueño Antonio Gala -el segundo autor más vendido de España junto con Arturo Pérez Reverte- advierte que en la sociedad globalizada la cultura fue expulsada por "dos criadas gordas: la economía y la política". Y apunta a la incultura y la incomunicación como los grandes padecimientos del hombre de hoy.

Su libro "Los invitados al jardín" (Planeta), una suma de historias "esperanzadas hasta en su desesperanza", acaba de salir en la Argentina, tras erigirse en un best seller en la reciente Feria del Libro de Madrid.

Desde su refugio en Málaga, donde hilvana su próxima novela, el autor de "La pasión turca" dijo telefónicamente a LA NACION que se hallaba junto con sus habituales colaboradores, "la soledad y el silencio". Gala habló sobre el amor, los pesares del hombre actual y la Argentina.

Dijo, con esa voz peculiar que suena como la de un poeta desgarrado: "La pena es que todo acabe mal, antes que la vida, una y otra vez".

-¿Qué representa este nuevo libro en su prolífica vida de autor?

-Me ha rejuvenecido en un sentido casi físico. El libro es cómplice con nuestro tiempo, que es urgente y nos exige leer en los transportes. Me ha salvado de un cierto desánimo que me había invadido. Tanto es así que en este momento estoy preparando otro libro de historias de amor y desamor, que, probablemente, se llame "El dueño de las llagas".

-¿Quién lo inició en la lectura?

-Fue el libro como objeto el que me invitó a entrar. Tenía cinco años cuando compré con mis ahorros "Las mil mejores poesías de la lengua castellana". El libro siempre me ha consolado de todas las decepciones y me ha salvado de muy sombríos pozos.

-¿Le encuentra más sentido a las cosas cuando lee o cuando escribe?

-Creo que cuando me esfuerzo al escribir para entender las cosas. Los escritores tenemos la tentación grave que es escribir o leer a otros, pero nos falta algo importante: reflexionar aún sin escribir. Es la reflexión la que nos explica el sentido último de las cosas. Yo no soy un escritor de vocación, sino de destino. A mí la vida no me dio otra opción, pese a haber estudiado varias carreras universitarias, incluso abogacía.

-¿Se pregunta usted sobre la utilidad de escribir en un planeta amenazado de muerte?

-Claro que sí. Pero también yo amanezco amenazado de muerte. El milagro de las palabras y de la literatura es prolongar la vida, y hacer que los hombres miren hacia donde deben mirar, porque el amor sigue siendo el que mueve al sol y las estrellas.

-En su libro "En propia mano", usted dice que la sociedad confunde lo fundamental y lo accesorio. ¿Eso es alentado desde el poder y algunos medios masivos?

-Por supuesto. Hay una desjerarquización, una subversión de los valores que a la sociedad económica y globalizada le conviene. La entronización del dinero en un capitalismo desalmado es muy conveniente. Y se le hace la guerra al amor, que es siempre antigregario, convirtiéndolo en el enemigo de la sociedad.

-Michel Houellebecq reflexiona que mientras los medios de comunicación progresan, las relaciones humanas se vuelven progresivamente imposibles. ¿Lo comparte?

-De algún modo sí. Esa globalización trae consigo la falta de curiosidad por el otro, pues el otro se parece demasiado a uno. Entre los europeos la curiosidad es cada vez menor, porque las fronteras no existen y se viaja mucho. Empezamos a parecernos. Frente a una sociedad que se vuelve hostil, los jóvenes se encapullan en sus reductos para reforzar su intimidad. No me extraña que, como reacción, empiecen a leer poesía. Mi libro "Poemas de amor" vendió 1,5 millón de ejemplares. Es un fenómeno sociológico.

-¿Cuál es, a su juicio, el mayor padecimiento del hombre actual?

-La incultura es un grave padecimiento, porque hace que dejemos de ser nosotros. La cultura es nuestro origen y nuestro proyecto, nuestra memoria y nuestra profecía. Un pueblo se identifica y se autoconfirma con la cultura. Ella era la dueña de la casa, hasta que fue expulsada por dos criadas gordas: la economía y la política. Y se quedó sola, sentadita en la acera de enfrente, viendo como las dos criadas usurpan su casa. La consecuencia de la incultura es la desigualdad, el otro grave padecimiento.

-Escribió en "El águila bicéfala" que la incomunicación es lo peor del mundo. ¿Por qué?

-La palabra comunicación resume buena parte de cuanto amo y necesito. Comunicar es hacer partícipe a otro de algo que se sabe o se tiene, es descubrir algo, conversar, contagiar, transmitir. La comunicación más alta posee la gracia de despertar en el otro el sentido de quién es y de contribuir a que se reconozca. Y ésa es exactamente la definición del amor. El exceso de medios y de comunicación acaban produciendo incomunicación.

-¿Es el miedo a la pérdida de la identidad lo que endurece el rígido control de fronteras en Europa?

-No se puede hablar de una identidad europea. Las razones de ese endurecimiento son económicas y xenófobas. Eso es lo más grave de todo. Los grandes ideales de la Revolución Francesa permanecen incumplidos. Se pagará un alto precio porque es una traición al destino histórico de Europa.

-¿Qué sabe de cuanto ocurre en la Argentina?

-Me llega una información personal y detallada. España está muy pendiente de la Argentina y no se encuentra totalmente desprovista de culpa respecto de lo que allí ocurre. Pero los argentinos son responsables por haber sido poco exigentes con esas contadísimas familias que se han quedado con todo el dinero y fuera del país. Los organismos internacionales deberían actuar más rápidamente con la Argentina, que es el corazón de América del Sur. Quisiera que España deshaga el mal que pudiera haberle hecho a la Argentina.

Por Susana Reinoso De la Redacción de LA NACION

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