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La Argentina, en medio de una tormenta perfecta

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LA NACION
Domingo 22 de septiembre de 2002

En Washington reina el gobierno más duro y obstinado de las últimas décadas. En el alto mundo de las finanzas se extraña aún la ductilidad intelectual de Michel Camdessus o de Jacques de Larosiére cuando estaban al frente del FMI, ahora en manos de la rigidez y la intransigencia de Horst Köhler y de Anne Krueger. Europa se diluye entre políticas contradictorias que la están convirtiendo en una nulidad.

La tormenta no sería perfecta si en Buenos Aires no gobernara, al mismo tiempo, una estirpe política antigua y desinformada. Funcionarios, legisladores y jueces han puesto al sol ideas vetustas y decisiones catastróficas; eluden, así, el despido que presienten.

Los candidatos presidenciales deberían volver todos a casa, ya que no pueden hacer ningún aporte. Los índices de adhesión popular, aun de los más taquilleros, son tan paupérrimos que sólo sobresale el rechazo social a la actual oferta electoral.

Duhalde no tiene capacidad de articulación política desde que se quedó sin candidato y entregó, a cambio de nada, la fecha electoral. Los empresarios más importantes dentellean de pánico, pero las ideas son también ahí tan fértiles como un páramo. Todos confían en que un milagro -ciertamente improbable- torne previsible y razonable a la inexplicable política.

Sin embargo, la Argentina se está poniendo de pie sola, a pesar de sus dirigentes y de un mundo ciertamente distante y torvo. ¿Cuánto más puede un país sobrellevar su convalecencia sin médicos, sin enfermeros y sin hospital?

Joseph Stiglitz, él último Premio Nobel de Economía, publicó el viernes un artículo ( La recuperación argentina, en el diario El País , de Madrid) en el que asegura que se pueden ver los primeros indicios de la recuperación de la Argentina. Para muchos -dice- lo que sucedió y lo que está sucediendo en este país es un misterio...La cuestión es sencilla: los verdaderos recursos de la Argentina -su gente, con su enorme talento y capacidad, su tierra fértil, sus bienes de capital- siguen ahí. Lo que la economía necesita es una reactivación y la política debe centrarse en esta tarea, subraya.

La política, tal como la expresan los dirigentes de hoy, es parte del problema. Las formas del FMI son otra parte del conflicto. Krueger tiene la capacidad, por ejemplo, de convertir las buenas noticias en un reto de institutriz. Sus últimas declaraciones arroparon la propuesta de Roberto Lavagna: hizo suya la idea del ministro de firmar un acuerdo por la reprogramación de los vencimientos con los organismos hasta diciembre de 2003.

Un pacto de esa naturaleza le concedería al próximo gobierno un plazo de seis meses para negociar un acuerdo más sólido y duradero. Es lo que ha explicado Lavagna y lo que repitió ahora Krueger.

También Kšhler, en su carta a Duhalde del jueves último, manifestó su voluntad de acordar cuanto antes. La imprevista carta del jefe del FMI fue interpretada como un gesto para suavizar las feroces palabras de su compatriota alemán Hans Tietmeyer, que condenó para siempre a la Argentina a la insignificancia. Tietmeyer es casi una leyenda en el mundo de los economistas tras su largo paso por la presidencia del Bundesbank (el banco central alemán).

Los economistas son como los filósofos: nada es igual para ellos. ¿Cómo pueden disentir tanto Stiglitz y Tietmeyer cuando pronostican el futuro argentino? El problema no es Tietmeyer, sino Alemania. No hay país en el FMI que sostenga una posición más combativa e implacable contra la Argentina que la que expone el gobierno de Berlín. El conflicto de la empresa Siemens (la más importante de Alemania) con el gobierno argentino, por el contrato anulado para computarizar los padrones y las fronteras migratorias, estaría detrás de tanta inclemencia.

Dos presidentes argentinos (De la Rúa y Duhalde) le formularon al propio canciller Gerhard Schršder promesas que nunca cumplieron en el caso Siemens. La indolencia de los argentinos no tiene atenuantes. ¿Pero puede una potencia de la dimensión de Alemania diseñar sus relaciones internacionales sólo por los intereses afectados de una de sus empresas?

Alemania no es tampoco la excepción europea, aunque sea el caso de mayor severidad. Gran Bretaña, Holanda, España, Bélgica y Suiza compiten por empujar a la Argentina del mundo y no por rescatarla. En rigor, la Argentina sólo tendrá, cuando la tormenta se haya disipado, una deuda impagable de gratitud con Italia y Francia.

No es, claramente, un problema de ideología. Los socialdemócratas alemanes y británicos coinciden con la centroderecha española en su distancia con la Argentina, en tanto que los gobiernos de centroderecha de París y de Roma son invariablemente sensibles.

Nada viene de la nada. La Argentina carga sobre sus espaldas con el default victorioso de Rodríguez Saá, con el rancio aislacionismo inicial de Duhalde y con candidatos de pesadilla. ¿Justifica la ineptitud de unos pocos el interminable castigo a una nación o las condiciones a veces desmedidas del FMI?

Köhler escribió palabras pacíficas en los últimos días, pero mucho antes lo petrificó a Lavagna en la primera reunión que mantuvieron, memorable por su aspereza. Estoy dispuesto a explicarle al mundo por qué la Argentina no merece que la ayuden, le calzó Köhler no bien el ministro se sentó frente a él. Anne Krueger levantó en el acto la reunión, con un pretexto cualquiera, porque entrevió que lo que seguía era la ruptura.

Anoop Singh protestó a los gritos, hace pocos días, por la decisión de Lavagna de levantar parcialmente el corralito. ¿Estaba de acuerdo el Banco Central con esa decisión? Sí. ¿Estaba de acuerdo el propio FMI? Sí. ¿Cuál era el problema entonces? El problema era que la decisión no había sido informada previamente a las oficinas centrales del Fondo en Washington.

El Banco de la Provincia de Buenos Aires forma parte de las obsesiones del FMI. El directorio de la entidad acomodó ya su gestión al control del Banco Central. Los funcionarios argentinos explicaron que las avances sobre ese banco debían ser muy prudentes, porque su presencia está inscripta en el Pacto de San José de Flores. El FMI pidió que se cambiara ese Pacto, constitutivo de la Nación argentina y parte integrante de la propia Constitución. El Fondo terminó comprendiendo que todas las cosas tienen un límite.

La Argentina no pagará el vencimiento con el Banco Mundial, de 1050 millones de dólares, el próximo 10 de octubre. La información ya está en poder del organismo. El equipo económico hizo la oferta de amortizar ese pago en cuatro cuotas. ¿Viene entonces el default irremediable con los organismos, sobre cuyas desastrosas consecuencias advirtió Krueger?

No, tal vez. La carta de Köhler a Duhalde marca tres problemas para llegar al acuerdo: los amparos judiciales apadrinados por la Corte Suprema de Justicia; la falta de acuerdo de los parlamentos provinciales a los recientes pactos fiscales con la Nación y las leyes del Congreso que afectaron al sistema financiero. El asunto más difícil e imprevisible de cumplir es el que refiere a la Corte Suprema.

El conflicto con la Corte está centrado en el juicio político y en la renuencia radical a darle a la reunión, que archivaría ese trámite, el quórum necesario. No hay argumentos nobles en ningún lado. En muy pocas personas (funcionarios, legisladores y jueces) se cifra ahora el destino. La responsabilidad política se encoge como un papel que arde.

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