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Genial, hosco, musical y sedentario, así era Brahms

Por Pablo Kohan
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24 de octubre de 2002  

  • Genial, hosco, musical, sedentario, inescrutable, así era Brahms en su madurez vienesa de solterón entre empedernido e irremediable. Su vida de relación con los desconocidos era fluctuante. Por lo general, con mayores o menores miramientos, rechazaba a quienes se le acercaban con algún tipo de conducta obsecuente. Otras veces, por el contrario, demostraba una grandeza admirable que se traducía en actitudes de gran generosidad, como aquella de Budapest, cuando escuchó a Mahler por primera vez, dirigiendo “Don Giovanni”, y decidió ir en persona a felicitarlo, entre el primero y el segundo acto.
  • De algún modo, su genio cambiante y su intemperancia casi habitual coincidían con su aspecto exterior. Aquella atractiva estampa juvenil de pianista itinerante había ido dando paso a su aspecto más recordado, el que lo presenta desaliñado, barbudo, excedido de peso y con una mirada de cierto desdén. Sin embargo, Brahms tenía un gran sentido del humor. Aunque se manifestaba, las más de las veces, a través de ironías mordaces y filosas.

    En cierta oportunidad, en el momento de comenzar una cena en la vivienda de un rico comerciante vienés, su anfitrión, que se las daba de gran conocedor de vinos, anunció con gran pompa que, en honor a su huésped, había traído una botella especial, “el Brahms de mi bodega”. A continuación, ordenó que llenaran la copa del invitado. El compositor, que ya se sentía incómodo por el cumplido y que, además, sabía valorar y disfrutar de los buenos vinos, bebió un sorbo y, sin decir palabra, volvió a colocar la copa sobre la mesa. “Pues bien, ¿qué le ha parecido?”, preguntó, ansioso, el dueño de casa. La respuesta fue apenas un murmullo: “Yo diría que mejor regrese a la bodega y traiga su Beethoven”.

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