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Hipocresía detrás de la compasión

Por Guy Verhofstadt Para LA NACION

Lunes 21 de octubre de 2002

BRUSELAS Mientras el mundo espera a ver cómo se desarrollará el conflicto iraquí, otros asuntos urgentes han desaparecido de la actualidad. ¿Alguien recuerda las agudas polémicas entre globalizadores y antiglobalizadores de hace apenas un año? ¿La pobreza como tema ha pasado de moda?

Acaso no era éste el tema del siglo: ¿cómo evitar una lucha de clases violenta entre los más pobres y los más ricos del mundo? ¿Entre dos mil millones de personas que día tras día intentan sobrevivir en su lucha contra el hambre y la enfermedad y 500 millones de personas preocupadas esencialmente por la trama de su telenovela diaria? En este momento, los ingresos del segundo grupo son treinta veces superiores a los del primer grupo. El problema es que esta diferencia no disminuye sino que aumenta.

Entre uno y otro grupo se sitúan unos tres mil millones de personas que se beneficiaron de la globalización. Pueblos, esencialmente en Asia, que han superado rápidamente la lucha diaria por una vivienda, ropa y comida. Son la prueba de que la globalización, el mercado libre, es la única vía comprobada, para erradicar la pobreza.

Sin embargo, los dos mil millones de personas más pobres muestran que el libre comercio y la globalización en sí no bastan. En el seno de la Unión Europea deberíamos saberlo. Desde los comienzos de la Unión, hemos contribuido a sacar a los nuevos Estados miembros de la pobreza (y en esta década vamos a intentar hacerlo con toda Europa Central y del Este). Mediante la economía de mercado, pero también a través de una intensa colaboración, mediante apoyo financiero y sobre todo con la participación de los pueblos implicados.

Dejemos pues de correr de una conferencia a otra en Monterrey, Roma o Johannesburgo. Dejemos pues, europeos y norteamericanos, de criticarnos y de discutir sobre lo que significa ser globalizador o antiglobalizador. Lo que necesitamos es un consenso a favor de un mayor desarrollo, un consenso a favor de mayores esfuerzos tanto de europeos como de norteamericanos. También en nuestro propio interés.

El año pasado en Doha las negociaciones dentro de la Organización Mundial del Comercio dieron un giro prometedor hacia más libre comercio y más desarrollo. Pero no debemos esperar a la OMC: los europeos podemos incrementar nuestros propios esfuerzos.

Fomento del libre comercio

A partir de ahora podemos fomentar el libre comercio. La iniciativa europea Todo Excepto Armas, de febrero de 2001, en la que cuarenta y ocho de los países menos desarrollados obtuvieron acceso al mercado europeo libre de aranceles y cuotas, constituyó un paso importante. Sin embargo, ¿no es hipócrita que precisamente los productos agrícolas más importantes de muchos países en vías de desarrollo -bananas, arroz y azúcar- hayan quedado en gran parte excluidos de ese libre acceso a nuestro mercado hasta los años 2006 y 2009?

¿No es significativo que cierto número de países en vías de desarrollo, cuyo nivel de ingresos apenas supera el de los países más pobres, haya quedado excluido de esta medida europea? ¿Y no es lamentable que hasta la fecha la iniciativa europea apenas haya sido seguida por otras grandes potencias comerciales? ¿Dónde está, por ejemplo, Estados Unidos, que parece distanciarse cada vez más de la problemática de la globalización y que recientemente introdujo aranceles de importación sobre el acero e incrementó las subvenciones a la agricultura y a los productos textiles?

Debemos hacer más. La agricultura es la clave. En los países en vías de desarrollo hasta el 70 por ciento de la gente vive de la agricultura. En los países ricos del Norte, el número casi nunca supera el 5 por ciento. Miles de millones de personas dependen de la agricultura para su supervivencia. A pesar de ello, los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) siguen manejando tarifas arancelarias sobre los productos agrícolas del 40 por ciento aproximadamente. Precisamente el 40 por ciento era la tarifa promedio para los bienes industriales a mediados del siglo pasado, cuando apenas existía el libre comercio. Ahora esa cifra es del 5 por ciento promedio.

Pero hay más. Las subvenciones que antaño contribuyeron a que Europa pudiera solucionar su escasez alimentaria hoy expulsan de sus tierras a los campesinos de los países en vías de desarrollo. La producción de azúcar en Europa cuesta el doble que en Sudáfrica, pero es el azúcar europeo el que en el mercado local suplanta al azúcar nacional. La importación de leche en polvo europea en Jamaica hizo descender en los últimos cinco años la producción lechera local en una tercera parte. Los pescadores europeos reciben tantas ayudas que con sus flotas modernas son capaces de vaciar las zonas pesqueras cada vez más escasas en las costas africanas.

A pesar de las reformas, los campesinos y las explotaciones agrícolas europeos siguen recibiendo subvenciones para desplazar del mercado a sus competidores más pobres. Cada año, Europa gasta 120 millones de euros en cooperación para el desarrollo en Sudáfrica. Sin embargo, debido al dumping de azúcar europeo en su mercado, el país pierde cada año más de cien millones de euros de potenciales ingresos de exportación. Los europeos combatimos la pobreza con una mano, pero evitamos que desaparezca con la otra. Paliamos la pobreza, pero al mismo tiempo la mantenemos.

Algunos países pobres intentan huir de la miseria rural. Intentan, por ejemplo, invertir en la producción textil y de ropa. Pero también el comercio de estos productos se ve obstaculizado por los aranceles de importación de los países industriales ricos. Tanto el consumidor occidental como el obrero asiático o africano pagan el precio.

Cooperar para el desarrollo

Los países más pobres necesitan más dinero. El dinero puede proceder de una reducción de las deudas, a condición de que los ingresos no vayan destinados a nuevas limusinas para la élite en el poder. La reforzada iniciativa PPME, que vincula la reducción de la deuda con un programa de lucha contra la pobreza y reformas económicas, sigue el buen camino, aunque aún puede ampliarse a más países pobres. Además, la iniciativa podría ejecutarse de manera acelerada vinculándola con los esfuerzos por una cooperación para el desarrollo incrementada. ¿Y por qué no juntar todos los acreedores multilaterales, bilaterales y privados en el fondo PPME y vincularlos más fuertemente con los Objetivos de Desarrollo para el Milenio de las Naciones Unidas?

El dinero también puede proceder de un aumento de la cooperación para el desarrollo. En 1990, los países ricos de Occidente ofrecían una promedio de 32 dólares de ayuda por africano. En este momento ese importe se ha reducido a casi la mitad. Debería duplicarse, aunque con algunas condiciones. Se impone una mayor rentabilidad de la cooperación para el desarrollo, empezando por la UE. Los créditos se encuentran fragmentados en los presupuestos nacionales, están sujetos a impulsos de la era colonial y a aspiraciones de promoción comercial. A las organizaciones no gubernamentales les pesa la burocratización. Buena parte de los fondos va destinada a su funcionamiento interno. Las ONG occidentales y las instituciones occidentales encargadas de la cooperación se caracterizan a menudo por su paternalismo. A veces incluso se hacen con una parte del gobierno de los países pobres, mientras que precisamente la emancipación de las personas en el país mismo resulta esencial para crear desarrollo y bienestar.

Por consiguiente, debemos procurar que la voz de los países pobres sea oída. A menudo formulan sus peticiones con insistencia, pero no las oímos. Mi propuesta, que consiste en una estructura de poder político internacional basada en lazos de cooperación continentales, crea una concertación multipolar democrática a escala mundial, en la que la voz de los continentes más pobres se oirá más fuerte que antes. Nosotros en Europa ya podríamos intensificar nuestros lazos de colaboración con la Unión Africana, entre otras cosas sobre la base del New Partnership for Africa´s Development, que incluye todos los elementos del nuevo consenso de desarrollo.

La pobreza en el mundo exige un enfoque unánime. El camino por seguir -libre comercio, pero no sólo libre comercio- hace tiempo que se conoce. Ha llegado el momento de actuar y de intervenir allí donde el mercado libre no baste. Como decía Benjamin Barber: "Si la justicia no puede distribuirse de manera igual, la injusticia se distribuirá de manera igual. Si todo el mundo no puede participar en la prosperidad, todos nos enfrentaremos al empobrecimiento, tanto en sentido material como espiritual. Esa es la dura lección que la interdependencia nos enseña". Este es el desafío que debemos aceptar. Por nuestro propio interés.

El autor es primer ministro de Bélgica. Esta carta abierta es un llamamiento a formular propuestas que se comentarán en la Segunda Conferencia Internacional sobre Globalización (Lovaina, 26 de noviembre). Véase www.globalisationdebate.be

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